Crónicas de Juárez

El tren de Troya de Pancho Villa

Eran 4:30 de la mañana de aquel 15 de noviembre de 1913 y el repique de las campanas de la Misión de Guadalupe anuncia que Ciudad Juárez fue tomada por el centauro del norte y sus habitantes salen a las calles gritando ‘¡Viva Villa!’.

Juan de Dios Olivas / Especial para La Verdad

Al igual que hace miles de años los aqueos salieron del interior del caballo de madera para tomar Troya, cientos de villistas con sus ropajes sucios por el carbón, pero armados con fusiles y portando cananas cruzadas al pecho, brotaron del interior de las góndolas de carbón del tren que arribaron a Ciudad Juárez tras burlar el cerco militar que resguardaba la frontera.

Y es que el ruido a intervalos de aquella locomotora de vapor arribando a la frontera poco después de la medianoche no extraña a nadie en la antigua villa Paso del Norte, convertida ya en una urbe acostumbrada al trajín cotidiano del ferrocarril desde hace años.

En forma lenta la máquina siguió su camino de sur a norte hasta estacionarse en las calles Ferrocarril y Del Comercio (hoy 16 de Septiembre).

Con disciplina militar obedecieron las ordenes se su comandante y formaron filas en silencio.

¡Tres columnas sobre los cuarteles!, gritó el general Francisco Villa a sus mandos, entre los que se encontraba Rodolfo Fierro, para dar la orden de avanzar y tomar la ciudad.

En el cuartel los militares del gobierno de Victoriano Huerta duermen, no tienen tiempo de vestirse cuando son sorprendidos con el grito de ‘¡Viva Villa!’ y el estruendo de una detonación de dinamita, lo que los obliga a rendirse sin presentar resistencia alguna.

Los oficiales al mando no se encontraban con la tropa pero son capturados en la casa de juego Touché y Hazán en la zona de cantinas y prostíbulos ubicada en la calle Del Diablo. Algunos intentan oponerse, pero son abatidos sin mediar palabra, mientras que algunos soldados federales más alcanzan a correr y tirarse al río Bravo para cruzarlo a nado y ponerse a salvo en El Paso, Texas.

En la Plaza de Toros el tableteo de una ametralladora también opone resistencia, pero es apagado por las balas villistas.

Para las 4:30 de la mañana de aquel 15 de noviembre de 1913 el repique de las campanas de la Misión de Guadalupe anuncia que Ciudad Juárez fue tomada por el centauro del norte y sus habitantes salen a las calles gritando ‘¡Viva Villa!’.

La hazaña castrense al estilo de la épica batalla narrada en la mitología griega, catapulta mediáticamente a Francisco Villa hasta ser considerado por militares de la época como el Napoleón mexicano.

La fascinación popular por el caudillo revolucionario mexicano crece, cruza fronteras, y se agiganta a cada triunfo militar que le sigue y que le convierte en pieza fundamental para tomar Torreón y Zacatecas y derrotar a Victoriano Huerta que usurpaba la Presidencia de México tras asesinar a Francisco I. Madero.

Aunque la figura de Villa tiene un declive por las derrotas que le propinan las fuerzas carrancistas en la última fase de la Revolución Mexicana y la brutalidad que ejerció contra todo aquel que consideró su enemigo y estuvo a su alcance, así como la incursión de sus tropas a Estados Unidos, el culto a su personalidad se arraigó en el imaginario popular tras ser asesinado el 20 de julio de 1923 en la ciudad de Hidalgo del Parral.

La fascinación es tal que, por décadas, sus andanzas le siguen dando la vuelta al mundo en forma de libros, películas, documentales, monumentos, corridos, leyendas, cabalgatas y anécdotas y es considerado el mexicano más conocido en el mundo.

Del paredón a dirigir la División del Norte

Un año antes de la llamada Segunda Toma de Ciudad Juárez, Francisco Villa se encontraba detenido en la prisión militar de Santiago Tlatelolco, tras haber sido arrestado en Chihuahua por el general Victoriano Huerta, acusado de insubordinación y robo de una yegua.

El arresto se dio en junio de 1912 tras haber participado como parte de las fuerzas federales que comandaba Huerta, enviadas a combatir a Pascual Orozco, quien a su vez se había levantado en armas luego de que el presidente Francisco I. Madero le diera la espalda a quienes participaron en el levantamiento de 1910 y en la Toma de Ciudad Juárez, que derrumbó al Gobierno de Porfirio Díaz.

Huerta mandó fusilar a Villa, pero tras frustrarse la ejecución lo envió a la Ciudad de México y en el camino ordenó que le aplicaran la ley fuga, primero en Torreón, luego en San Luis Potosí. Sin embargo, Villa no cayó en la trampa y logró llegar a la capital del país, donde fue encerrado primero en Lecumberri y posteriormente en la prisión militar de Santiago Tlatelolco.

Desde la cárcel intentó en vano obtener una audiencia con Madero y le envió una serie de cartas donde le reiteró su lealtad. Sin embargo, no obtuvo respuesta y ya sin la esperanza de obtener la ayuda del Ejecutivo y ante el temor de ser asesinado, el 25 de diciembre de 1912 se fugó de prisión. Llegó a El Paso, Texas a principios de 1913.

En una de las cartas enviadas al presidente, Villa advirtió del complot que ya se fraguaba en contra de Madero y que se concretó en febrero de 1913 cuando Huerta, auspiciado por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, dio el golpe de Estado que culminó con el asesinato de Francisco I. Madero el 22 de ese mismo mes.

Francisco I. Madero

El odio de Villa hacia Huerta aumentó y con solo ocho hombres cruzó las aguas lodosas del río Bravo por la zona de Zaragoza, en Ciudad Juárez, llevando una dotación de 500 cartuchos por cabeza, un kilo de café, un kilo de azúcar y medio de sal.

De ahí cabalgó a Samalayuca, donde al amanecer almorzó en la ex hacienda del Ojo de la Casa y partió a la hacienda de El Carmen, en San Buenaventura, una de las mayores propiedades del terrateniente Luis Terrazas.

Así iniciaba la fase más violenta de la Revolución Mexicana, y en la que el Centauro emprendería una guerra sin tregua ni cuartel lo mismo contra huertistas que contra orozquistas, quienes se habían unido en un solo bando.

De San Buenaventura, Villa cabalgó a El Saucito, a Rubio y, a una semana de haber ingresado al país, estaba en San Andrés.

En cada pueblo, rancho o hacienda se le sumaban centenares de hombres, principalmente campesinos, rancheros, mineros, viejos compañeros de armas, de los que muchos se hacían acompañar por sus mujeres, con los que fue armando su ejército y dando forma a la famosa División del Norte.

Además del “Carnicero” Rodolfo Fierro y del general federal Felipe Ángeles, así como de intelectuales y compañeros que lo seguían desde sus tiempos de bandido, entre los seguidores de Villa que pasaron a formar parte de su ejército hubo cientos de peones que fueron reclutados directamente por el Centauro, muchos de muy corta edad­.

Uno de ellos, Pedro Romero, peón de la hacienda de Bustillos, tenía 15 años cuando conoció al Centauro y fue enviado a avisar de su presencia a otro peón de nombre Pablo Martínez, quien reaccionó como si hubiera sido llamado por Dios. Su testimonio fue recopilado por Friedrich Katz.

“Dile de parte de Pancho ‘Vía’ que ya llegó la hora, que aquí lo espero”, le dijo el Centauro. Al transmitir el mensaje, el peón aventó todo, corrió a su casa, ensilló su caballo y junto con Pedro regresó rápido ante el Centauro, quien volteó a verlo.

¿Cuántos años tienes, muchacho?

Quince.

¿No quieres venir con nosotros?

¿Pos adónde?

A la guerra.

¿Pos pa’ qué?

Para acabar con la injusticia.

¿También se acabará la esclavitud (entendida como trabajo de peón en las haciendas)?

También la esclavitud, pero mira, tenemos que pelear. Vente conmigo, muchacho, yo te doy las armas.

“Yo voltié a ver qué decía mi madre, pero ella comprendió que me iba a ir con ‘Vía’ y me echó su bendición. Así fue como conocí y me fui a la guerra con Pancho ‘Vía’. Luego levantamos en armas a la gente de los ranchos vecinos”, refiere Romero.

El más sanguinario de la División del Norte, Rodolfo Fierro, originario de Sinaloa y quien había vivido en Sonora –donde fue primero soldado federal para combatir a los indios yaquis y luego ferrocarrilero–, conoció a Villa en 1913.

La naturaleza despiadada de Fierro, pero sobre todo su lealtad, hicieron del “Carnicero” uno de los más cercanos colaboradores del líder revolucionario.

Cuenta Katz que posiblemente la acción que le trajo la atención de Villa y que lo hizo famoso en toda la tropa fue la carga de un solo hombre en el momento en que un tren lleno de soldados federales ganaba velocidad para salir de Tierra Blanca; a galope alcanzó a la locomotora, se emparejó con ella y saltó adentro para asesinar a los dos maquinistas y detener el tren, que a continuación pudieron atacar los villistas.

Fierro se convertiría en el principal verdugo al servicio de Pancho Villa.

La segunda toma de Juárez

Tras ser rechazado en Chihuahua, Villa planeó en noviembre de 1913 tomar Ciudad Juárez. Primero simuló ataques sobre la capital y capturó un tren que jalaba góndolas de carbón, el cual fue vaciado, y embarcó a 2 mil soldados.

En el trayecto, el telegrafista engañado envió mensajes a la guarnición federal juarense que indicaban que el tren había sido atacado y necesitaba retornar a la frontera.

En cada estación de telégrafos se enviaban reportes y se pedía autorización para avanzar.

Al anochecer el tren ingresó a Ciudad Juárez, cuando los soldados de Huerta se encontraban de fiesta en los bares y pocos defendían el cuartel, por lo que al descender del tren las tropas revolucionarias no encontraron oposición y, sin disparar un tiro, sometieron a los defensores de la plaza. Villa había tomado la ciudad al estilo de la guerra de Troya.

***

Fuentes: Friedrich Katz, en Pancho Villa; Pedro Salmerón, La División del Norte; Guadalupe y Rosa Helia Villa, en Pancho Villa, Retrato Autobiográfico; www.iehrm.gob.mx

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