Opinión

De gobernadores ‘rebeldes’, Chespirito y el 2021

Diez gobernadores del país se declaran en rebeldía. Amenazan con romper uno de los pactos centrales de la República Mexicana. Es retórica, porque legalmente no pueden hacerlo. En el fondo es, de nuevo, sólo política. Una puesta en escena para ganar aplausos –y votos de los electores en 2021

Alberto Najar
Twitter: @anajarnajar

Es como una mala película de Chespirito (en realidad todas fueron así):

En Twitter, con videos, desde sus lujosas residencias de descanso o en mítines a modo, los gobernadores que integran la llamada Alianza Federalista critican, duramente, al presidente Andrés Manuel López Obrador.

Es parte de su vida cotidiana desde algunas semanas. Lo hacen en tono pendenciero, como quien desde la barra de la cantina reta a golpes al que ve primero.

Algo parecido a Enrique Alfaro, gobernador de Jalisco.

Otros prefieren el tono engolado en la voz, los giros dramáticos en su discurso como si pretendieran ganar un discurso de oratoria… De 1964.

Sí, el personaje es similar a Javier Corral, de Chihuahua.

Y otros se cuelgan la captura de grandes capos de la delincuencia como propias, apresurados en enviar mensajes por internet para retar al gobierno federal, el argumento de que ellos sí saben cómo hacerlo como excusa.

Aunque al capo, José Antonio Yépez El Marro, lo capturó el Ejército. Pero quien pretendió colgarse la medalla fue Diego Sinhué Rodríguez, gobernador de Guanajuato.

Envalentonados personajes que desde la comodidad y lejanía del teléfono móvil se muestran bravos contra López Obrador.

Pero cuando el presidente ha visitado los estados que gobiernan los aliancistas, una extraña metamorfosis les invade. Porque de las bravuconadas pasan a los aplausos. Sus palabras duras, agresivas, se convierten en elogios.

Un sketch típico de Chespirito. O de Viruta y Capulina. Es igual, porque en el fondo la actitud de los gobernadores rebeldes se acerca mucho a los guiones de esos personajes de la farándula.

La más reciente puesta en escena es su amenaza de abandonar el Pacto Federal, con el argumento de que reciben menos dinero del que aportan al presupuesto.

Una discusión que viene de los años 70, cuando el entonces presidente José López Portillo promovió cambios a las reglas para distribuir los recursos fiscales en el país.

Y si somos estrictos el tema es más antiguo, de los años del acelerado crecimiento industrial de México y la concentración de poder, recursos y población en el entonces Distrito Federal. La década de los 40 y 50.

El viejo debate sobre el centralismo mexicano. Bandera que desde casi un siglo ha servido para ganar elecciones estatales. Hay lugares del norte y occidente del país donde cuestionar a los chilangos granjea votos.

Es el tono de estos meses. Los gobernadores aliancistas anunciaron inclusive que consultarán a los ciudadanos de sus estados sobre la pertinencia de seguir o no en el Pacto Federal.

Lo hacen con el argumento de que el gobierno de López Obrador les escamotea recursos. Que al cancelar fideicomisos en el ejercicio presupuestal perjudican actividades culturales, de salud pública, de deporte.

No es así, claro. Pero más allá de esta especie de mentiras piadosas, es importante revisar el fondo de esta rebelión mediática.

Por ejemplo, para salir del Pacto Federal no bastan berrinches ni discursos incendiarios. El acuerdo es una de las bases de la República Mexicana, y contiene normas y protocolos que, antes de romperse, necesitan de modificaciones legales mayores, como una reforma a la Constitución.

Otro elemento es el dinero. En el hipotético caso de que los estados gobernados por los aliancistas abandonaran el Pacto, la consecuencia sería dejar de recibir fondos federales para sobrevivir.

Es decir en esas entidades los hospitales, escuelas, el sueldo de los empleados públicos y la seguridad entre otros deberían pagarse con recursos propios, los que recauden los gobiernos estatales.

Algo complicado para Jalisco, por ejemplo, donde más del 80% del presupuesto del año pasado lo entregó el gobierno federal.

Sin contar que, en un acto de congruencia, los gobiernos de esos estados deberían asumir la soberanía que tanto reclaman y hacerse cargo de la seguridad de sus ciudadanos.

¿Podría sobrevivir Tamaulipas sin el Ejército y la Marina? ¿En verdad los policías municipales de Ojinaga, Chihuahua, van a controlar a las bandas de narcotráfico que hace décadas se apoderaron de sus calles?

Sepa. Lo único claro es el objetivo de esta supuesta rebelión: los comicios intermedios de 2021.

A pesar de la feroz y ofensiva campaña en contra de López Obrador, su proyecto político y familia, el presidente conserva fuerte respaldo en el país.

Lo reconocen inclusive las encuestas de los medios que se asumen adversarios de la 4T. El mandatario tiene, en promedio, el apoyo del 55% de los electores del país.

Una popularidad mayor de la que gozan los gobernadores rebeldes en sus estados. Y tal vez por eso la urgencia del histrionismo.

En todo caso la primera llamada le toca al Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, el partido en el poder. La contienda que viene será en las urnas, campaña política de por medio.

Pero la organización que fundó el presidente está atrapada en una severa disputa tribal, la batalla por diez centímetros de poder que pasa por encima del proyecto que les permite gozar del mayor presupuesto en la historia de la izquierda mexicana.

Morena se desmorona. Dejaron solo a López Obrador. La pelea por el partido ha desgastado a los dirigentes y pone al movimiento en un serio problema.

Hace unas semanas hubo elecciones en Coahuila e Hidalgo, estados gobernados por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Es una organización que mantiene un perfil bajo desde 2018. No es aliado de la 4T pero tampoco lo estorba.

O así era, porque en los comicios recientes abundaron las denuncias sobre irregularidades en la votación, en Hidalgo sobre todo.

El gobernador del estado es Omar Fayad, un político que ha sido particularmente amable con el presidente López Obrador. Es una lección.

Si esto ocurrió con políticos mediáticamente cercanos al gobierno de la República, ¿qué se puede esperar con los abiertamente opositores?

Porque la operación política ilegal no es exclusiva del PRI. Los militantes del Partido Acción Nacional (PAN) superaron al maestro. Las evidencias sobran.

En la Alianza Federalista están representados los perdedores: políticos del PRI, PAN, Movimiento Ciudadano y el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Entre todos acumulan miles de horas de actuación, el colmillo político retorcido en las artes de engañar al público y ganar aplausos.

Lo sabemos algunos periodistas. Es lugar común en los comentarios de sobremesa o las redes sociales. ¿Lo entienden en Morena?

Porque si no fueron capaces de contener las irregularidades en éstas, relativamente pequeñas elecciones, ¿cómo van a enfrentar los mayores comicios de la historia?

¿En verdad creen que van a contener la operación política de estos desesperados actores, capaces de lo que sea necesario para mantener la luz en su peligrosa última escena?

Tal vez sí. Lo más seguro es que no. A lo mejor el nuevo líder de Morena, Mario Delgado, tiene un acto escondido tras bambalinas y en el último minuto, como las sorprendentes y heroicas escenas de El Chapulín Colorado puede brincar de la nada y gritar:

“No contaban con mi astucia”.

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