Opinión

Pasado otro #25N, ¿qué hacemos con las violencias?

¿Qué hacemos con las violencias que ya nos sacudieron? Comencé compartiendo mi experiencia con mujeres que no se nombran feministas y encontré un soporte que en plena crisis se fortalece. Ahora sé que cuando compartimos lo que nos pasa y hablamos de todo y de nada, también nos construimos políticamente y deshilamos hebra a hebra las violencias

Celia Guerrero
Twitter: @celiawarrior

Dicen las que saben que, a partir de que el feminismo llega a la vida de una, ya no se vuelve a ser [solo] una. Me emociona haber experimentado y continuar con esa transmutación entre compañeras que hoy defienden la loca idea de que ellas junto a otras merecen tener vidas dignas de ser vividas y, totalmente empapadas de fiebre y rabia, se nombran feministas y actúan en consecuencia.

Pero por varias circunstancias hoy convivo más con mujeres que no necesitan nombrarse feministas —ni lo eligen, por múltiples razones—, aunque reivindican lo que he mencionado. Constantemente pienso en qué es lo que nos ha permitido unirnos y si esa unión podría ser política, aunque no feminista. 

Trato de poner toda mi atención al escucharlas y me he dado cuenta que, aunque no sean y no se asuman feministas, es con ellas con quienes he podido desarrollar reflexiones respecto a nuestra realidad como mujeres que otros círculos autodenominados feministas —tal vez por competitivos o dogmáticos— no me han permitido.

En meses recientes hemos desarrollado vínculos fuertes, que poco a poco se han convertido en rituales. Las charlas y el intercambio de experiencias y cuidados se han vuelto más constantes porque tengo disposición recíproca: priorizamos, construimos y alimentamos nuestra relación.

He detectado que a pesar de nuestras múltiples diferencias —y entre muchas cosas asombrosas que pueden llegar a significar una conexión— cargamos con una sabiduría compartida generosamente, aun sin darnos cuenta, de generación en generación, entre mujeres, que nos ha permitido sobrevivir en un mundo particularmente hostil para nosotras. 

Presiento, entonces, que lo que nos une es eso que desarrollamos para enfrentar la violencia patriarcal. Pero de nuevo estoy analizándonos desde conceptos. Además, me niego a que sea así, o a que sea solo eso. “No somos lo que ellos nos hacen”, leí hace tiempo en redes sociales y quiero decir que concuerdo. 

Creo, sin embargo, que hay algo de transmutación en quien se sabe víctima de un abuso o injusticia y, al detectarlo como tal, ya no lo es tanto porque reconoce en ella dignidad y una deuda de reparación de quien la violentó o violenta. Y, aunque no hay que ser feminista para llegar a ello, sí ayuda a trascender, a entender las violencias que nos tocan y a vivir a pesar de ellas.

Ahora que transcurre la campaña de activismo contra la violencia de género, iniciada en el Día de la eliminación de la violencia contra la mujer, los pensares que Norma Silva vació en el episodio “[Des]hilar las violencias” del podcast Profanaciones me llevaron a cuestionarme: ¿qué hago, qué hacemos y qué más podemos hacer juntas con las violencias que nos atraviesan y nos desbordan? Más allá de la aspiración a su eliminación, a la no repetición, ¿qué hacemos con las que ya nos sacudieron, con las que ya nos ocupan un espacio?

Estas son preguntas a las que yo no puedo dar respuestas, aunque me gusta pensar que juntas, a lado de otras, puedo llegar a imaginarme algunas. 

También sé que son cuestiones que suelen discutirse mucho en espacios que aspiran a la reflexión entre feministas. Me ha tocado, tristemente, que en esos lugares la enunciación de las violencias drene las energías y queden pocas o nada para después. O que se generen dinámicas competitivas en donde las vivencias, conocimientos y saberes se jerarquizan, en un afán de aspirar a un feminismo más estructurado [sea lo que eso signifique].

Por ello comencé compartiendo mi experiencia actual con mujeres que no se nombran feministas. En esas reuniones/rituales que comparto con ellas, espacios en los que nos proveemos de cuidados unas a otras y no existe una aspiración por desarrollar un discurso intelectual, racional o teorizado que nos permita defender posturas, encontré un soporte que en plena crisis se fortalece. 

Aspiro a continuar creando y fortaleciendo ese tipo de lazos, más que a relaciones basadas en construcciones intelectuales apartadas de las vivencias y realidades de las mujeres que me rodean. Ahora sé que cuando compartimos lo que nos pasa o pasó, hablamos de todo y de nada y de todo de nuevo, también nos construimos políticamente y, aunque parezca poco, estamos deshilando hebra a hebra las violencias.

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