Opinión

La tarde en que EU supo que su democracia está muerta… desde hace mucho

Estados Unidos ya no es el modelo de democracia del mundo. Esta semana cayó en su tumba la última palada en su brutal caída, ahogados muchos estadunidenses supremacistas y radicales en sus propios pantanos. Donald Trump, por cierto, es el sepulturero de su soberbia

Alberto Najar
Tw @anajarnajar

Le llamaron “El día de la infamia”. Fue la tarde del 6 de enero de 2021, cuando cientos de personas tomaron por asalto el edificio del Capitolio en Washington, DC.

En ese lugar se pretendía validar la elección de Joseph Biden como nuevo presidente de Estados Unidos.

Un proceso controvertido. El todavía presidente Donald Trump insistía, todavía la mañana de ese miércoles, que el proceso había sido ilegal.

Que le pretendían quitar el derecho de elección a miles de estadounidenses. Que era víctima de un fraude electoral. Y no estaba dispuesto a entregar el poder.

Miles de seguidores le aplaudieron, reunidos en los jardines de la Casa Blanca.

Algunos lloraron. Otros, muchos más, juraron con rabia defender a su líder. La catarsis amainó cuando el magnate se despidió.

El grupo, entonces, caminó un par de kilómetros hasta el Capitolio. Se metieron por la fuerza al recinto.  Lo que siguió después fue noticia mundial.

Las imágenes de los extravagantes ultraderechistas en los pasillos, oficinas, el salón de sesiones del Congreso estadounidense fueron acompañadas de declaraciones y sentencias:

Estados Unidos estaba bajo ataque. La invasión al recinto legislativo hacía aparecer al país como “una república bananera”.

Las crónicas y relatos sobre esas horas de disturbios fueron apasionadas. La narrativa fue simple: la democracia estadounidense estaba en riesgo.

Millones en el mundo se compraron la historia. Se equivocaron. Porque las escenas de violencia en el Capitolio son apenas una anécdota.

Hace muchos años, décadas, que el sistema político que presumen los estadunidenses está sepultado.

Un sistema tan pragmático que justificaba promover golpes de estado, masacres, guerras civiles para imponer su modelo de democracia.

Estados Unidos era el ejemplo del mundo. Muchos gobiernos lo creyeron durante décadas.

Hasta noviembre de 2016, cuando los estadunidenses eligieron a Donald Trump. A partir de ese momento inició la debacle de la democracia estadunidense.

En cuatro años, una y otra vez, el magnate adoptó decisiones caprichosas. Canceló las principales alianzas militares de su país, como fue el caso de abandonar la OTAN.

Rescató de algún sótano a Corea del Norte, enemigo traicionero de los aliados estadounidenses. Cambió la sede de su embajada en Israel, de Tel Aviv a Jerusalén.

Insultó a los aliados de Estados Unidos en Europa. Canceló la política de asilo y refugio a extranjeros perseguidos y migrantes en riesgo de morir.

Promovió el racismo, respaldó a grupos supremacistas, toleró el odio creciente de algunos estadounidenses, socialmente reducidos por décadas a sus sótanos, cañerías y pantanos y los convirtió en secretarios de estado, legisladores, jueces, ministros de la Corte Suprema, un vicepresidente.

Los hizo parte de su pretendido sistema de orden mundial, el añorado rescate de una vieja época, tan lejana como la posguerra de 1945.

Trump se equivocó de época, pero no de país.

Porque las hordas que se metieron al Capitolio, los extravagantes personajes que aparecieron en los medios, los protagonistas que aterrorizaron a periodistas comodinos, son parte de Estados Unidos.

Son la esencia del modelo de democracia que, al menos desde los años 40 del siglo pasado, han tratado de imponer en el mundo.

Los responsables de sangrientas dictaduras militares en América Latina; de la Guerra Fría, las invasiones patrióticas en el Medio Oriente y la llamada guerra contra las drogas.

Hace mucho que Estados Unidos perdió el papel del modelo democrático del mundo, pero muchos estadunidenses no lo supieron hasta ahora.

Las hordas que tanto espacio ocuparon en los medios de medio mundo en su ataque al Capitolio fueron, en realidad, la pieza final en el derrumbe de un modelo político supuestamente perfecto.

La última palada de tierra en el cementerio de su historia. Y Donald Trump es el sepulturero.

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