Opinión

Los muertos del porvenir

La UNAM, con ayuda de la ONU, debería levantar la mano; convocar académicos de prestigio muy alejados de la política y revisar la respuesta mexicana…

Alejandro Páez Varela

Es probable que unos años más adelante sepamos con certeza cuántos muertos hubo en México por la pandemia. Lo digo porque así lo ha dicho el propio Hugo López-Gatell, y porque así lo sugieren los datos existentes hasta ahora. El INEGI hizo una corrección al número acumulado de fallecimientos y como era de esperarse, fue un ajuste hacia arriba. Y digo como-era-de-esperarse porque el Gobierno hizo una apuesta: no contarlos, sino hacer una “especie de encuesta” que se llama “modelo Centinela”. Y sobre los contagios no creo que sepamos nunca. La razón es que muchos mexicanos ni siquiera reportaron la enfermedad. La sufrieron o la sufren en casa; se sanan o medio se sanan y ya.

Los reportes de muertos por COVID-19 que se dieron todos estos meses no fueron exhaustivos, deliberadamente; de los contagios, igual. Fueron decisiones asumidas y tomadas. Por ejemplo, se decidió no hacer pruebas masivas. Era una manera de medir los números reales. La decisión fue explícita, anunciada por el Subsecretario de Salud y zar anticovid.

En los años que vienen, independientemente del debate político, habrá un debate más académico sobre qué se hizo bien y qué se hizo mal en la estrategia de contención del virus. Cuando baje la bruma de la emergencia se podrá analizar cómo nos agarró el SARS-CoV-2 y qué se hizo enseguida. Hace diez años hubo una pandemia con epicentro en México, y ésta nos tomó sin haber hecho la tarea. Hospitales sin equipo y simulados, es decir, construidos a medias sólo para cobrarlos; sin médicos ni enfermeras. Además hubo que tomar decisiones en el camino y considerar factores que no son meramente de salud pública, sino económicos: los miles y miles que están en el sector informal; el bajo nivel de ahorro de los mexicanos; incluso en outsourcing; la pobreza y la desigualdad. Todo eso impactó en las decisiones porque no fue sólo un “mándalos a sus casas” sino analizar cuánto tiempo podrían aguantar abajo del agua sin respirar.

Creo que la UNAM debería levantar la mano y convocar a un análisis serio, profundo, académico sobre el tema. Y luego emitir un informe que nos ayude a entender las decisiones que se tomaron. Analizarlas, y aprender. La UNAM debería secuestrar la narrativa y garantizar la transparencia del análisis, y no permitir que un Salomón Chertorivski o un Felipe Calderón lo usen políticamente. Me atrevo a adelantar que el Presidente Andrés Manuel López Obrador dará su versión en las conferencias de prensa de las mañanas y eso no se puede evitar, él es como es. Se puede tomar su punto de vista como uno de los elementos del análisis y dejar que sea un equipo profesional, incluso con ayuda de la ONU, el que analice y presente resultados.

Creo que será muy saludable que cuando termine todo esto se haga un análisis de fondo para aprender como Nación y para ver qué es lo que vamos a hacer enseguida. Como digo: hace 10 años hubo una pandemia con epicentro en México y mejor pudo Cuba hacer su propia vacuna que nosotros. Y es porque no aprendimos nada de aquél episodio; Calderón simplemente apagó el fuego con cubetas de dinero. Y ya.

***

Cualquiera que me haya leído o escuchado desde que inició la pandemia sabe perfectamente que no uso a Hugo López-Gatell como fuente, salvo cuando es inevitable. Desde que rechazó las pruebas masivas y dijo que el “modelo Centinela” era suficiente para saber qué sucedía en el país dejé de usar, por ejemplo, el posicionamiento que nos daba el ranking de la Universidad Johns Hopkins (COVID-19 Dashboard by the Center for Systems Science and Engineering at Johns Hopkins University).

Lo dije en público y se me echaron encima. Me dijeron que todos los países hacían “una especie de encuesta” (López-Gatell dixit) y yo dije que eso no era cierto; que los países no hacían sondeos de casos sino reportes sobre los totales, porque hacían pruebas. ¿Cómo iba a creerle a los números en ese cuadro? Y bueno, para evitar el acoso simplemente dejé de citar al Subsecretario. Que le crea el que quiera y ya, me dije. Obvio el czar anticovid pudo corregir y no lo hizo con las pruebas masivas o con el “modelo Centinela”. Se siguió de largo.

Luego vino el tema de los cubrebocas. La OMS pidió a la población, en un principio, no usarlos. Lo mismo hizo la OPS. Y López-Gatell. La razón fue muy sencilla: si llamaban a la gente a usarlas se habría generado una demanda innecesaria en el momento y no iba a poder abastecerse al sector salud. En México y en el mundo. Pero conforme hubo abastecimiento de tapabocas y se empezó a conocer que los aerosoles eran la principal fuente de contagio (no las superficies, como en otras enfermedades respiratorias), en todo el planeta cambió la orden: todos a cubrirse boca, nariz y ojos. Lo dijo la OMS. Lo dijo la OPS. Se lanzó una campaña en casi todos los países para que los funcionarios pusieran el ejemplo. El czar anticovid pudo corregir y no lo hizo. Ni con las pruebas masivas, ni con el “modelo Centinela”, ni con el uso de las mascarillas.

Esos son los traspiés más visibles de López-Gatell. No son los únicos. Se mantuvo en lo de la inmunidad de rebaño (o de grupo), por ejemplo, durante mucho tiempo hasta que salieron estudios de científicos que alertaron que esa apuesta comprometía a los más débiles: millones no sobrevivirían. No era ético, dijeron, y traería consecuencias sociales devastadoras. El czar anticovid pudo corregirlo y no lo hizo: sólo dejó de mencionarlo; tampoco lo hizo con las pruebas masivas, con el “modelo Centinela” o con el uso de las mascarillas. Por eso dejé de citar al Subsecretario salvo en lo estrictamente necesario.

Al mismo tiempo, el Sector Salud debió enfrentar la realidad heredada: un sistema en ruinas, saqueado durante décadas y demolido para entregarlo al sector privado. Como Pemex o como la CFE. Y mexicanos educados por la televisión a comer chatarra y a engordar hasta perder la vista (literal). Y así nos cayó la emergencia. Y debo decir que así agarró no sólo a México, sino a muchos países del mundo: el liberalismo económico disolvió la seguridad social y eso se pagó en esta emergencia.

Por eso insisto en que la UNAM, con ayuda de la ONU, debería levantar la mano; convocar académicos de prestigio muy alejados de la política y revisar la respuesta mexicana con un objetivo: aprender y prepararnos. Aprender y prepararnos a la voz de ya, porque todas las proyecciones indican que otra pandemia nos caerá en el corto plazo.

Sería una estupidez tremenda que no aprendiéramos de esto. Sería contra natura que no lo hiciéramos ahora. Es probable que cuando sepamos cuantos muertos hubo en México por la pandemia ya estemos metidos en otra. Y sería estúpido suspender la contabilidad del pasado para agregar los muertos del porvenir.

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Alejandro Páez Varela. Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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