Crónicas de Juárez

La Batalla de Casas Grandes

La madrugada del 6 de marzo Francisco I. Madero, con 800 hombres a caballo y a pie se lanzó contra las instalaciones militares… aunque es herido y derrotado, es el último en retirarse del campo de batalla

Juan de Dios Olivas / Especial para La Verdad

La madrugada del lunes 6 de marzo de 1911, disparos de arma de fuego rompieron la tranquilidad que prevalecía en el pueblo de Casas Grandes, una comunidad fundada en la época colonial a un lado de la zona arqueológica de Paquimé.

Eran las 5:00 horas y centenares de hombres armados intentaban sorprender a los soldados del Ejército Federal del gobierno del presidente Porfirio Díaz, quienes se encontraban a esa hora en las instalaciones de la guarnición militar.

Lideraba el ataque Francisco I. Madero, cuya fisionomía contrastaban con la figura imponente de sus seguidores, hombres altos, con cananas cruzadas al pecho, fusiles, pistolas y sombreros de ala ancha, dispuestos a todo, incluso a morir.

De vestimenta y sombrero elegante, barba de piocha estilo francés, su frente abultada y ojos expresivos, el líder revolucionario destacaba por su baja estatura, complexión y modales finos, que salieron a flote en medio de la balacera cuando uno de sus seguidores que le servía de escolta, Máximo Castillo, le pidió tirarse al suelo para protegerse.

La respuesta es consignada por el historiador Jesús Vargas Valdés en las memorias que rescató del revolucionario Máximo Castillo denominadas ‘La simple historia de mi vida”, escritas entre 1914 y 1915 al estar preso en una cárcel de Estados Unidos.

“A la voz de que habían matado a un compañero vino el señor Madero, a la curiosidad de ver el muerto. En el momento en que el enemigo nos hacía muy nutrido tiroteo, al señor Madero le pasaban las balas muy cerca de la cabeza. Y me preguntaba:

– ¿Qué es eso que zumba?
– Son las balas que así chillan. Sí, señor, quítese de aquí, váyase a su lugar porque lo matan.
– No hombre, si son muy malos para tirar.
– No, señor, ahí tiene usted la muestra (…).

Momentos después una bala da en la mano de Madero y es auxiliado por Máximo Castillo quien lo aleja del campo de batalla en medio de reproches.

– Ya lo hirieron. –le dije, porque vi que soltó la carabina.
– Creo que no; le pegaron a la carabina, retachó y se me durmió el brazo.

Tras alejarse y atender la herida, Madero y Castillo pudieron percatarse que a unos 200 pasos de ellos se encontraba la caballería y decenas de fusiles disparaban sobre ellos, así como un cañón, pero nuevamente el líder revolucionario se negó a tirarse al suelo.

– Déjese caer, señor Madero –le dije yo.

Y me contestó:

– ¿Para qué…? Se revuelca uno mucho

Ante la respuesta, Máximo Castillo, un hombre que destacaba por su altura y más al lado de Madero, apenado se vio obligado a permanecer de pie y a no olvidar esta anécdota que escribiría en sus memorias.

Meses antes de la Batalla de Casas Grandes, tras contender como candidato a la Presidencia de la República, Madero fue preso en la ciudad de San Luis Potosí y al escapar, desde Estados Unidos convocó a los mexicanos a tomar las armas contra la dictadura.

A su regresó a México para encabezar la lucha armada, lo hizo por el estado de Coahuila, pero al ver que no tuvo mucho eco, se regresó a Texas pensando que había fracasado el llamado a rebelarse sin tener conocimiento de que, en Chihuahua, Pascual Orozco, Toribio Ortega, Pancho Villa y otros líderes sociales incendiaban Chihuahua.

La noche del 13 de febrero de 1911 cruza de El Paso, Texas, a Ciudad Juárez por la zona conocida como Valle de Juárez, donde se le suman seguidores.

En Casas Grandes, la madrugada del 6 de marzo lidera el primer combate y aunque es herido y derrotado, es el último en retirarse del campo de batalla.

Con 800 hombres a caballo y a pie se lanzó contra las instalaciones militares donde se refugiaban más de 500 soldados al mando del coronel Agustín Valdez, quienes respondieron a la agresión y horas después revierte la desventaja al recibir apoyo de tropas provenientes del cuartel instalado en la antigua estación de trenes de Nuevo Casas Grandes, localidad que en ese entonces todavía no recibía el carácter de municipio.

Los refuerzos federales al mando del coronel Samuel García arribaron a las dos horas de iniciada la batalla, estaban equipados con dos morteros, no obstante, el combate se prolongó intermitentemente hasta las 5 de la tarde dejando un total de 58 muertos maderistas en el campo de batalla.

Al replegarse los insurrectos, se resguardan en la hacienda del refugio, de Jacobo Anchondo, el administrador de la hacienda de San Diego, esta última utilizada también como cuartel y en la que Madero recibe el reconocimiento como presidente provisional de México que le otorgan sus seguidores.

De ahí, se reúne en la hacienda de Bustillos con Villa y Orozco y deciden partir a Ciudad Juárez, frontera que mantienen bajo sitio por semanas, hasta que el 8 de mayo, mientras se inician las negociaciones de paz con el gobierno de Porfirio Díaz, arranca la batalla que le daría el triunfo al maderismo y expulsaría al general Díaz del país.

Imágenes de los combatientes y del pueblo de Casas Grandes fueron captadas por el fotógrafo Heliodoro Juan Gutiérrez Escobar, quien las comercializó por muchos años como postales de la revolución y ahora se encuentran bajo resguardo de la Mediateca Nacional.

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Fuentes: Alan Knight, La Revolución Mexicana; Francisco R. Almada y Armando B. Chávez en Visión Histórica de la Frontera Norte de México; Luis Aboites, en Breve Historia de Chihuahua; www.inehrm.gob.mx; www.sedena.gob.mx; Arturo García Hernández, en Revolucionarios en el Olvido, artículo publicado en La Jornada.

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