Opinión

Anaya y las quesadillas

Hoy son el PRIAN, así; y tanto que lo negaron. ¿Quién puede ir más allá del show de Ricardo Anaya?

Alejandro Páez Varela

Un usuario de Twitter escribe: “Imagínate que estás en el tianguis [mercado-sobre-ruedas, dicen en mi rancho] chingándote una quesadilla en un sábado por la mañana y llega Ricardo Anaya grabando un video y diciendo: ‘Me da coraje ver tanta pobreza’”. Y otro dice: “Qué miedo estar en la paca escogiendo un outfit chido y que llegue Ricardo Anaya grabando un video diciendo: ‘Miren cómo se vive en la miseria’”. Claro que a ambos tuits –a decenas que hay por allí– les vino una cascada de comentarios, todos en el mismo sentido. Risa, mucha. Burlas.

¿Qué tiene Anaya que no conecta? Descubrirlo está lejos de ser un acertijo y requiere poco esfuerzo. No es el único ejemplo del por qué la oposición al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador da pasos torpes tres años después de la derrota de 2018, aunque sí uno muy bueno. No puede caminar hacia atrás con un sentido crítico porque se pisa a sí mismo. No puede pararse en el presente y tratar de descubrir un país maltrecho porque, igual, se pisa a sí mismo.

Anaya aspiró a ser Presidente de México. Muy tarde para descubrir, en estas giras postelectorales, el país que pretendía gobernar. Muy tarde para darse cuenta ahora que ése es el México que nos dejaron PAN y PRI después de décadas de darle y darle con el serrucho. Pero además es terriblemente hipócrita (no se diga de mal gusto) ver a la cámara en estas que son, además, giras preelectorales (busca ser candidato en 2024) para decir: “Miren, miren, qué jodidos están los mexicanos”. Porque fue Diputado e impulsó las reformas a Enrique Peña Nieto. Porque fue panista cuando los 12 años de Felipe Calderón y Vicente Fox. El “me da coraje ver tanta pobreza” lo hace ver como si hubiera estado en coma toda su vida; aislado de este país y de sus dolencias. Hace ver que no tiene ni idea de dónde viene tanta miseria o que, de plano, es un extranjero en su propio país: hasta los turistas convencionales saben a qué vienen y qué esperar si rentan un auto y echan a andar por carretera.

O, bueno, más directos: esos paseos por tierra, donde Anaya parece descubrir la pobreza, recuerdan cuando viajaba (o viaja) cada fin de semana a Atlanta para ver a su familia, que vivía (o vive) en una casa junto a un lago para que los niños fueran (o van, todavía) a la High Meadows School.

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Valiente pajarraco, cobarde, sinvergüenza de tiempo completo; un bribón, bravucón, pendenciero de barrio, pandillero, rufián, patán, embaucador, mentiroso y corrupto; bobo, mafioso, enfermo; que todos los días vive de la estafa y de la mentira; que cualquier enfermito mental sale con las zarandajas que sale éste. Está loco. Es un cínico. Tartufo.

Esa extraordinaria colección de adjetivos la dedica Diego Fernández de Cevallos a su némesis: Andrés Manuel López Obrador. Pero tanto adjetivo no hace menos al Presidente ni hace grande a su adversario. Demuestra, sí, el odio que Diego siente por el líder de izquierda y la desesperación que tiene la oposición que él representa. Como si tantos adjetivos ayudaran en algo a su causa, que no sé bien cuál sea: ¿la igualdad? No creo. ¿La honestidad? Menos. ¿Cuál es la causa que representa Diego Fernández? En todo caso, a juzgar por su biografía, tantos adjetivos provienen de la melancolía por el mundo que se le aleja mientras sus adversarios sigan en el poder. Un mundo de mucho poder y privilegios.

¿Qué tiene Diego que con tantos adjetivos no conecta? Descubrirlo no es un acertijo y requiere poco esfuerzo. Diego se para en una pila de basura y de allí hace proyectiles y los lanza. Basura que no llegó sola y que no se hizo pila sola; basura que es tan suya como de, sí, Anaya. Se preguntarán por qué intentan lanzarla y se les queda en la mano. Será la querencia. Pero no pueden caminar hacia atrás sin pisarla. No pueden ir hacia adelante sin llevarla consigo. Allí está la razón por la que no conectan: mucha basura. (Y me disculpo por usar la palabra “basura”. Se oye fuerte y ni siquiera la utilicé como adjetivo. Sólo intenta ilustrar qué los conecta).

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López Obrador decía la semana pasada que se está preparando para el final de su mandato. Es bueno si le sirve para meter acelerador a los cambios que están pendientes, y enumero un puñado: acaban con la violencia y con la corrupción; acabar con la injusticia y meter a la cárcel a tanto vivales que se le han escapado; una reforma fiscal que sirva para redistribuir la riqueza; montar al país en los rieles del crecimiento y fincar las bases de un verdadero Estado de bienestar. Dije que citaría un puñado. Faltan muchos más.

Lo interesante es lo que decía a propósito de su retiro: que ve una nueva generación que garantizará su relevo y que no ve en la oposición quién le compita a su movimiento. Y al menos en esto último tiene razón. No será Diego, de 80 años, por más que escupa en entrevistas y en redes sociales; no es Ricardo Anaya, y lo lamento por sus tenis, que se habrán gastado en balde. ¿Quién, entonces? Está muy cuesta arriba.

Porque, además de todo, la oposición ya no son muchas fuerzas, sino una sola. Me refiero en lo electoral, porque en la práctica eran lo mismo. Hoy son el PRIAN, así; y tanto que lo negaron. ¿Quién puede ir más allá del show de Ricardo Anaya? Tendrá que ser alguien muy poderoso, con una gran fuerza que pueda con basura y con costal: debe cargar a Calderón, a Fox, a Peña, a Manlio Fabio Beltrones o a Arturo Montiel; a Carlos Romero Deschamps y a Carlos Salinas de Gortari. Porque ahora van juntos, formalmente. Porque ahora van en el mismo costal.

¿Quién podrá reunir tantas fuerzas para enfrentarse al movimiento de López Obrador con éxito? ¿Quién, aparte de Anaya? Porque al paso que va llegará tarde a 2024: le falta visitar la paca, por más obvio que parezca; o ir al tianguis, por unas quesadillas. Etcétera.

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Alejandro Páez Varela. Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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