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Jacinto: ‘rayar’ la goma desde los 6 años

“Tenía cuatro años cuando mi mamá me llevaba a la siembra de amapola. Y como a los seis me enseñé a ‘rayar’. Yo debía estar en la escuela y allá andaba trabajando. Ella sembraba sola amapola y mariguana. Aquí si las mujeres se quedan solas tienen que salir adelante así: solas”

Texto: Albaro Sandoval / Fotografía: Marcos Vizcarra / Revista Espejo

Sinaloa- Jacinto no conoció a su padre porque lo mataron antes de que él naciera. Treinta años después lo sigue viendo en fotografías. Se lo imagina a través de las palabras de su madre, que sigue contándole cómo era. Solo eso.

“A mi papá lo mataron ahí”, dice Jacinto mientras apunta con el dedo a la cruz de madera donde quedó el cadáver de su papá. “Iba a nacer… Nomás lo conozco en fotos”. El austero epitafio hace que por la cara le cruce una sombra de melancolía por lo que no fue.

La cruz está dentro de una escuela primaria en algún punto de la Sierra Madre Occidental.

La tragedia trastocó a la familia. Su madre cargó con todo: Con el dolor y el luto, con el nuevo parto y la manutención de Jacinto y el hermano mayor. Era una mujer viuda en un pueblo de la serranía, a más de cinco horas en carro de la ciudad más cercana. Sin estudios, sin asideros. Con dos hijos.

Así, sola, enfrentó la nueva situación en medio de la casi nada, acá donde las oportunidades parecen inalcanzables. Acá donde la siembra de amapola y mariguana es la única salvación.

Había que comer, que vestirse, sacar dinero para lo que se necesitara, esas cosas tan básicas y a veces tan complicadas que tiene la sobrevivencia. Ya no estaba el hombre, el pilar de la casa.

La madre de Jacinto raspó partes de algunas montañas, levantó los surcos, abriendo terreno para sus plantíos. Metió mangueras para el riego, fertilizó las plantas. Y se daba tiempo para vigilar la siembra de ardillas y los pájaros.

“Tenía cuatro años cuando mi mamá me llevaba a la siembra de amapola. Y como a los seis me enseñé a ‘rayar’. Yo debía estar en la escuela y allá andaba trabajando. Ella sembraba sola amapola y mariguana. Aquí si las mujeres se quedan solas tienen que salir adelante así: solas”.

Jacinto

A qué tirarle

Jacinto tenía cuatro años cuando empezó a convivir con los plantíos. Su mamá lo llevaba. Ahí supo que tenía que cuidar esas plantas que parecen flores de jardín cuando sueltan pétalos rojos y morados. Entendió que debía caminar sin estropear la siembra.

Luego, cuando cumplió los seis años, se enseñó a “rayar” amapola. Aprendió a controlar su pulso, a manejar el ‘cuter’ hechizo, la navajita, el cuchillito, para “rayar”. Entre la amapola les agarró odio a las ardillas, a los pájaros y los topos que maltratan y echan a perder la siempre.

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Vio cómo los grandes alistaban el sembradío, cómo formar una represa con el agua de las lluvias, cómo deslizaban las mangueras para regar la planta. Así, desde los cuatro años.

“Es que aquí a qué otra cosa puede tirarle uno. No hay nada. Acá no llega el gobierno. No hay apoyos…”, dice Jacinto.

La única forma de gobierno que más sube acá se aparece en helicóptero y en convoy por tierra: Es el Ejército Mexicano. Los soldados suben en busca de los plantíos para tumbarlos, en busca de los hombres para detenerlos. Y las mujeres y los niños se asustan.

“Se queda uno triste por días cuando llega el “boludo” y lo tumba todo. Se acaba la inversión”, dice Jacinto.

Hace unos años vino gente del gobierno y les entregó celdas solares. Aprisa les explicó cómo funcionan, se tomaron la foto de la entrega formal y fuga, se fueron. Hoy las celdas no sirven, ahí están arrumbadas cerca de la escuela. Pudriéndose.

Subir, subir

Tuvieron que pasar mil curvas, incontables precipicios y árboles y más árboles, pinos, para llegar al pueblo de Jacinto.

“Casi seis horas. Y eso que está bueno el camino”, dice.

Los caminos de esta parte de la sierra son obra de la ingeniería civil y también proezas de los pobladores que a mano han abierto paso cercenando la piedra milenaria de la Sierra Madre Occidental.

Al inicio de la ruta, aparecieron los postes de luz como crucifijos negros y el cableado eléctrico que ilumina a los primeros pueblos de la serranía. Luego ya no hubo más luz que la de los faros de los carros con la “doble” funcionando.

Los motores pujaban para acortar la distancia sobre el punto señalado. Para subir empinadas, para salir de zanjas, para librar rocas salidas sobre la vereda.

Bien dice la gente de acá arriba que si uno no le tiene mucho amor a los aparatos (vehículos) se hacen unas cuatro horas de trayecto a la ciudad más próxima.

Acá arriba es neblina; pero desde allá abajo son nubes. La Sierra Madre ofrece postales luminosas: Cerros en poses intachables, con cúpulas y lomos que al otro lado dibujan precipicios.

Y cinco horas después el pino empezó a tomar forma en el olfato. Y desde acá arriba el horizonte es otro, de un azul de valientes, ese color intenso que choca con las montañas y el reflejo cambia los tonos del calzado y la ropa.

Aquí es donde ahora vive Jacinto. Aquí solo se llega en avioneta, que cobra entre 3 mil 500 y 4 mil pesos el viaje, y vehículos de doble tracción.

El camino que lleva a su pueblo termina en un voladero. Ahí topa, y allá abajo puede verse la neblina y más arriba la cresta de una montaña, la roca antiquísima que siempre ha estado donde mismo pero que a veces parece seguir creciendo.

Es un pueblo, que según los cálculos de Jacinto, tiene más de cien años de existir en la sierra. Porque la gente de aquí habla de sus abuelos, de la vida por allá a inicios del siglo pasado.

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Culiacán

Y Jacinto creció. Compartía su tiempo entre ir a “rayar” amapola y las aulas. Ahí en la comunidad terminó primaria y secundaria. Luego bajó de la sierra. Se fue con un tío, a Chihuahua. Trabajó en la nuez, el chile, el tomate.

“Con el trabajo apenas me alcanzaba para la prepa. Con la Universidad ya no pude. Quería estudiar una carrera”.

Llegó hasta la prepa. Eso se nota porque Jacinto hila un poco más la plática, alarga sus explicaciones. No se queda corto como algunos pobladores. Pero dejó el estudio.

Se enganchó con un Coyote y cruzó al otro lado. Dice que anduvo por Phoenix y Tucson. Dice que allá no trabajó en nada. No pudo. Nomás llegó y les cayó una redada de la migra y lo echaron para afuera.

Era tiempo de empezar a pelotear con su existencia. Estuvo en Culiacán, donde trabajó como despachador en una gasolinera. Ahí le saltó la idea de sacar a carro y trabajar de Uber. Lo hizo. Consiguió un crédito para financiar la compra del vehículo.  Vendió la cuatrimoto que tenía en la sierra. El dinero de la venta lo destinó para el enganche de un seminuevo, 2015.

Le dio a la ubereada por un año y medio. Recorrió la ciudad, la conoció al dedillo. Con los pasajes fue pagando el vehículo.

“Sí da, sale mucho mejor que otros trabajos. Por ejemplo yo ganaba cien pesos al día en la gasolinera. Acá en la ubereada era un poco más. Y es menos pesado. Uno conoce la ciudad. Y de pronto le salen propuestas de otros trabajos. Conoce uno mucha gente”.

Jacinto

Sin embargo, vino la pandemia y lo bajó del carro.

Vuelta al origen

Y si se bajó del carro había que subir al cerro. Otra vez de vuelta a casa. Al monte, a su origen, fortuna y adversidad.

Ya tiene casi un año en el pueblo. En cuanto llegó fue a buscar sus puntos en las montañas. A como pudo consiguió unos 30 mil pesos para invertir en la siembra de amapola. También hay que comprar el fertilizante, químicos para las plagas.

“La he correteado en muchas partes y no la cuajo. Sembré en las aguas y nada se me dio. Casi no llovió y no brotó nada, se secó”.

Y además actualmente el precio es bajo: 7, 8 mil pesos por el kilo de goma. Nada parecido a aquel año que sacó 200 mil pesos en una temporada. El precio estaba a 40 mil pesos el kilo.

En estos días de febrero Jacinto está a la espera. La siembra se ve bien. Pronto habrá que empezar a “rayar” la bolita donde la planta guarda la goma.

“¿Sabe cuánto se paga por ‘rayar’? Cuatrocientos pesos al día. Rayas y al otro día juntas. Cien gramos, doscientos al día. Nosotros no ponemos el precio. Ojalá fuera así. Si todos nos pusiéramos de acuerdo se podría. Pero no, porque hay necesidades en las familias y la goma la soltamos barata. Todos los poblados de por acá se dedican a esto. Aquí uno trabaja pa’mantenerse. No hay lujos ni nada de eso”.

Jacinto

A la sierra no es la misma ir que volver. Hay algo que el foráneo siempre se trae consigo. Y en medio de los cerros afeitado por la deforestación, entre arroyos que incuban rocas increíbles, viendo raíces de árboles descubiertas por el río, cada quien saca sus conclusiones.

Jacinto ha repetido una y otra vez que en su pueblo la vida es muy complicada. Que no hay más salida que sembrar amapola y mariguana. Ahora Jacinto es padre de un niño de tres años.

Tal vez él tenga mejor suerte que su abuelo y su padre. Es la generación que viene.

*Este trabajo fue realizado por la Revista Espejo. Proyecto Amapola México fue realizado por Noria Research, en alianza con México Unido contra la Delincuencia (MUCD), el Center for US.-Mexican Studies at the University of California, San Diego (USMEX), la Revista Espejo y Pie de Página.

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