Opinión

De la Plaza Roja a la Rockefeller Plaza

Cómo el arte neoliberal desplazó al arte revolucionario

Eduardo Barrera Herrera

Esta semana fue de memes del Zócalo como de la Plaza Roja de Moscú debido al tweet en ruso de Marcelo Ebrard, tras su viaje a Moscú. Hoy es un multitudinario desfile el Día del Trabajo, y ocho días después la celebración aún mayor del Día de Mayo en la Plaza Roja, frente a la Catedral de San Basilio y el Mausoleo de Lenin.

Diego Rivera fue invitado por Anatoly Lunacharsky, Comisario de Educación, para la celebración de los diez años de la Revolución en 1927 pintando un mural inconcluso sobre el Ejército Rojo, una vez que había sido readmitido al PCM después de haber renunciado en 1925. Durante su estancia en su calidad de delegado del PCM y de la Liga Campesina Mexicana, fue instructor en la Academia de Bellas Artes de Moscú y comisionado para elaborar la portada de un número especial de Krasnaya Niva sobre la Comuna de París. Pintó un gran número de acuarelas y lápiz para posteriormente producir litografías, óleos y cuadros en otros medios y técnicas. Lunacharsky pidió a Diego que abandonara la URSS porque corría peligro de ser arrestado por Stalin dada su cercanía con artistas no estalinistas y su membresía en el grupo “Octubre” de Sergei Eisenstein.

El cuaderno de bocetos fue adquirido por Abby Aldrich Rockefeller en 1931 por 2 mil 500 dólares. Abby había fundado el MoMA dos años antes y era una gran admiradora de Diego. Esto influyó para que Nelson Rockefeller lo comisionara para pintar el mural “Man at the Crossroads Looking with Hope and High Vision to the Choosing of a New and Better Future” en 1933, por 21 mil dólares. El 4 de mayo de 1933, Nelson Rockefeller le envió una misiva a Diego en la que le solicitaba “me temo que le vamos a pedir que substituya con la cara de un desconocido donde ahora está el rostro de Lenin”. Diego se rehusó y Rockefeller destruyó el flamante mural ante las protestas de numerosos artistas y agrupaciones socialistas y anarquistas que se manifestaron contra el “Vandalismo de Rockefeller”. En su lugar, el catalán Josep María Sert, amigo de Dalí, pintó un mural inocuo. Un año después, Diego pintará el mismo mural a una escala un poco menor en un bastidor metálico transportable para el Palacio de Bellas Artes. En está ocasión agregará a Marx, Engels, Darwin y Trotsky. Hay otro par de nuevos personajes en la nueva versión: John y Nelson Rockefeller en un ambiente decadente bajo una placa de Petri de bacterias de sífilis al tiempo que están protegidos por una barrera metálica de una escena de represión policiaca.

Los Rockefeller están exactamente del lado opuesto de Lenin.

En 1936, como simpatizante de la Cuarta Internacional, Diego convence al Gral. Lázaro Cárdenas del Río de que conceda asilo a Trotsky en virtud de que su vida corría peligro. Dos años después, Trotsky y André Breton escriben el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”, aunque sería firmado por Breton y Diego. Dicho manifiesto aboga por una revolución social que conlleve una nueva cultura y rechaza tanto el totalitarismo de Stalin como el de los filisteos burgueses que lo critican.

El manifiesto cierra con la proclama “La independencia del arte – por la revolución; La revolución – por la liberación definitiva del arte”. Aunque solo mencionan por nombre a Stalin y al Ministro de Justicia de España Juan García Oliver, anarcosindicalista catalán, es un posicionamiento frente al Realismo Socialista de Louis Aragón, quien había sido correligionario de Breton en Dadá y el surrealismo.

Ese mismo año, Trotsky exalta la figura de Breton en su texto “Arte y política en nuestra época”. Esos son los tiempos en que Breton declara que México era un país surrealista después de que Diego y Frida lo llevan en un viaje por carretera a Michoacán y al llegar a Cuanajo, rumbo a Pátzcuaro, le hace un croquis de una silla en perspectiva y puntos de fuga a un artesano de muebles. Al irla a recoger, la silla tenía tres patas –una estaba oculta por el asiento en el croquis– y un asiento romboide en lugar de cuadrado.

También era la época de la relación íntima entre Frida y Trotsky. Uno de los guardaespaldas de Trotsky era mi paisano ríobravense Pío Canchola. Pío contaba como Frida iba diariamente a visitar a Trotsky y cuando la saludaba con un “¿Como está, Doña Frida?” ella lo albureaba con un “como el coyote cojo de las nalgas pintas”.

También la temporada en que Diego y Frida pintan al wixárika Jaistemai, Eutimio de la Cruz, cuando iba a la Villa de Guadalupe a dejarle flores a Tanana, tal y como ella se lo pidió en un sueño. Estando en el Zócalo, dos hombres de negro lo llevaron a Palacio Nacional, donde saludó y charló con el presidente Cárdenas antes de enviarlo con Diego y Frida para que lo pintaran. Al preguntarle como se fue de Coyoacán a la Villa, me respondió “caminando, es que estoy pendejo”.

Después de asesinado Trotsky es cuando Diego dispara balazos a los pies de Benjamin Perét, pareja de Remedios Varo, para que bailara el Jarabe Tapatío.

Mientras tanto, los Rockefeller y el MoMA participaron activamente utilizando el arte como propaganda durante la Segunda Guerra Mundial organizando 19 exhibiciones antinazis. La propaganda continuó durante la posguerra usando primero el expresionismo abstracto –33 exhibiciones internacionales– y luego el arte Pop como “Arma de Guerra Fría”, en palabras de Eva Cockroft.

La retórica visual del MoMA era que mientras el arte en el capitalismo era creativo, innovador e “independiente”, el arte bajo el socialismo era rígido, tradicional y oficialista.

Nelson Rockefeller también utilizó el cine como propaganda ya como Coordinador de la Oficina de Asuntos Interamericanos. Así es como firma contrato con Walt Disney para que produjera los filmes animados “Saludos Amigos” y los “Tres Caballeros” como propaganda del “American Way of Life”.

Nueva York ya había desplazado a París, el Realismo Socialista reemplazó al Constructivismo ruso, el mural surrealista de Sert devino palimpsesto sobre el muro del efímero “Hombre en la encrucijada”. En esta reconfiguración del arte, hay políticas culturales deliberadas en la que los espacios, reseñas y premios van a marginar a los muralistas revolucionarios para privilegiar las sandías de Rufino Tamayo y los gatitos del Rorro Cuevas.

El principal operador de estas nuevas políticas a través de la OEA, publicaciones de arte y museos, fue el cubano José Romualdo Gómez Sicre, quien en más de una ocasión fue confrontado por los muralistas. Esta operación prefigura lo que afirmaría Guillermo Gómez Peña ya entrado el siglo 21: “el neoliberalismo reduce el rol del artista a decorador o animador (‘entertainer’)”. Coda. Una vez terminada la Guerra Fría, Estados Unidos cortó el financiamiento del arte a través del National Endowment for the Arts, creado en 1965, a casi la mitad como parte del Contrato con América de Reagan. El exactor de Hollywood argumentaba que el arte se había convertido en “ofensivo” hacia los valores tradicionales y que el Estado no debía subsidiar el arte. Con el arte neoliberal se complete el ciclo de un mayor rol del sector privado en el arte que clamaba Alfred H. Barr Jr., primer director del MoMA de los Rockefeller. La subsunción real del arte al capital.

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