Mujeres

Desmontar un gasoducto y venderlo como fierro viejo: una historia de mujeres yaquis

El gasoducto ya era cosa consumada, o eso consideraban la empresa, la filial y el gobierno de Sonora. Se equivocaron. Las mujeres yaquis narran cómo frenaron este proyecto.

Texto: Daliri Oropeza y Reyna Haydee Ramírez / Pie de Página

Fotos: Daliri Oropeza

LOMA DE BÁCUM, SONORA- Un tubo gigante de metal cortado se ve en el fondo de un boquete de tierra. La familia de Carmen García se asoma al orificio que hizo el pueblo de Loma de Bácum para quitar un gasoducto.

Los pobladores usaron una excavadora que decomisaron a la empresa IENova, filial de la transnacional estadounidense Sempra Energy. La empresa construía el gasoducto sin el aval de quienes aquí habitan. Nunca se realizó consulta alguna. Así que, después de una asamblea, el pueblo entero se desplazó al monte, excavó y cortó casi 10 kilómetros de tubo con soplete y lo llevaron a Ciudad Obregón para venderlo como fierro viejo. 

“La empresa se quejó, pataleó y demandó. ‘Síguele’, le dijimos, ‘nosotros lo vamos a seguir vendiendo como fierro viejo’”, asegura Guadalupe Maldonado Flores, yaqui que ha acompañado la defensa del territorio de la guardia tradicional de Loma de Bácum. 

En agosto del 2017 comenzaron a retirar el tubo. Pero el megaproyecto energético comenzó desde 2012 con la firma del contrato entre Enrique Peña, entonces presidente, y la empresa; las obras de construcción comenzaron en 2013. Pasaron por alto hacer una consulta de pueblos indígenas, sabían que el trazo atravesaba el territorio yaqui. 

El propósito era hacer el Gasoducto Sonora para la importación de gas rumbo a Agua Prieta. En 2016, la empresa entró a los ocho pueblos a promover la aceptación por medio de dinero, potabilizadoras de agua, hasta camionetas del año. IEnova tuvo el aval de siete de los ocho pueblos. En Loma de Bácum, fue imposible.  

Francisca Vázquez, madre de Carmen, tuvo un sueño estando en territorio sagrado del Bakatete. Después de ese sueño, las mujeres se organizaron. Aún estaba Casilda, una reconocida cantora que se dedicó a convocar y organizar a las mujeres para detener lo que esta trasnacional estaba haciendo. Fueron ellas quienes encabezaron la defensa de la tierra.

“A nosotras desde chiquitas nuestros ancestros, abuelos, que nunca estudiaron, que hablaban nuestra lengua, nos decían cómo nos iban a quitar nuestras tierras. ‘El gobierno dice: todos van a estudiar. No se pongan del lado de ellos, desde hoy ustedes defienden su territorio, nosotros ya no vamos a estar, y el día que el gobierno quiera, los va a tener en la mira’”, cuenta Francisca. 

La reacción de la comunidad cuando les dijeron sobre un gasoducto fue preguntarse qué pasaría si eso explota estando tan cerca de los habitantes. 

“Nos acordamos de las palabras que dijeron nuestros ancestros, nuestros abuelos, que íbamos a perder nuestros territorios porque los mismos hermanos yoemes no iban a denunciarlo”. Así las mujeres de por lo menos cuatro de los ocho pueblos yaquis se comenzaron a organizar con la convocatoria de la gran amiga de Francisca, que falleció en 2020 por covid. Casilda era una mujer consagrada a ser cantora de la iglesia de Loma de Bácum.

Gracias al trabajo del grupo de mujeres de Bácum, lograron un amparo   y un juez suspendió la obra en junio de 2017, también ordenó retirar los tubos. Pero la empresa siguió construyendo hasta que el mismo pueblo de loma de Bácum los detuvo. 

Por eso desde entonces, cada 21 de octubre celebran  la más reciente defensa del territorio. Hacen comida para todo el pueblo y también realizan danzas del venado con música tradicional, y el horizonte es que quede en la memoria de los jóvenes, de los niños. 

También por conservar en la memoria esta defensa, el pueblo dejó en la explanada de la plaza central, frente a la iglesia y a la guardia tradicional, los autos quemados que le pertenecían a la empresa.  

De acuerdo con una investigación de AvispaMidia, IEnova tiene inversiones por 8 mil 769 millones de dólares en México, y un historial de atropellos. Esta empresa acusó al pueblo yaqui de ser un “grupo criminal” que llevó a cabo actos de “vandalismo”.

Habitantes de este y de los otros siete  pueblos yaquis denuncian ahora la entrada de empresas mineras para exploración en su territorio. La Guardia de Loma de Bácum detectó por lo menos siete incursiones en la sierra del Bakatete para echar a andar proyectos mineros.  

“Siempre hemos estado alerta, ahora con más razón”, asegura Guadalupe. 

La libertad de un preso político

Una semana después de que el pueblo Yaqui de Loma de Bácum detuviera la maquinaria, un grupo de yaquis armados, la mayoría provenientes de Loma de Guamúchil, entraron a realizar disturbios. Varios testimonios dan cuenta de que la empresa les pagó. El objetivo de este grupo era irrumpir en el pueblo y reemplazar a la autoridad tradicional que se negó al gasoducto, y de este modo imponer una autoridad que aceptara el megaproyecto.

Ese día que llegaron los agitadores había mucha gente en el pueblo, más de 600. Dijeron que venían a dialogar, a una junta, describe Francisca, una mujer de tono recio, de rebozo morado y falda tradicional yaqui que cuida a su esposo con diabetes. Aparenta menos años de los que tiene, es una mujer consagrada a ser cantora de la iglesia de su pueblo. 

La familia de Carmen reconoce que otros pueblos aceptaron el trazo del gasoducto, sin embargo las autoridades tradicionales no consultaron con sus respectivas tropas lo que correspondía. Solo pactaron. 

En Loma de Bácum, en cambio, el acuerdo de la tropa y la guardia tradicional es defender el territorio tanto de la minería como del gasoducto, y por ello trabajan en el fortalecimiento de sus tradiciones, lengua y actividades productivas.

Pero ese 21 de octubre de 2016 hubo disparos. Fueron dos ataques en un mismo día, en el primero murió Cruz Buitimea, originario de Loma de Guamúchil.

“Había mujeres, mi hermana estaba ahí”, dice Carmen. “Mi tía dice que como sea, acarreó los palos de la leña y se los llevó a los hombres para que se defendieran con esos palos y piedras que juntó en su blusa porque no tenían nada con que defenderse”. Los agitadores venían armados, por eso el pueblo se defendió, explica Carmen mientras toma café con su familia en el solar de su casa, donde sus dos hijos juegan y cantan canciones en lengua jiaki.

Cuenta que cuando llegaron a hacer el segundo ataque, ese 21, fue que culparon a Fidencio. “Él con toda seguridad les dijo: ‘si creen que yo lo maté lo veremos legalmente’”. Carmen acentúa: “y ya ves como es de corrupto este sistema, esta ley y este gobierno”. En ese momento, orillan a Fidencio en un árbol. Lo golpean. Corre. Lo persiguen. Logra escapar al meterse al monte.

Fidencio tiene 32 años. Es originario de loma de Guamúchil aunque vive con su familia en Loma de Bácum. Ha tenido varios cargos. Hacía abiertamente comunicación contra el gasoducto. 

Cuando algunos de sus parientes recibieron dinero de la empresa IEnova, Fidencio les dijo: “¿Para qué agarran dinero si ese dinero se les va a ir?, en cambio el territorio ahí va a estar y se supone que el territorio es de nosotros. Pero si ustedes lo están vendiendo ya ustedes no van a tener para sus familias”.

“Dicen que fue mi esposo”. Las dos personas que lo acusan presentaron un video donde él trae un arma como las que usan quienes se dedican vigilancia o policía comunitaria del pueblo de Loma de Bácum, como en aquel entonces era el encargo de Fidencio. Esas armas de la guardia tradicional son calibre 45. Diferente al calibre de la bala que le encontraron al difunto Cruz, que fue calibre 22. Esto no lo consideran en el expediente.

De acuerdo con testigos, ese día fueron los mismos yaquis de otros pueblos que entraron como agitadores del pueblo de Loma de Guamúchil quienes asesinaron a Cruz, quien también venía con ellos. “La idea era que hubiera muertos para justificar la entrada de la justicia de ellos para que entrara la policía”, cuenta Guadalupe Flores cuando hacemos un recorrido por la huerta agroecológico de este pueblo yaqui. 

“AMLO dice que en la Cuarta. Transformación no hay presos políticos. Pues yo digo: ¿Cómo va a decir que no hay presos políticos si está mi esposo? ¿Entonces qué es mi esposo?”, reclama Carmen con mucho enojo en su mirada. Luego se levanta a preparar tortillas para seguir platicando en el solar de su casa.

El secuestro de Fidencio 

Seis días después llegó la Fiscalía de Sonora a entrevistar a las personas en la Guardia Tradicional del pueblo por el asesinato. Era tarde noche. Se suponía que eran entrevistas a todas las personas el pueblo. Les interrogaban de a uno. Cuando Fidencio se presentó lo amarraron, iba a declarar pero apagaron todo y se lo llevaron. Con él se llevaron a la traductora y abogada, Anabela Carlón, a quien bajaron antes de llegar a la procuraduría. 

Carmen no se dio cuenta cuando se llevaron a Fidencio.

No había orden de aprehensión ni le dieron las razones por las cuales se lo llevaban. Desde entonces está preso con una serie de irregularidades. 

Pie de Página cuenta con el expediente.

Anabela levantó un acta con las faltas cometidas, la cual tampoco no consideran en el el archivo. Cuando iba a declarar en el pueblo antes de que se lo llevaran, lo amarraron por completo. Cuando llegaron a Obregón la carpeta ya estaba armada un día antes y ya tenían la credencial de elector de Fidencio Aldama.  Pero el juez desechó las pruebas. En suma, han amagado de manera velada que su libertad sería a cambio del paso del gasoducto. Fidencio ha dicho en todo momento que no.

Para Carmen y su familia, lo que hicieron no es una detención, es un secuestro. A Fidencio le presentaron orden de aprehensión hasta que llegó a la entonces procuraduría de Justicia del Estado en su sede de Ciudad Obregón. Sin presencia de abogados o traductores, lo procesaron. 

“¿Por qué no me la presentaron en frente de mi familia [la orden de aprehensión], enfrente de la autoridad, enfrente de la tropa? ¿Por qué aquí, o sea, donde está el Yori?”, pensó Fidencio. Y  lo obligaron a firmar la orden de aprehensión. 

Fidencio Aldama lleva cuatro años preso. Su hijo mayor, Ian, realiza danza del venado en  las fiestas del pueblo en exigencia de su liberación.

David Guadalupe Valenzuela, el último abogado que tuvo, murió de covid.

En la intimidad que apenas logran en las visitas al penal de Obregón, Fidencio le platicó a Carmen “si yo le hubiera disparado a Cruz, le hubiera dado a alguien más, no nada más a él, porque yo tengo una 45”, en esa plática le recordó que tienen prohibido disparar hacia la gente, solo hacia el cielo para asustar.

Desde el encierro, la familia de Carmen ha hecho campañas de apoyo, ha cambiado cuatro veces de abogado, ha realizado colectas, impulsado reuniones y visitando más pueblos en resistencia para denunciar el caso de su esposo.  Fidencio ha hecho de todo desde adentro, buscando su liberación, desde campañas con reos, mandar cartas a la gobernadora, al presidente, hasta huelgas de hambre.

“El gasoducto no debe pasar por aquí, ni en ningún pedacito de los ocho pueblos, ya, porque las tierras son comunales, son de todos. Así como Lomas de Bácum defendió su pedacito, defendió a todo el territorio Yaqui, y así debe ser, y así está reconocido históricamente”, exclama Carmen frente  su madre y sus hijos.

Para Carmen y su familia, la justicia que informa el INPI o el gobierno federal no es verdadera, pues en su agenda no tienen contemplada la cancelación del gasoducto. 

Carmen recuerda que en los diálogos con las instituciones para construir un plan de justicia para su pueblo, quienes asisten son las autoridades duales y no las legítimas de Loma de Bacum, por lo que su pueblo no está siendo contemplado. “Les da igual nuestra autoridad, nuestro pueblo, nuestra gente, nuestra tropa”. Esto implica ignorar a todo un pueblo, asegura Carmen.

Para ella, sacar los tubos de su territorio, no solo de Loma de Bácum sino de toda la extensión Yaqui, es hacerles justicia. Al mismo tiempo justicia es liberar a Fidencio Aldama. 

“Al Estado le ganamos, ese tubo se lo tumbamos por la vía legal, por la vía social y por la vía física porque sabemos que el Estado aplica su licencia con su mano. Al Estado le valen las leyes, las aplica a su conveniencia. Aquí nos amparamos contra ese tubo y aun en contra de ese amparo entraron, y el gobierno no le hizo nada a la empresa, al contrario la protegió”, denuncia Guadalupe Flores mientras camina en el terreno de la huerta. 

“Ahora [la empresa] quiere negociar otra vez… pero ya no. Aquí ya entraron con el pie izquierdo y se van a ir igual, y ya no entraron”, denuncia. Y afirma que ni esta empresa, ni ninguna empresa minera entrarán en territorio Yaqui. 

“Que hay que pagar a la empresa porque no se activa el gasoducto. Pues páguenlo ustedes, nosotros no, ¿Quién les manda? Ahora, ya sabían a lo que se iban a enfrentar; amárrense los pantalones y páguenle. ¿Quién te obliga a pagar? Que hay tratado internacional, mándenlos por un tubo. Porque si empezamos con esos tratos internacionales, dígale a los gringos que devuelvan el territorio que quitaron, a ver sí es cierto. Ah verdad, lo aplican a su conveniencia pues. Y nosotros no estamos sometidos a ustedes”.

La siembra agroecológica

Guadalupe Flores tiene una sonrisa pícara pero todo el porte yaqui que se muestra imponente. Disfruta pasear por el huerto agroecológico que realizaron en Loma de Bácum, pocos metros de donde está el tubo del gasoducto. A lo lejos se ve pasar el tren de Ferromex. Guadalupe explica que en el Porfiriato también hubo represión por oponerse al tren. Después lo utilizaron para deportarlos a Yucatán y ser esclavos de haciendas henequeneras

“Aquí nacimos y aquí crecimos; estas tierras no nos dieron ni los mexicanos, ni el gobierno mexicano, ni nadie. Nos lo dio nuestro creer divino de ser de aquí, y es la diferencia, que estamos defendiendo”.

Actualmente Guadalupe Flores organiza los trabajos de siembra agroecológica, donde participan jóvenes, mujeres, hombres, y también mayores. 

“Primero empezamos la siembra allá arriba [señala la sierra sagrada del Bakatete] en unas 500 hectáreas. Es totalmente orgánico, no está contaminado, es buen terreno. Y aquí, estamos iniciando porque está cerquita del pueblo, para que los jóvenes que están aquí se acerquen también”

La siembra agroecológica también ha servido para involucrar a las infancias yaquis, los llevan a conocer los límites territoriales, donde están los puntos naturales que toda la nación yaqui reconoce como su territorio, les llaman linderos. De acuerdo con Guadalupe, esto también ha servido para fortalecer la identidad propia. 

“De nada nos vale tener mucho si no sabemos qué hacer con lo que tenemos. Si esto nos lo dieron, nos lo dejaron como herencia sagrada es para que de ahí vivamos y nos mantengamos bien”, explica Guadalupe. 

Esta tierra que nos muestran, apenas con las higueras naciendo, los magueyes con los que destilan Bacanora que recién brotaron, las pitayas, con un trazo para cultivar hortalizas en la temporada de menos calor, se abastece de una fuga de agua.

La tierra es tan fértil, dice Guadalupe, que solo de echar la semilla crece. Ahora se aliaron con más personas originarias del pueblo yaqui, pero que viven en Arizona desde que sus familias fueron obligadas al exilio durante la Guerra del Yaqui. 

Para Guadalupe, la siembra agroecológica no es un proyecto temporal o sexenal, sino que su sentido es “transgeneracional”:

“Estamos pensando en aquellos que aún no han nacido todavía ¿Qué les vamos a dejar a esos? Y esos no se pueden defender porque no están, pero van a estar, así como a nosotros nos dejaron esto aquellos que ni siquiera nos conocían, hace cien años o más de cien años, y lucharon por ello y aquí estamos”.

La mujer yaqui es muy importante por la transmisión de la lengua y tradiciones ancestrales, la etnia las ve como reservas de saberes, desde históricos a medicinales, y de fortaleza. En entrevista en 2017, anterior a su asesinato, la antropóloga y etnohistoriadora Raquel Padilla Ramos aseguró que la pérdida de las tradiciones y la lengua jiaki está relacionado con que las mujeres ya no realizan su vida comunitaria pues también salen a trabajar a las maquiladoras y esto ha afectado la vida familiar y social adentro de los pueblos. 

Guadalupe narra cómo su abuela, mujer yaqui, le enseñó la lengua, a defenderse e incluso a disparar un arma cuando era niño.

En el huerto agroecológico de Loma de Bácum hay higos, estafiate, barciata, guacamote, chicura, citavaro, agave bacanora, sahuaros. La mayoría de plantas medicinales han sido sembradas por mujeres. Consiguieron celdas solares para realizar un riego por aspersor. Siembran por temporada las hortalizas como repollo, lechuga, y la base de todo es el frijol, maíz, calabaza. 

“Así dice el Juramento Yaqui, y eso es para todos los yoremes, todos los yoremes que han nacido aquí. Nosotros nacimos aquí, de aquí somos y en base a eso nos regimos, eso lo llevamos a la práctica porque es un deber sagrado de todo yoreme defender su territorio y hacer hasta la última consecuencia, y hasta la última defensa por su vida porque esa prácticamente es nuestra vida, nos quitan la tierra y nos quitan esto”.

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Este trabajo fue publicado originalmente en Pie de Página que forma parte de la Alianza de Medios de la Red de Periodistas de a Pie. Aquí puedes consultar la publicación original.

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