Opinión

Claves del “debate” por la gubernatura

El debate llegó a Chihuahua y se convirtió en ley, producto de los movimientos democráticos que hubo en los años 80 y 90, con el aliento señalado. Pero lo que vimos el jueves es la deshonra de esa herencia.

Jaime García Chávez

En Chihuahua se inauguraron los debates entre candidatos en 1992. Son un aporte regional a un estilo que con altibajos se fue extendiendo por todo el país. Las muchas décadas de priísmo le inyectaron tal soberbia al poder autoritario, que consideraban rebajarse y condescender a una deliberación con los opositores. La frase de César Duarte, “el poder es para poder”, hubiera sido célebre allá por 1952, cuando Miguel Alemán, El Cachorro de la Revolución, levantó la hegemonía electoral que se interrumpió a inicios de esta centuria.

Si alguna fidelidad se le debe a la buena historia, con el debate del jueves pasado ingresó a la deshonra. Continuamos con el miedo ancestral, con la ausencia de ilustración, con el desprecio por la razón, las ideas y las propuestas en torno a nuestros grandes problemas que desde luego no son pocos ni pequeños.

No voy a citar los nombres de todas las candidatas y candidatos porque están en boca de la mayoría por las carretadas de dinero que se han invertido para posicionarse. Sólo deseo en esta entrega hablar de un racimo de claves para entender lo que sucedió esa tarde en las instalaciones del Instituto Estatal Electoral (IEE).

Empiezo por lo obvio: se trata del debate oficial, obligado a obedecer normas de derecho público, si por tal entendemos el que convocó el órgano electoral. Sólo en apariencia los ciudadanos jugaron un papel en el evento, porque si bien fueron llamados a formular preguntas, de ellas se desentendieron sus destinatarios. Aplicaron aquel viejo método Ollendorf para el aprendizaje de idiomas, donde se formulaban preguntas que podían ser contestadas con las respuestas más disparatadas. Dos ejemplos:

A Maru Campos:

—¿Qué haría con los vehículos de procedencia extranjera?

—¡Los abrazaré a todos!

A Juan Carlos Loera lo increparon por el tema del agua, y este respondió que ha sido peregrino por todo el estado.

El IEE claudicó a trabajar en favor de la sociedad para construir un debate real, y delegó en los actores políticos un formato más que acartonado, sino ya momificado, que no permitió la deliberación en lo más mínimo. Al contrario, operó como un fuerte corsé que se convirtió en el dique donde se estrelló toda posibilidad de discusión real y sólida, con argumentos. De paso hizo condujo a reventar el evento en la diatriba.

Se exhibió además el desprecio por los ciudadanos que se consideraron partícipes al enviar sus preguntas, pero que jamás recibieron respuesta alguna. La candidata del  Verde, Brenda Ríos, mostró una carpeta donde dijo que se contenían sus respuestas. Pero, ¡oh, ingenuidad!, piensa que alguien las va a leer, cuando de lo que se trataba era de emplear el debate como un mecanismo de comunicación con la sociedad.

Se sigue en la lógica de ver el debate para distinguir un claro ganador, y todos, al final, se asumen con tal carácter. Las ciencias de la comunicación han explorado el tema y concluido que nunca el que “gana” un debate en automático gana la elección. Ese mecanismo triunfalista se construye una vez que ha concluido el evento, para favorecer, en un esquema de fidelidad a la posverdad, a quien más recursos tiene para propalar su “triunfo”.

En el caso actual de Chihuahua, la candidata panista lanzó un mensaje mañanero con el que pretendió auto absolverse de su complicidad con César Duarte en el escándalo de la llamada “nómina secreta”, y dio a conocer los resultados de un amañado peritaje para auto exonerarse de los famosos recibos de dinero duartistas y prevenir el reproche que inevitablemente se le formularía por la tarde. Al día, siguiente la prensa de papel envolvió a Maru Campos vendiéndole los forros de sus ediciones previamente elaboradas.

Ya todo estaba armado. Como armada estaba la declinación de Alejandro Díaz Villalobos, candidato de Fuerza por México, en favor de Maru Campos. En realidad sumó su voto y pasará a la historia como traidor (ya fue expulsado de ese partido satélite). Si algo propuso, hoy ya no existe.

La debilidad estructural de Juan Carlos Loera es su desubicación de la izquierda democrática. Actuó como el Don Roque de Paco Miller, pero invisible detrás se sintió al ventrílocuo Andrés Manuel López Obrador. Eso, por una parte; por otra, su papel en el conflicto por el agua en Chihuahua es un estigma que no podrá sacudirse jamás. No entiende que Chihuahua, siendo de vocación federalista, abomina el centralismo que transpira por sus poros. Su deficiencia como polemista se mostró en todas sus aristas. Ni siquiera se defendió cuando lo señalaron como títere de Corral.

Fue evidente la falta de estrategia de MORENA al negociar el formato de este seudo debate. No previeron que se iba a dar el fenómeno que se conoce como “echar montón”, y además hacerlo hipócritamente, lo que era absolutamente pronosticable. Se pagó la impericia.

Y si bien no hubo debate, sí se hizo política, no de la mejor, pero al fin y al cabo política. Aquí la piedra de toque la puso la candidata priísta Graciela Ortiz. No me detendré en comentar el gran currículo que presentó, su desangelado mensaje corporal, que en realidad es un baldón a los ojos de los ciudadanos, pero es muy importante que en su llamamiento final, que todo real candidato aprovecha para exhortar al voto en provecho propio, lo haya empleado para pedir que no voten por MORENA. Es un matiz importante porque lleva implícita la declinación en favor del PAN. Quiero pensar que se trata de una postura estratégica, pero es lamentable que quede envuelta en el lenguaje críptico que los priístas acostumbran; de tal manera que su actuación fue a la vieja escuela, tan vetusta, tan vetusta que a lo mejor se hace acreedora a regresar a una pluri en 2024, porque si de ganar elecciones se trata, no es lo suyo.

Para finalizar, enfatizo que los debates electorales entre aspirantes no son un privilegio de los candidatos, son un derecho de los ciudadanos para que estos se coloquen en la vitrina, así sea por un par de horas, a examinar los grandes problemas, las soluciones que se ofrecen y los cómo que espera la sociedad para la realización de los mismos. Por eso pienso que esa tarde de jueves fue una oportunidad perdida para todos, que abona a la partidocracia.

El debate llegó a Chihuahua y se convirtió en ley, en obligación, producto de los movimientos democráticos que hubo en los años 80 y 90, con el aliento señalado. Pero lo que vimos el jueves es la deshonra de esa herencia.

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Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.

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