Opinión

Cerrar con el PAN en Chihuahua es llevar la delincuencia al poder

“La corrupción no es simplemente un fenómeno secundario, sino el emblema de nuestro tiempo, y probablemente la única religión con vocación universal”.

Jaime García Chávez

Un ciclo ha concluido. El sistema de partidos que sobrevive a la bancarrota del PRI no alcanza para llenar el vacío que reclama la sociedad para regresar al poder ciudadano y a la construcción de un nuevo consenso democrático. El estado de Chihuahua fue testigo, en 1983, de la primera gran derrota del PRI. Eso no fue obra de la casualidad porque existía el fermento social y político que había dejado el fracaso militar del villismo y la conversión de la entidad en un territorio fuertemente controlado desde el poder central, a lo que se aunó el carácter fronterizo de la entidad y la recuperación de la vieja oligarquía terracista, que a partir de los años 50 del siglo pasado se incorporó a la industria y las finanzas con una sed insaciable de recuperar el poder.

Tanto en 1956 como en 1986 se expresó un movimiento que capitalizó el PAN, pero que fue la expresión más vasta de un profundo proceso democratizador que a la vez ha estado en riña con el régimen de privilegio y exclusión que hasta ahora se padece a lo largo y ancho del territorio chihuahuense.

En 1986 se manifestaron las fracturas de una forma de dominación política que anunciaron el colapso de un partido de Estado que tenía a la democracia como una de sus máscaras y no estaba dispuesto a poner la competencia electoral en manos de los ciudadanos. Ese año Fernando Baeza Meléndez se levantó como el líder de la estafa electoral y hubo una manida justificación apoyada en un “fraude patriótico”. 1986 fue el preludio de lo que luego se presentó en 1988 cuando Carlos Salinas asaltó la Presidencia con iguales artes. La característica del cardenismo de entonces fue que significó una ruptura profunda que en realidad abrió las compuertas para experimentar una transición a la democracia que se expresó en triunfos electorales, algunos concertados con la oposición más afín, y llegado el momento, el viejo anhelo de sacar al PRI de la Presidencia se cumplió.

Estaba en curso la instauración del modelo económico neoliberal en gran parte del mundo. Aquí se daba el abandono del viejo nacionalismo revolucionario, legitimador del PRI, de tal manera que el proyecto económico de expoliación y la función del Estado para su consolidación encontró al PRI y al PAN en una afinidad ventajosa a la que nunca renunciaron, más allá de sus disputas electorales. Ambos partidos pasaron a ser la expresión de un solo proyecto al que atrajeron, pasado el tiempo, al PRD.

Sirva lo anterior como un preámbulo para explicar lo que sucede hoy en Chihuahua. El viejo campeón del fraude electoral de 1986, Fernando Baeza, reaparece ahora para apadrinar y sellar la capitulación de su querido partido ante el PAN de María Eugenia Campos Galván.

Pero esa es la espuma de la historia. La sustancia está en otra parte. Parafraseando a Jean-Marie Guéhenno, el poder moderno no es únicamente abstracto, se expresa en el dinero, que ahora es la pasarela universal entre todas las formas del poder. El autor lo ve como el gran unificador, aunque aparezca como irreal y trivial, y en ocasiones como una mescolanza religiosa. La corrupción no es simplemente un fenómeno secundario, sino el emblema de nuestro tiempo, y probablemente la única religión con vocación universal.

Después de estas ideas que tomo como una licencia para apoyar mi premisa, lo que quiero sustentar es que aquí en Chihuahua quienes han decidido que María Eugenia Campos se convierta en la futura Gobernadora, son precisamente los adeptos de la corrupción política que pretenden, ya sin tapujos de ninguna índole, centralizar el cetro y la bolsa –el capital y el poder político– en las manos de siempre. En 1986 cerraron filas con Fernando Baeza; ahora lo hacen en la figura de la candidata panista, y aquel sólo aparece como el avalista que firma la letra de cambio por sus viejas deudas, y quizás para saldar su propia biografía.

El discurso de Baeza Meléndez del pasado martes 25 tiene la singularidad de hacer un acopio de premisas verdaderas, pero para llegar a conclusiones falsas. Él liquida cuentas con su opositor intelectual, Enrique Krauze, citándolo extensivamente, e incluso complementándolo, pero haciendo abstracción de la polémica obra Por una democracia sin adjetivos. Recapitula lo que se ve en un Gobierno como el que encabeza Andrés Manuel López Obrador y lo coloca como el enemigo a vencer. Pero en ese discurso no hay la más mínima autocrítica, porque si hay un responsable del desastre político y deterioro nacionales en todos estos años, es precisamente el régimen priísta. Alguien dijo que lo peor del comunismo es lo que viene después. Aquí estamos viendo que lo peor del priismo es lo que tenemos ahora.

Fernando Baeza nació en familia panista, husmeó en la democracia cristiana y en poco tiempo se decantó por el régimen autoritario de Gustavo Díaz Ordaz y del criminal Óscar Flores Sánchez, el Gobernador que ensangrentó Chihuahua el 15 de enero de 1972 y destruyó la Universidad Autónoma de Chihuahua. Llegó al poder con las herrumbrosas herramientas del fraude. Después renació en el Gobierno de Patricio Martínez García, con quien inició la gran corrupción en Chihuahua, el feminicidio y la negación de los derechos humanos. Alimentó una dinastía política en familia con José Reyes Baeza y permaneció sordo, ciego y callado durante el sexenio del corrupto César Duarte.

Ahora que el poder moderno se expresa en el dinero, volvió al redil de sus íntimas convicciones, y ha orquestado la tartufada de entregar al PRI en manos del PAN, corroborando, como nunca antes, la cohabitación de ambos partidos decadentes y serviles a la vieja oligarquía local, a nombre de la cual actúa como representante el cementero y rentista Enrique Terrazas Torres.

El exgobernador Baeza Meléndez operó en territorio chihuahuense el fraude electoral de 1988, compró al CDP a través de prebendas entregadas a Rubén Aguilar Jiménez, hoy dueño del veleidoso PT. Hasta un partido político le regaló. En fin, ahora se asusta de tener a Frankenstein en casa y se presenta con una vena democrática que nunca ha sido su característica. Y a eso le llama política.

Se explica que haya actuado como el gran santón, el que vino a decirle a los priistas que están para obedecer, nunca para mandar, sabedor de que sus palabras ahí adentro nadie las va a cuestionar; por el contrario, encuentran en la actitud de la “candidata” Graciela Ortiz la obediencia debida. Y es que esta política hizo escuela precisamente cuando la usurpación baecista dominaba la escena pública en Chihuahua. Cuestionan ambos, el amo y la esclava, una visión de Estado absoluto que ofrecen como destino para la entidad porque el poder que ellos han tenido consiste precisamente en obtener bienes para sí, aparentando un futuro para todos. En otras palabras, hay una promesa que tendrá que esperar, pero en sus manos es más de lo mismo: un interregno marujista para que todo siga igual… o peor, entregando, como dije, el cetro a los dueños de la bolsa.

Extraño juego este de sacar al PAN corralista para sustituirlo por el PAN marujista, cómplice y beneficiaria de la corrupción duartista, por la que le alcanza responsabilidad penal. Extraño juego también de orillar a los votantes a una decisión electoral con el argumento de encumbrar a la “menos mala”, conscientes de que es una delincuente hecha en la política de la corrupción, para lo cual ha contado con el control absoluto de los medios de información.

Es tiempo de hacer preguntas y exigir respuestas. Los nuevos partidos Fuerza Por México, Redes Sociales Progresistas y el PRI dejaron ya de ser entidades de interés público porque al no participar en la contienda para vertebral el poder y la representación, han convertido estas elecciones en una farsa, de la cual no puede emanar un gobierno legítimo. Contra esto debemos rebelarnos. Esos partidos deben regresar al erario lo que recibieron las y los candidatos que declinaron, y a los órganos electorales les corre una responsabilidad en todo esto.

Tengo la certidumbre de que la transición democrática no ha llegado a su destino, que la democracia no pasa por su mejor momento hacia su consolidación, que hay vientos de redoblado autoritarismo en la República, y así lo he dicho en reiteradas ocasiones. Incluso se intentó una candidatura independiente que no alcanzó su propósito, pero que sí atalayó que íbamos, irremediablemente por las circunstancias, a llegar a este despreciable momento, justo cuando, por “salvarnos” de un autoritarismo, sólo se ofrece el viejo y probado autoritarismo de los priístas y panistas.

En este juego los intereses de los ciudadanos no están presentes.

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Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.

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