COVID-19

“Mejor que me recoja Dios, y no el kaxlan (el que viene de fuera)”

Ilustración: Leonel Eduardo Pacas Leiva

Por Ángeles Mariscal | Chiapas Paralelo*

En 9 de cada 17 pueblos tsotsiles de Chiapas, sus habitantes se han negado a aplicarse la vacuna anticovid; un año antes habían dudado de la existencia del virus SARS-Cov2. Ahora temen que el biológico que se aplica para combatirlo, pueda matarlos. No hay, en las zonas indígenas de esta región al sur de México, campañas de información en lenguas maternas que hablen sobre la pandemia; lo que saben de ella proviene en su mayoría de mensajes de origen desconocido que se replican en redes sociales. Hasta el momento, con medicina tradicional, han sobrevivido al virus, y con medicina tradicional piensan seguir enfrentándolo.

“Nos acorralaron, iban con palos, armas y garrafas de gasolina. Nos rodearon, nos abrieron la puerta (de la ambulancia). Nos gritaron que con qué permiso estábamos en su comunidad. Que ellos ya habían dicho que no querían las vacunas. Les explicamos que las que llevábamos eran las vacunas de los niños, no las de la COVID, pero nos dijeron que si no entregábamos el termo (en el que llevaban los biológicos), iban a quemar la ambulancia con nosotros adentro”, explica Carmelo, enfermero y promotor de salud de la jurisdicción sanitaria de San Cristóbal de Las Casas, que abarca la zona indígena tsotsil de Chiapas, provincia de México. 

El 18 de junio pasado, cuatro trabajadores de la Secretaría de Salud de la jurisdicción sanitaria que atiende a la zona indígena tsotsil de Chiapas -con alrededor de un millón de habitantes de esa etnia-, estuvieron a punto de ser linchados por pobladores de Yabteclum, ubicado en el municipio Chenalhó, a unos 60 kilómetros de San Cristóbal de Las Casas.

Carmelo y sus colegas, unos 20 trabajadores, explican lo que a su ver, es el origen de la agresión: “las personas están muy mal informadas sobre las vacunas, sobre la pandemia. No hay información en sus lenguas, no les dicen nada y entonces ellos creen todos los rumores de que con las vacunas los van a matar. La única información que ocasionalmente les entregan algunas instituciones, es un folleto donde dice, en español, que si tienen síntomas de COVID, llamen a tal número; esto es absurdo porque en las comunidades indígenas muchas personas no hablan español,  no saben leer, y a veces ni teléfono hay”, explica en entrevista. 

La desconfianza hacia el proceso de vacunación proviene también de la custodia del proceso que realiza el Ejército Mexicano. Fotografía: Ángeles Mariscal

Los trabajadores sanitarios itinerantes, asignados a las comunidades rurales e indígenas de Chiapas, cumplen múltiples funciones, entre ellas, ofrecer las vacunas del cuadro básico de salud que se aplica a niñas y niños, para prevenir enfermedades como tuberculosis, difteria, tosferina, tétanos, poliomielitis y sarampión.  “Uno del comité de salud pudo explicarles en su idioma que nosotros no llevábamos las vacunas anticovid, pero ellos nos gritaban y nos pedían que bajáramos de la ambulancia, nos amenazaban con quemarnos. Luego de una hora, se comunicaron por radio y nos dejaron ir. Nosotros regresamos al centro de salud y ahí el director nos dijo que no era la primera vez que pasaba eso”, explica Carmelo. 

A falta de información, desinformación

La presencia del virus SARS-Cov2, su origen, su comportamiento y la forma de enfrentarlo, ha sido un proceso de constante aprendizaje, en una carrera contra reloj. Pero, mientras en la capital de México autoridades sanitarias implementan una estrategia de comunicación basada en conferencias de prensa y comunicados diarios, en las comunidades rurales e indígenas la única instrucción que llegó a la población fue que no deberían salir de sus comunidades. 

En estos lugares hasta las clínicas se cerraron durante los meses más álgidos de la pandemia. Lo que se vivió desde el primer momento en que empezaron los impactos, fue el miedo y la desinformación. 

El 13 de abril de 2020, el señor Samuel C. Hernández, indígena zoque, de la comunidad Francisco León, municipio de Ocosingo, se suicidó. Días antes había acudido al hospital del municipio de Palenque, ubicado a cinco horas de su poblado; ahí le diagnosticaron que estaba enfermo de COVID. Al regresar a Francisco León, pobladores se inconformaron, le acusaron de haber llevado el virus, de provocar otros contagios, explicó su familia.

Samuel se dirigió entonces a la rivera del río que atraviesa el poblado y se colgó de un árbol. El personal de salud que trabaja en la clínica rural de la localidad, se negó a recoger su cuerpo, por miedo al contagio. Autoridades judiciales tardaron más de un día en entrar al lugar, argumentando que no tenían equipo para protegerse.

Desde el Centro de Formación y Capacitación K’inal Antsetik al que están integradas las hijas de Samuel, señalaron que lo que lo mató, fue el acoso derivado de la desinformación. Llamaron a las autoridades a implementar campañas de información en las lenguas maternas, para que no volviera a repetirse una situación como que la que orilló a Samuel al suicidio.

No fue sino hasta julio de 2020 cuando la secretaría de Salud del gobierno de México realizó algunas cápsulas en video y radiales, así como carteles informativos traducidos a lenguas indígenas, donde lo que se le pedía a la población era permanecer en las comunidades, no salir, no reunirse. Estas producciones se quedaron en las páginas web institucionales; sólo algunos mensajes fueron difundidos esporádicamente en las estaciones de radio.

Para tratar de suplir la ausencia de información por parte del Estado mexicano, organizaciones no gubernamentales de médicos que trabajan con comunidades indígenas, y medios de comunicación independientes o comunitarios, iniciaron campañas de difusión e información sobre la pandemia. 

Sin embargo, no fue suficiente, y se impusieron las versiones de las noticias falsas reproducidas a través de mensajes en redes sociales, donde señalaban que el virus era parte de un plan para reducir la población mundial, y acusaban al personal médico de inyectar el virus para entregar “una cuota mensual de muertes”.  Esto trajo como consecuencia un rechazo al personal de salud y provocó ataques a hospitales y clínicas.

Último lugar en la cobertura de vacunación

En mayo de 2020, una ambulancia del hospital básico comunitario de San Andrés Larráinzar fue quemada. Pobladores de este lugar ubicado en la zona indígena de Los Altos de Chiapas, también destruyeron parte de las instalaciones. Temían que en este lugar personal de salud estuviera “inyectando el virus de la COVID”.

Un año después, el 28 de junio de 2021, a este mismo hospital acudieron Luisa Ruiz Ruíz, su cuñada y su esposo, para aplicarse la vacuna anticovid. Llegaron desde la comunidad Talonhuitz, ubicada a una hora de la cabecera municipal. Fueron una de las tres familias que ese día decidieron vacunarse.

En comunidades indígenas la población convive sin miedo al contagio. Fotografía: Ángeles Mariscal

En San Andrés Larráinzar viven 31 mil 259 habitantes; en las cuatro campañas de vacunación que ha habido desde abril pasado, sólo han acudido a aplicarse el biológico 129 personas, según cifras reportadas por la Secretaría del Bienestar, la institución encargada promover y organizar el proceso de aplicación de las vacunas anticovid. Es decir, en este municipio tsotsil, solo el 0.4 por ciento de la población mayor de 40 años se ha vacunado.

Sin embargo, en la página oficial donde el gobierno de México reporta el avance de la vacunación, el municipio aparece como “concluido”.

Lo mismo se reporta de Aldama, municipio colindante, donde solo el presidente municipal, Adolfo Victorio López Gómez, y sus dos padres, acudieron a vacunarse “para dar el ejemplo”. Ese día, el personal de salud regresó con su kit de vacunas prácticamente intacto, sólo se ocuparon tres dosis en esta localidad de 8 mil 480 habitantes.

Las cifras oficiales del avance de la vacunación, de la aceptación o rechazo del biológico, se dan a cuenta gotas. El gobierno de Chiapas rechaza hablar a detalle de ello. Para este reportaje se solicitó en varias ocasiones una entrevista con el secretario de Salud, José Manuel Cruz Castellanos. “En cuanto tenga tiempo con gusto”, fue la respuesta que envió por mensaje de whatsapp, el pasado 29 de junio.

La Secretaría de Salud federal reconoce que la información le llega según el ritmo y la voluntad de los gobiernos estatales, quienes son los que aplican las vacunas, y los principales encargados de promover su aplicación. 

En la página web donde se reporta el avance del proceso, se indica que, en Chiapas, en 9 de los 17 municipios de población tsotsil de la Jurisdicción Sanitaria de San Cristóbal de Las Casas, la población se ha negado a que se lleve a cabo la vacunación. 

A los municipios de Chenalhó, Amatenango del Valle, Huixtán, Oxchuc, Pantelhó, San Juan Cancúc, Santiago El Pinar, Tenejapa y Zinacantán,  se les asigna la leyenda “No aplica”.

En Aldama, San Andrés Larrainzar, Chalchiuitán, Chamula, Chanal, Mitontic, Teopisca y San Cristóbal de Las Casas se han instalado puestos de vacunación, aunque la cifra de personas que acuden a vacunarse no llega al 15 por ciento.

De acuerdo al Censo de Población y Vivienda 2020, en Chiapas habitan 5.5 millones de personas. A esta provincia han llegado poco menos de un millón de dosis de las vacunas Pfizer/BioNtech, Sinovac, AstraZeneca y CanSino; en el reporte del 22 de junio que dio a conocer el gobierno federal en conferencia de prensa, indica que se ha inmunizado a 517 mil pobladores, entre personal de salud, educación, mujeres embarazadas mayores de 18 años y personas mayores de 40 años.

No detalla el avance de vacunación en zonas indígenas -donde habita el 29% de la población total de Chiapas-, pero sí indica el informe que Chiapas ocupa el último lugar de la cobertura de vacunación a nivel nacional, y la zona indígena, se encuentra aún más abajo.

Sin campañas de promoción 

Luisa Ruiz, una de las pocas mujeres tsotsiles que decidió vacunarse en San Andrés Larrainzar,
Fotografía: Ángeles Mariscal

Luisa Ruiz Ruíz, nerviosa, se levanta la blusa bordada que ella misma fabricó, y que la identifica como originaria del pueblo de San Andrés Larráinzar. El enfermero le explica que la vacuna puede generar fiebre, cansancio o dolor de cuerpo; que debe reposar. Las pupilas de ella se agrandan cuando lo ve acercarse con la jeringa cargada con el biológico. Confiesa que está nerviosa.

“Es que se ha dicho mucho de la vacuna, que si nos van a matar, que si los que ya se vacunaron ya están muriendo, que van a morir más, que a los hombres los vuelve impotentes…”, dice esto, y su cuñada y su esposo, que esperan sentados el momento de pasar a vacunarse, sueltan una carcajada.

Neftalí Díaz, su esposo, explica que, en su comunidad, Talonhuitz, “el año pasado muchos se enfermaron, pasamos fiebre, pero no hubo pruebas que confirmaran que estaban contagiados de COVID”. Cifras oficiales indican que, en Larráinzar, sólo 6 personas contrajeron el virus.

Díaz comenta que en su comunidad no avisaron de la vacunación, “nosotros venimos a ver a mi hermana que vive en la cabecera municipal, y ahí fue que ella nos dijo que viniéramos, porque hoy vacunaban, y aquí estamos”.  

Fuera del hospital, un joven trabajador de la Secretaría del Bienestar toma el reporte de cuántas personas llegan a vacunarse; en este día sólo van ocho, ya es la una de la tarde.

¿Dónde puedo encontrar un cartel o un folleto donde se explique el proceso de vacunación en tsotsil?, le pregunto. “No hay, pocos saben leer el tsotsil; lo único que se hace es que un día antes se avisa (por perifoneo en las bocinas que hay instaladas en algunos poblados) que va a estar disponible la vacuna… pero casi nadie viene”, dice mientras sigue mirando su celular.

Julia Gómez Gómez y su esposo Antonio, trabajador de la clínica rural de Larráinzar, también acudieron a vacunarse. Antonio dice que cinco de sus familiares enfermaron de gravedad, y por eso ellos decidieron acudir a aplicársela. “Nos estamos arriesgando, porque se dicen muchas cosas de la vacuna, pero ya vimos que la enfermedad si es de seriedad”.

El enfermero que aplica el biológico reconoce que, aún personas que ya están sentadas y listas para vacunarse, cuando él saca la jeringa y les explica el proceso, “se han levantado y se han ido sin vacunarse”.

“Acá nos curamos con nuestra medicina tradicional”

Indígenas usan cubreboca únicamente en eventos oficiales. Fotografía: Ángeles Mariscal

Manuel Santiz saca de su morral un trozo de jengibre. Mastica ese tubérculo de sabor picante que, dice, le ayudó a sobrevivir a la COVID. Sin hacer mueca, escupe la fibra que queda en su boca, luego de sacarle el jugo, toma un poco de agua que lleva en una botella, y continúa la plática que tiene entre varios hombres de la comunidad Aldama.

Manuel tiene 67 años, relata que en junio de 2020, cuando en México se vivió el mayor número de contagios y muertes asociadas al virus SARS-Cov2 -alrededor de 229 mil según cifras oficiales– “yo sentía que no podía jalar el aire, que mi pecho me iba a reventar, tenía mucho frío y calentura, pero mi mujer me curó con esto (el jengibre) y un poco de miel que recolectamos. Acá nosotros nos curamos solos, porque acá el gobierno no se apareció, y hasta las clínicas cerraron”.

Autoridades de salud sólo reconocen 4 contagios y ninguna persona fallecida en Aldama, en lo que va de pandemia; una cifra que está a debate, porque está basada en las pruebas que se hicieron en el laboratorio estatal de salud, y como Manuel Santiz explica, “acá ni las clínicas abrieron” durante los meses de mayor contagio.

Según ha podido constatar esta periodista, durante muchas visitas a diferentes zonas indígenas, desde agosto del año pasado, las comunidades indígenas continúan viviendo como si no hubiera pandemia. Aquí las personas saludan afectuosas sin temor al contacto corporal, los niños juegan juntos en las calles, los hombres y las mujeres se reúnen en los parques y hasta en las iglesias; nadie usa cubreboca. 

Y no es que no haya contagios, y hasta muertes generadas por el virus SARS-Cov2, es que, como dice Don Manuel, “acá sobrevivimos solos, acá nos curamos con nuestra medicina tradicional, acá no tenemos miedo”.

Estela Díaz es promotora de salud comunitaria independiente; es de origen tsotsil, estudió medicina y realiza prácticas con grupos ligados a la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. Ella explica que entre marzo y agosto de 2020, las y los promotores suspendieron las visitas a las comunidades; pero en septiembre regresaron, “y vimos que, por los síntomas que habían presentado, muchísimas personas ya se habían contagiado, pero no de gravedad. En las comunidades nos comentaban: nos dio gripa, calentura, perdimos el olfato, tuvimos dolor de huesos, diarrea, fue una gripe muy fuerte”.

“Por los síntomas vimos que era COVID, pero no reportaron que familiares suyos hayan muerto. Creemos que el impacto del virus en las zonas indígenas no fue tan fuerte como en las ciudades. Nos contaron también que se fueron curando con combinaciones de plantas que iban haciendo, buscaron los medios a su alcance para sanarse y sobrevivir al contagio”.

La especialista refiere que en las zonas rurales e indígenas de Chiapas hubo miedo, desinformación, “pero no se vivió el estrés y la psicosis que tuvimos en las ciudades, las personas siguieron haciendo su vida normal, se siguieron reuniendo, siguieron saliendo al campo a trabajar; si a eso sumamos que viven en espacios más ventilados, que su alimentación es más sana, el resultado es positivo y es, quizá por eso, que no tienen interés en vacunarse”.

Don Manuel la escucha y asiente. Dice que él, aunque se enfermó del virus, confía más en la medicina tradicional que en la de los hospitales. Añade que por ningún motivo va a vacunarse, “mejor que me recoja Dios, y no el kaxlan”, que literalmente significa “gallina blanca”, pero que las comunidades indígenas lo usan en alusión a “el que viene de fuera”, o lo que viene de fuera de sus pueblos.

El rechazo a las vacunas en pueblos indígenas, derivado, entre otras razones de la desinformación o falta de acceso a la información en sus idiomas, no es exclusivo de Chiapas. Está presente en México y en general en América.

Así lo señala el informe que en mayo pasado dio a conocer la Plataforma Indígena Regional Frente a la COVID-19 “Por la Vida y los Pueblos”, donde estan integrados la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de México, la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México, y el Enlace continental de Mujeres Indígenas de México.

El documento destaca que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha pedido a las naciones que implemente una difusión activa de información adecuada y suficiente sobre las vacunas y contrarrestar la desinformación, y que estas se apliquen previo al consentimiento previo, libre e informado.

“Con toda claridad, la CIDH detecta y manda corregir dos de los principales problemas que señalan las organizaciones indígenas: la falta de información adecuada, con pertinencia cultural, como así también, las carencias en la participación de los Pueblos Indígenas a través de sus autoridades representativas en las campañas de vacunación”.

Como en otros países de América Latina, hay una evidente necesidad de mejor información para contrarrestar temores, confusiones y acelerar la inmunización de los pueblos indígenas.

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HISTORIAS

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  • Este trabajo es parte del especial periodístico Las vacunas llegan tarde y mal a Centroamérica y sur de México realizado por medios que son parte de la alianza Otras Miradas.

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