Migración

La policía nos vendió con la mafia

Los traficantes de migrantes los engañaron, les hicieron creer que estaban en El Paso, Texas cuando en realidad seguían en Ciudad Juárez. Nunca cruzaron el río Bravo.

Texto: Gabriela Minjares / Imagen de portada: Regina García / La Verdad*

Esta historia forma parte de la serie Migrantes, víctimas del crimen en la frontera.

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Ciudad Juárez- Después de la travesía de poco más de tres mil kilómetros que María realizó por carretera para llegar a esta frontera con el objetivo de cruzar a Estados Unidos, un comando de presuntos policías de Ciudad Juárez frustró su trayecto.

La mujer de 28 años, originaria de Guatemala, asegura que agentes de una corporación de seguridad pública la entregaron a un grupo del crimen organizado que la mantuvo secuestrada junto con su hija ,de un año, y otros 65 migrantes durante unos 40 días.

“La policía nos fue a vender con la mafia”, afirma María, originaria de La Libertad, Petén, Guatemala, a quien se le cambia el nombre por seguridad.

Narra que el 3 de enero de este año salió de su casa acompañada con la menor de sus tres hijos para viajar a Ciudad Juárez y cruzar la frontera con la intención de ir a Florida, donde su hermana migró hace dos años.

“Llegué aquí cinco días después y los que me iban a cruzar me llevaron a una bodega para esperar mi turno, había como unas 65 personas. Estuve ahí varios días hasta que un lunes en la noche llegó la policía y nos llevó a todos para entregarnos a la mafia”, dice.

Con certeza sostiene que fueron policías los que irrumpieron esa noche en la bodega, porque cuando el encargado del lugar se dio cuenta de su llegada les advirtió a todos que eran agentes, que no lo fueran a denunciar, pero tenían otros fines y lo golpearon hasta inmovilizarlo.

Sin embargo, comenta que desconoce de qué corporación eran los presuntos policías. Solo describe que el grupo lo conformaban cinco hombres y una mujer que llevaban la cara cubierta con pasamontañas y viajaban en varios automóviles que presume eran particulares porque no tenían ninguna insignia.

“Iban uniformados de policía, no eran militares, traían un uniforme como verde deslavado, tenían armas y nos decían que si salíamos corriendo nos iban a tirar, nadie lo hizo. Nos fueron subiendo a varios carros y nos llevaron a una casona que estaba toda cerrada, no mirábamos ni las clavijas, ahí nos dejaron con la mafia”, recuerda.

María y su hija. Fotografía: Gabriela Minjáres

Cuenta que el encargado de la casa les dijo que los ayudarían a cruzar a Estados Unidos y cuando estuvieran en El Paso, Texas deberían llamar a sus familiares para que les depositaran dinero y les pudieran pagar.

“A pesar de todo pensamos que era cierto, que nos iban a cruzar al otro lado, y dijimos que sí, que llamaríamos a nuestras familias para pagarles”, agrega.

Menciona que entre los migrantes recluidos en la casona, de la que ni siquiera tiene una idea de su ubicación, se encontraban personas procedentes de El Salvador, Ecuador, Honduras y Guatemala.

Después de varios días de espera, añade, sus captores los sacaron porque al final los cruzarían a Estados Unidos.

“Una noche nos sacaron y nos hicieron correr primero por un riito y después por una calle. Nos dijeron que ya estábamos del otro lado, que pronto llegarían por nosotros en una camioneta para llevarnos a un lugar seguro mientras recibíamos el dinero que les teníamos que pagar y entonces sí nos llevarían a Dallas”, dice.

“Pronto llegó la camioneta, nos subimos rápido y nos taparon la cabeza con las chamarras, nos llevaron a otra casona donde no se veía nada y ahí nos tuvieron encerrados otros días”, agrega.

Con el tiempo se dieron cuenta que sus captores los engañaron. Que les hicieron creer que estaban en El Paso, Texas, cuando en realidad seguían en Ciudad Juárez. Que nunca cruzaron el río Bravo, sino un charco. Y que los tuvieron secuestrados, porque mientras se encontraban recluidos usaban sus celulares para llamar a sus familiares y pedirles rescate a cambio de su libertad.

“Nos engañaron, nunca nos sacaron de Ciudad Juárez. Le pidieron dinero a nuestras familias, cinco mil dólares por cada persona. En mi caso pagaron 10 mil, cinco mil por mí y cinco mil por mi hija”, refiere.

Explica que mientras los tenían en la supuesta casa de El Paso, les pidieron el número de teléfono del familiar que pagaría por su cruce, ya que ellos mismos se encargarían de llamarles para darles las instrucciones del depósito.

María comenta que les dio el número de su mamá, quien se encontraba en Guatemala a cargo de sus otros dos hijos de 9 y 8 años, pero como ella no tenía dinero les dio el número de su hermana que se encontraba en Florida.

“Ahí nos tuvieron hasta que llegó el dinero de todos. Aunque a los 10 días nos empezamos a desesperar y preguntar por qué no nos sacaban si a algunos nos dijeron que nuestras familias ya habían pagado, pero no nos hacían caso, se ponían a fumar marihuana y oír música”, asegura.

Explica que la desesperación entre los migrantes aumentó y los reclamos subieron de tono, por lo que sus captores también tomaban medidas más drásticas en su contra, les gritaban y los castigaban dejándolos sin comer y hasta sin permiso para ir la baño.

Migrantes desalojados de una casa en Ciudad Juárez donde esperaban para cruzar. Fotografía: SSPM Juárez

“La niña se me enfermó porque no comía, no nos daban ni un pan y ella no tomaba su lechita porque ya no mandaban comprar la leche y mucho menos los pañales, así que tenía que romper unos trapos o algo para ponerle”, cuenta entre lágrimas mientras sostiene a su hija que aún se encuentra convaleciente.

Con dificultad para hablar por el llanto, narra que los últimos cinco días en cautiverio fueron los peores, porque sus captores comían frente a ellos y su hija les pedía que le compartieran algo, pero la ignoraban.

“Me daba tanta lástima porque comían pizza o pollo y la niña les pedía, pero no le daban, no le hacían caso, lloraba y no le daban nada, no se conmovían”, cuenta.

Cuando ya habían pasado unos 40 días encerrados, sus captores, a los que describe como hombres jóvenes con tatuajes, se enojaron por los crecientes reclamos y les dijeron que por la noche los empezarían a sacar para trasladarlos a su destino.

“Nos dijeron que nos iban a llevar a Dallas, porque se supone ya nos tenían en El Paso, así que primero sacaron a 20, luego a otros 20 y después a los otros 20. Al final me sacaron junto con otros dos muchachos y nos fueron a tirar cerca de una iglesia, tal vez porque traía a la niña nos dejaron ahí y no el monte o en despoblado”, considera.

Al pedir ayuda en el templo se dieron cuenta que los habían mantenido engañados, que seguían en Ciudad Juárez y no en Estados Unidos como les hicieron creer.

Esa noche, relata, el pastor de la iglesia donde pidieron ayuda los llevó a su casa y les dio de cenar porque ya tenían varios días sin comer, los dejó dormir y al siguiente día los trasladó a un albergue para migrantes.

Esa noche, relata, el pastor de la iglesia donde pidieron ayuda los llevó a su casa y les dio de cenar porque ya tenían varios días sin comer, los dejó dormir y al siguiente día los trasladó a un albergue para migrantes.

Agrega que en el refugio al que los llevaron los pusieron a disposición de las autoridades de migración, las que no logra identificar, y que de ahí los canalizaron a otro albergue que sus directivos piden ni siquiera mencionar por seguridad.

“En total nos tuvieron como 40 días encerrados, al principio creíamos que sí nos iban a llevar para allá (a su destino), no imaginamos que fueran tan así porque cuando nos poníamos a orar hasta uno de ellos se ponía a hacerlo con nosotros, pero después fuimos perdiendo las esperanzas”, dice.

Añade que al salir del encierro se comunicó con su mamá, quien le comentó que sabía que estaba secuestrada por la llamada que le hicieron para pedirle el dinero y porque después, cuando ella le marcaba a su celular, ya no le contestaban.

María, quien decidió migrar a Estados Unidos para buscar empleo luego de que su esposo la abandonó con sus tres hijos, dice que hizo el viaje solo con la menor porque nomás consiguió un préstamo de 120 mil quetzales (unos 300 mil pesos mexicanos) para pagar el traslado desde Guatemala hasta Florida.

Cuenta que el viaje lo hizo con apoyo de “guías” (traficantes de migrantes), a los que contrató en su ciudad natal. De Petén a Huehuetenango, Guatemala la trasladaron en camión y continuó en automóvil a Gracias de Dios, frontera con Chiapas, por donde se internó a México y desde ahí a Ciudad Juárez, recorrido que hizo por carretera en camionetas que cambiaron en varias ciudades.

Afligida porque al momento de la entrevista (realizada a mediados de marzo), su hija aún padecía las secuelas por la falta de alimento durante los días de cautiverio, María revela que al quedar en libertad de inmediato buscó cruzar a Estados Unidos.

Menciona que fue a uno de los puentes para entregarse a las autoridades migratorias de Estados Unidos, pero los agentes le recomendaron regresar a México y esperar, porque de lo contrario podría ser deportada a su país.

“Me regresé al albergue muy triste porque no sé cuánto voy a estar aquí, pero me voy a esperar, con todo lo que he sufrido ya no me devuelvo a Guatemala, me quedaré el tiempo que sea necesario hasta saber si puedo llegar con mi hermana allá arriba (en Florida)”, confiesa.

En el albergue reportan que después de algunas semanas María logró cruzar a Estados Unidos junto con su hija, quien se recuperó con apoyo médico.

Del secuestro que sufrieron en Ciudad Juárez mientras esperaban cruzar la frontera no quedó ningún registro oficial. La migrante guatemalteca declinó presentar la denuncia ante las autoridades por miedo y desconfianza, ya que siempre afirmó que fueron policías los que las entregaron a los criminales que las mantuvieron en cautiverio. Prefirió irse antes que buscar justicia.

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*Este contenido fue producida por como parte de Puente News Collaborative, una asociación binacional de organizaciones de noticias en Ciudad Juárez y El Paso, de la que forma parte La Verdad

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