Crónica

Gerardo Baca, buscar un hijo por 8 años entre imágenes de cadáveres

Marco Antonio López / Aguamala

Ciudad Juárez, Chihuahua.- Gerardo Baca no recuerda si ya hablamos por teléfono, por eso está sentado esperando en la sala junto al aparato. No sube al segundo piso para entrar a su recámara porque no quiere preguntar a la mujer si ya le hicieron la llamada, mejor dicho, no quiere que le pregunten si ya le hicieron la llamada. O, en cualquiera de los dos casos, no quiere que ella sepa que no lo recuerda.

Espera junto al teléfono a que se haga de noche, a que pase la hora límite en que quedamos de hablar, para estar seguro. Si oscurece, podrá subir a su recámara y decir -sí Guadalupe, ya hablamos-. O, -no, no llamó-. Pero ahora aún duda.

Muchas cosas de lo inmediato y cotidiano se le pasan a Gerardo Baca como difíciles de sostener. En cambio hay otras, tan llenas de tiempo distante, que envejecen apenas nada. Lo sacuden algunas madrugadas que se le hacen largas jornadas de pura crueldad, y se instalan como el insomnio empecinado que le llega a los que no pueden olvidar por más sueño que tengan, como un monstruo que se alimenta de recuerdos y bebe melancolía.

Entonces, suena el teléfono.

Y tenemos la voz, el sonido vocal que intercambiamos en la línea. El rostro indefinido de dos personas que no se conocen. Y sin embargo, la determinación de contar una historia. Uno va a hablar, sobre todo uno va hablar y el otro a escuchar.

Estamos a unos cinco kilómetros de distancia. Hace algunos años que lo busco. Hoy encuentro su voz. Su memoria intacta de pasado lejano y las fallas en los días que rodean su presente, la isla vacía que se vuelven las horas más cercanas.

Una cosa muy extraña. Confiar en alguien sin rostro. Estar a cinco kilómetros de distancia y no poder vernos. Pero vivimos una pandemia, hemos vivido muchos tipos de pandemia, pero acá está la particularidad de que respirar el mismo aire frente a otra persona se torna en un riesgo potencialmente mortal.

Quiero decir, Gerardo Baca vive en la tercera ciudad más violenta del mundo, y ya vivía aquí en 2009 y 2010, cuando Ciudad Juárez tuvo la tasa más alta de homicidios en el planeta. Entonces era más probable morir atravesado por una bala que de diabetes, de acuerdo con información del INEGI.

Gerardo Baca tiene una denuncia interpuesta contra el Ejército mexicano, es decir, la institución armada más poderosa y letal del país. Porque el Ejército mexicano asesinó a su hijo menor, Víctor Manuel Baca Prieto, en las instalaciones de la Guarnición Militar en Ciudad Juárez, luego de detenerlo arbitrariamente y someterlo a tortura.

Ha sobrevivido a imágenes que antes ni siquiera hubiera imaginado, a recuerdos como monstruos que crecen, a dolores que apenas puede describir si dice -la operación del cáncer de mama por la que me desgarraron todos los tendones de una axila y un hombro es nada comparado con esto- enfermedades cuyos orígenes busca en la ausencia de su hijo, a los agravios funestos que se vuelven insomnio.

Sería un riesgo innecesario vernos ahora que tiene 72 años, el cuerpo debilitado por las quimioterapias, las radiaciones, ahora a diez meses de que le dio COVID-19, ahora que espera la segunda dosis de una vacuna. Ahora que piensa invertir el tiempo que le quede en buscar justicia, sería un error interponer un riesgo innecesario.

-Bueno.

-¿Señor Baca?

-Sí, diga.

La voz, solo eso tenemos. Y luego la historia que lo visita por las noches, que habita su cuerpo de hombre cansado pero molesto, furioso, dirá más adelante.

***

El 8 de noviembre de 2017 era miércoles. En un panteón que le queda a unos 500 metros de su casa y que visita frecuentemente, Gerardo Baca enterró al más pequeño de sus hijos. Dentro de todo el enojo que siente, de los pensamientos que le caen por la noches y en los que recrea las imágenes de cómo imagina que los militares del Ejército mexicano asesinaron a su hijo, dentro del rencor y la frustración, alcanza a percibir algo de consuelo: por lo menos ahora sabe en dónde están sus huesos.

Al menos tiene esos restos en un féretro enterrado bajo una lápida para visitarlos, para rezar, platicar de vez en cuando con ese espacio de tierra. Antes no lo tenía. Los restos de Víctor Manuel Baca Prieto permanecieron en el Servicio Médico Forense ocho años y treinta y cuatro días. A pesar de que su padre lo buscó cada semana casi nueve años con las autoridades correspondientes.

El día que enterraron a Víctor Manuel faltaba un mes y quince días para su cumpleaños número treinta. El día que fue detenido por el Ejército y que posteriormente desapareció, tenía veinte.

Tal vez Gerardo no recuerda si hablamos por teléfono o no, o los nombres de las personas que recién conoce. Pero recuerda la mano de su hijo apretando la suya con fuerza y con miedo recostado en la silla reclinada de un consultorio dental mientras le sacaban una muela. Recuerda que a pesar de aquel cuerpo grande de adolescente que pasa rápido de la niñez a la juventud, Gerardo sabía el miedo que Víctor sentía a sus 14 años reclinado con la boca abierta.

Y recuerda, también, exactamente qué muela era. Por eso cuando lo pasaron a ver los restos de su hijo, lo primero en que se fijó fue en la dentadura, el hueco de la muela que hacía falta le hizo sentir un apretón en el pecho. Como un día de muchos años atrás sintió el apretón de la mano de su hijo.

Desde 2009 Gerardo tuvo que dejar su trabajo en una tienda de pinturas para buscar a su hijo. Tenía una pensión de incapacidad muy modesta, tan modesta que debió seguir trabajando después de que el 8 de febrero de 1994 sufrió un accidente automovilístico en la camioneta de la empresa de fumigaciones en que trabajaba. El asfalto estaba mojado por la nieve que caía, cuando un vehículo pasó un señalamiento de alto sin detenerse y lo impactó de manera tal que la camioneta dio varias vueltas. Los primeros diagnósticos no fueron alentadores. Pero sobrevivió con un traumatismo craneoencefálico que le tiene la memoria de corto plazo mermada desde entonces, pero recuerda ese día y otros como si fueran hoy, dice.

-No se me olvida nunca, me acuerdo como si ahorita fuera que fue el 8 de febrero de 1994, ya cumplí 27 años.

Entonces su rutina del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, cambió por la espera de funcionarios públicos, de visitas largas a oficinas de Gobierno, al Servicio Médico Forense, a la Fiscalía General del Estado, a instancias de derechos humanos, organizaciones civiles, Procuraduría General de la República, Guarnición Militar, un santero. Llegar a casa para ver las noticias con una libreta en la mano para apuntar los muertos sin nombre que hacían de Juárez la ciudad más violenta del mundo.

Cada sábado a las tres de la tarde Gerardo llegaba a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado con su libreta, saludaba a los funcionarios que ya conocía, les decía en qué número del Sistema de Identificación de Ingresos y Egresos de Cadáveres se quedaron la semana pasada y comenzaba a ver las fotografías de las personas asesinadas durante la semana. Los cuerpos desmembrados, los decapitados, los rostros destrozados de balas.

-Olvídese, vi cosas horribles. Yo no me perdía las noticias, en una ocasión resultó un cuerpo encobijado tirado abajito en una barda donde decía “Víctor” con letras verdes grandotas. Pues ese día tuve ansias de que se llegara esa semana para ir, porque pensaba yo por qué lo pusieron ahí, para que lo encontremos o qué. No, resultó que no era. Era de cuando anduvo en campaña un político, Víctor Valencia.

-Vi cosas horribles ni se imagine, unos hechos garras, sin cabeza, sin cara, hechos garras, pero pues me tenía que hacer fuerte para ver eso. Llegué a ver algún muerto allá en el rancho de donde soy, pero no hechos garras así como los que suceden aquí, ni tan cerca, viera visto lo que presencié, hasta pa volverse uno loco.

Cada sábado a las tres de la tarde Gerardo se sentaba a pasar la tarde viendo fotografías de personas asesinadas como otros se toman un café o van a hacer el súper. Cada semana se sentaba ahí como para que un ave le comiera el hígado una y otra vez, una versión de Prometeo que no robó el fuego.

Después de eso atravesaba la ciudad hacia el surponiente para ver a una persona que ahora define como charlatán pero que entonces le decía santero, o chamán o vidente. Por meses le pagó hasta que solo cayó en cuenta que podía seguir gastando su dinero sin tener resultados. Pensó entonces en los agentes del Ministerio Público que le recomendaron ir con esa persona, ¿ellos se habrían llevado alguna ganancia de ese dinero que perdió? No lo sabe todavía, ya murieron ambos agentes -por eso le cuento ahora, es la primera persona a la que le digo, antes me daba vergüenza- dice.

También hubo un tiempo en que iba a la Guarnición de la 5/a Zona Militar destacamentada en Ciudad Juárez, porque el caso fue tomado por la Secretaría de la Defensa Nacional, es decir, los acusados investigaban. Citaban a Gerardo en el campamento donde desapareció su hijo y lo hacían esperar horas a una persona que no llegaba.

Esto hizo Gerardo Baca durante casi nueve años. El 6 de marzo de 2009 le sacaron sangre a él y a su esposa para tener su registro de ADN en el Servicio Médico Forense (Semefo) a cargo de la Fiscalía General del Estado a donde fue a preguntar por su hijo cada sábado a las tres de la tarde durante casi una década.

El cadáver de Víctor Manuel Baca Prieto llegó al Semefo en octubre del 2009, poco más de siete meses después de su desaparición, y ahí permaneció en una caja blanca sin que le abrieran carpeta de investigación y sin entregarlo a sus familiares.

Los restos de Víctor Manuel fueron hallados en una brecha que sale si vas de sentido norte a sur por la carretera Ciudad Juárez a Chihuahua hacia la derecha, un camino de tierra que está a un par de kilómetros del punto de revisión militar que se encuentra de manera permanente resguardando la entrada terrestre a Ciudad Juárez.

Pero no es esto lo que determina que fue el Ejército quien asesinó a Víctor, sino el testimonio de un sobreviviente. Porque hay un sobreviviente.

La noche del 26 de febrero del 2009 Víctor Manuel Baca Prieto y Óscar Alejandro Kabata de Anda cenaban hot dogs en un puesto callejero. Un comando de militares llegó al lugar, los detuvo sin explicaciones y los llevó a la Guarnición Militar. Fueron torturados de diversas maneras para que confesaran el secuestro de una regidora, que dice Kabata, en realidad nunca existió. Luego les interrogaron si conocían a alguien que vendiera drogas y los golpes, las asfixias y la tortura psicológica se les fue de las manos.

Al segundo día, probablemente el 28 de febrero, probablemente porque el tiempo para Óscar perdió un sentido lógico y lo que le queda con los años son conjeturas, escuchó que a Baca le costaba mucho trabajo respirar, hasta que dejó de oírlo: -Nunca voy a olvidar el sonido de una persona, de Baca, cuando se está yendo, es un sonido que tengo bien marcado, es algo yéndose, literalmente, algo está yéndose, ese sonido sí me da miedo Yo me pregunto si por mi culpa está muerto Baca y eso me duele un chingo, aunque yo no lo matara me siento mal de que estuviera conmigo y a mí no me mataran- dice Óscar y claro, llora, llora mucho.

Entonces llegó un militar y le dio un disparo en la cabeza. Y se fue. Como se va alguien que dice buenas noches y sigue su camino.

El cadáver de Víctor Manuel Baca Prieto tiene una herida de bala de arma de uso exclusivo del Ejército en el cráneo.

Óscar Kabata pasó seis días en la Guarnición Militar siendo torturado, tenía 17 años. Señala directamente al coordinador del Operativo Conjunto Chihuahua, general Felipe de Jesús Espitia Hernández, operativo militar enmarcado en la llamada “guerra contra el narco” que llevó a cabo el entonces presidente Felipe Calderón en 2008. Hasta el momento no hay ningún militar detenido. Kabata lleva escoltas y mantiene una manifestación afuera de las instalaciones de la Sedena en la Ciudad de México hace siete meses.

Gerardo Baca recuerda de su hijo que fue un niño muy tranquilo, que de todos era el más lento para correr después de batear la pelota de beisbol y que siempre tuvo un gusto especial por las motos y cuatrimotos, aunque nunca tuvo una. Pero le gustaba ir a un espacio recreativo llamado Los Arenales que son dunas de desierto, en donde rentan cuatrimotos para pasear sobre la arena. Un día se cayó de una y tuvo un esguince en un pie que lo llevó a usar muletas por un tiempo.

Pronto se cansó de usar muletas y le dijo a su papá que ya estaba bien y dejó de usarlas. Gerardo Baca estaba sentado frente a su casa, vio a Víctor caminar hacia él del otro lado de la banqueta, bajar el pie, doblar su tobillo y gritar antes de caer -¡Apaaaaaa!

Hay noches de esas de insomnio en que Gerardo Baca escucha que su hijo le grita de la misma manera.

-Yo siento mucho coraje, yo tengo mucho odio por dentro, me deshago, me quemo por dentro de lo que siento- dice.

-El hecho de recordar a mi hijo y pensar la forma en que lo asesinaron estos desgraciados, eso es lo peor. Si ha sido un accidente, alguna otra cosa, bueno pues tendría uno el dolor de la falta de él. Pero aunado a eso tenemos el rencor, la impotencia veda, no sé qué siento, pero no crea, es una vida muy difícil, muy difícil que la estamos pasando. Parece que dice uno que el tiempo lo cura todo pero no es cierto, curara ciertas heridas que no son de la magnitud de lo que es la mía, pero esto no, yo cada día estoy peor y peor y peor.

Seguido Gerardo reza por la noches, y reza en el cementerio y lleva flores y llora.

Cuenta antes de terminar la llamada, colgar el teléfono y subir a su recámara a enfrentar el insomnio empecinado que le llega a los que no pueden olvidar por más sueño que tengan.

***

Este contenido es publicado por La Verdad con autorización de Aguamala. Ver original aquí.

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