Opinión

UNAM: AMLO provoca al puma

¿Será que López Obrador quiere una universidad para producir cuadros propios, como las escuelitas totalitarias que prohijaron pedagogías a favor del fanatismo?

Jaime García Chávez

Seguro estoy de que si viviera Enrique González Pedrero, académico destacado en ciencias políticas de la UNAM, priísta crítico sin duda y gobernador de Tabasco, le reprocharía a Andrés Manuel López Obrador sus recientes palabras contra esa universidad, de la que egresó tras larga estadía para alcanzar su licenciatura.

González Pedrero fue un politólogo notable al que, más allá del trópico de Macuspana, leímos con atención en la década de los sesenta, especialmente. A pesar de sus vastos conocimientos en ciencia política, a las muchas investigaciones y artículos que le debemos a su autoría, nunca pasó a deslindarse del Partido Revolucionario Institucional en el que convivió durante su gubernatura con el mismísimo López Obrador, que por aquellos tiempos se esmeraba en escribir un himno al PRI, quizás tomando ese género de su formación bíblica y evangélica.

A López Obrador no le reportó durante su juventud ninguna consecuencia el movimiento estudiantil de 1968. En ese año crucial, que dicho sea de paso no forma parte en la narrativa de las transformaciones que alaba, tenía como apuesta su afiliación al viejo partido, del cual se deslindó en 1988, al calor de un proyecto de poder por la gubernatura que nunca se concretó en el PRI, ni a través del Frente Democrático Nacional, ni en el PRD.

Esta es una parte de su historia personal frecuentemente velada, porque desnudaría a un líder que se considera impoluto y predestinado, como corresponde a todo estilo carismático y populista que tiene en la política permanente de adversarios y de polarización su premisa mayor para el diseño de la conquista y preservación del poder político.

Pero porqué tomarla ahora contra la UNAM, que tiene infinidad de tareas y resultados que, bien mirados, van mucho más allá de que se le catalogue de una universidad neoliberal, tradicionalista y a modo. Ese juicio presidencial sólo ve parcialidades y no la totalidad de la fecunda producción que en muchos aspectos genera la UNAM. Pero ya estamos acostumbrados a la denostación y descalificación súbita y sin explicación de ninguna índole.

¿Será que López Obrador quiere una universidad para producir cuadros propios, como las escuelitas totalitarias que prohijaron pedagogías a favor del fanatismo? ¿O será que quiere convertir a la UNAM en una universidad más, como la que creó cuando fue Jefe de Gobierno del DF? Quién lo sabe, más porque sus pronunciamientos son inesperados y no obedecen a lógica alguna de la coyuntura que se vive. Así como descalificó a la UNAM ahora, y a la CNDH ayer, puede descalificar mañana a la ONU, como ya lo ha hecho con otras instituciones.

Como dijo un periodista, está provocando al puma y eso le puede ser de lesivas consecuencias, lo que se verá avanzando el tiempo. Sobrevino un alud de declaraciones cuestionando el pronunciamiento presidencial, de todo el espectro del pensamiento que puede convivir en una universidad; uno se puede adscribir a cualquiera de ellos, porque detrás de las palabras se encuentran personalidades consistentes y con obra que los respalda.

Por mi parte, quiero explicarme la postura de López Obrador por un aspecto al que en el país le ha puesto especial atención José Woldenberg. Me refiero a la actitud antiilustrada del presidente. Y cuando digo antiilustrada me refiero a ese gran movimiento que se conoce como la Ilustración y que permitió dejar la infancia y los fanatismos que muy bien describió Kant al responder qué es la Ilustración.

En efecto, López Obrador es un político antiilustrado, al igual que Trump, Putin, Bolsonaro, Maduro, Erdogán, Orbán, entre muchos otros. A partir de ahí podemos explicar sus posturas en medio de la pandemia, el mostrar talismanes en público y no adherirse al conocimiento científico para abordar problemas tan complejos como el de la salud o las alternativas energéticas, ambientalistas y de remediación del cambio climático.

En la mente de López Obrador está la tradición de la ignorancia en contra de las luces, como además se reveló en la coyuntura misma en que se ataca a la UNAM y se cuestiona a la Organización Mundial de la Salud, que mereció una respuesta al presidente en boca de Tedros Adhanom, titular de la OMS, quien subrayó que el aval de ese organismo internacional para las vacunas COVID se hace “con base en evidencia científica”. Pero esto último riñe estructuralmente con la forma de pensar del Ejecutivo federal.

Antes que proceder con responsabilidad, López Obrador se atiene a sus convicciones y quiere imponerlas. En el caso de la UNAM no le alcanza para entender que es un centro en el que convergen, en pugna permanente, todas las corrientes de pensamiento, como sucedía en las universidades teológicas de la Edad Media. Pero, a final de cuentas, este pensamiento antiilustrado lo que desea es que haya escuelas de cuadros, y eso está lejos de representar la visión de la UNAM, que puede requerir cambios, convengo, pero no a partir de las miserables críticas del presidente.

¡Qué ingratitud! ¿No recordará López Obrador que obtuvo un alud de votos de alumnos y académicos de la UNAM que vieron en él una alternativa?

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Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.

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