Puente News Collaborative

Una perspectiva: EEUU cerró la frontera. Nosotros logramos mantener nuestra relación binacional.




mayo 3, 2021
Panorama entre Ciudad Juárez y El Paso, Texas, desde el Puente Internacional Paso del Norte. Fotografía: La Verdad

Por Lauren Villagran

En mi refrigerador hay un dulce que no me gusta para nada.

Es un Bubulubu, un malvavisco con fresa cubierto de chocolate. Su envoltura de azul brillante suena crujiente cada vez que muevo las botellas en la puerta del refri – salsa de soya, ketchup, clamato – y me acuerdo de la persona que adora este dulce y que no puede visitar mi casa para saborearlo.

Mi pareja, Omar, quien es mexicano y vive en Juárez, no ha venido a mi casa por un año.

A la medianoche del 21 de marzo, 2020, el gobierno de los Estados Unidos cerró su puerto terrestre a viajeros “no esenciales”, cerrando de golpe la puerta contra decenas de miles de mexicanos que habían pasado la vida cruzando legalmente la frontera.

El duelo colectivo que hemos compartido todos en esta pandemia de un año de largo – la muerte de seres queridos, la pérdida de la normalidad – se ha visto agravado en la región fronteriza con el cierre de la frontera que ha causado la separación de familias.

Tantas familias en El Paso y en Juárez y en Las Cruces son una mezcolanza de nacionalidades y residencias. Estamos acostumbrados a llevar en la cartera nuestros pasaportes, visas laser guardaditas en las billeteras, actas de nacimiento en sobres de plástico, siempre listos a cruzar la frontera entre EE. UU. y México para visitar a familiares y amigos, para ir de compras y para volver a casa.

Para tantos de nosotros, la casa está aquí y allá.

Las restricciones en la frontera eliminaron la mitad de nuestra vida binacional, como la maestra que borra parte de un mapa en la pizarra. Los profesionales de la salud mental dicen que el dolor de aquella pérdida, y la imposibilidad de cambiarlo, tiene nombre.

“Lo que estamos sintiendo es el duelo”, me dijo el doctor Fabrizzio Delgado, psiquiatra del Texas Tech Health Sciences Center de El Paso. El duelo tiene cinco etapas, agregó: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.

“Se describe normalmente como un círculo”, me explicó, “pero a veces tienes la negación y la negociación al mismo tiempo, o la depresión y la ira juntas. No siempre se da como un ciclo”.

Cruzando la frontera de un lado a otro

La noticia llegó con un titular de Reuters el 19 de marzo, 2020: “Se anticipa los EE. UU. anuncie restricciones al tránsito por la frontera con México — fuentes”.

Periodista que soy, le envié a Omar un texto con los dos párrafos de la nota, le dije que Reuters era de fiar, y añadí con pánico – vénganse ya – aconsejándole (no, rogándole) que viniera con su hija tan pronto fuera posible para tener como mínimo un último fin de semana juntos.

El duelo se asentó en cada quien más rápido de lo que pudiéramos reconocer o comprender en ese momento.

Estamos comiendo calmada

Escribió rápido, sin puntuación. Estamos comiendo, decía. Mantente calmada.

En lo que platicábamos, él contempló brevemente no cruzar, negando que algo pudiera cambiar.

Pero después de todo, esa tarde llegó a cenar, e intentamos actuar como si nada pasara. No había ninguna noticia oficial, razonamos. Todo saldría bien, ¿no? Así fuera cierta la noticia de Reuters, no durarían mucho las restricciones. Habíamos sobrevivido ya un año de colas en el puente de la frontera de dos, tres y cuatro horas, ¿verdad?

Nunca antes, en la memoria reciente, se había cerrado la frontera. Ni siquiera después del 11 septiembre 2001.

Nacido en Juárez, Omar cruzaba la frontera a El Paso desde niño. Tenía buenos recuerdos de ver combates de boxeo en televisión de pago con su padre, ahora fallecido, en la casa de un pariente en la parte oeste de la ciudad, de hacer compras en Cielo Vista o en el centro comercial de Sunland Park con su madre o de patinar a McDonald’s para comprarse una hamburguesa y papitas fritas de adolescente. Vio a los Cowboys jugar en Dallas y los Chicago Bulls en Phoenix. Habían viajes en carro a Disney y para ver a la familia en Oklahoma.

Habíamos creado memorias en El Paso, nosotros, también. Una de las primeras veces que salimos, nos reunimos en The Tap, un bar en el centro, donde son legendarios los nachos y las cervezas baratas.

En lo que fuimos conociéndonos, nos encantaba cruzar la frontera de un lado al otro y de retache, de ir – como diría él – por unos “tragos coquetos” en nuestro bar de barrio en Juárez y o hacer caminatas largas en las montañas Franklin de El Paso, de hacer carne asada en casa de su abuelita en Juárez o de cocinar platillos italianos en la mía.

Yo tengo mi vida y mi trabajo en El Paso, mi hija y su escuela, amigos que conozco desde hace 20 años y la oportunidad de escribir para el periódico El Paso Times.

Omar tiene una vida y un trabajo en Juárez, dos hijos cuya crianza comparte con su ex y una familia extensa muy unida y tan obsesionada con el béisbol que tiene su propio equipo en una liga de la ciudad.

Después de la cena, Omar regresó a su casa en Juárez, tal y como haría cualquier día laborable, su alarma puesta para empezar su día a las 5:30 a.m. en una maquiladora, donde administra una cafetería que alimenta a unas 2 mil personas por turno. Ha trabajado para la misma empresa durante 18 años, empezando con lavar platos para llegar ahora a ser el chef.

El día siguiente, a las 2:20 de la tarde, mientras los dos seguíamos trabajando, el director interino del Departamento de Seguridad Nacional envió una declaración oficial por Twitter que parecía invitación a una fiesta, con banderitas de los EE. UU. y de México de trasfondo.

Los puertos de entrada estarían cerrados a viajes “no esenciales” en menos de 10 horas.

El último día normal

El fin de semana anterior, Omar y yo habíamos celebrado nuestro primer aniversario una bella tarde de sábado en el centro de El Paso, bebiendo cerveza (él) y un coctel de mezcal (yo), comentando sobre qué poca gente había afuera en tan lindo día.

Cualquiera que haya tenido un noviazgo intercultural – o transfronterizo – comprendería cómo ese primer año juntos llegó con enormes retos en lo que luchábamos por entender y aprender el uno del otro. Celebrábamos lo que parecía un amor improbable que nos había tomado de sorpresa a los dos.

Nos tomamos una linda foto reflejados en un espejo, él besándome la mejilla.

Sería el último día normal que tendríamos en El Paso.

Ese lunes, 16 de marzo, el periódico El Paso Times instruyó al personal que trabajara desde casa. Después llegó el cierre de la frontera el 21 de marzo. El 23 y el 24 de marzo respectivamente, el estado de Chihuahua y el condado de El Paso emitieron órdenes de permanecer en casa. Para fines de ese mes, la maquiladora donde trabaja Omar cerró operaciones indefinidamente.

Como todos los demás viviendo en hogares por separado en ese momento, nuestra relación se redujo a videollamadas y mensajes de texto.

Nos armamos de valor. Teníamos esperanza que esto, también, pasaría.

Unas tres semanas dentro de la cuarentena, le envié una foto de una michelada que estaba disfrutando, con sal y tajín al borde del vaso – como nos gusta – con una notita “A tu salud, mi amor”. A su vez, él tomó una foto de chicharrón en salsa verde que hervía en su sartén, con la nota “wacha” – argot fronterizo.

Pero en lo que continuaban pasando las semanas, el duelo nos rasguñó el valor con el que nos habíamos armado, cual perro contra puerta cerrada.

Una vez que me di cuenta que yo podía cruzar la frontera como ciudadana de los EE. UU. y trabajadora esencial – qué inmenso privilegio – comencé a reportar la mitad de la semana desde Juárez. Fue una manera de combinar los hogares y pasar tiempo juntos, pero mi propia libertad de movimiento debe haber agudizado las terribles limitaciones sobre él.

Se asentó el ciclo del duelo.

Yo pasé directamente de negación a negociación: ¡Mira el lado bueno! ¡Voy a aprender a manejar en Juárez! Omar pasó directamente de negación a ira: Se enojaba por cosas que jamás le hubieran molestado antes. Estos sentimientos se derrumbaron, para ambos, en depresión – un patrón que se nos hace visible sólo ahora que nos hemos distanciado del momento.

“Es como cuando alguien se muere. No hay nada que puedas hacer al respecto”, me comentó un día el juez del condado de El Paso, Ricardo Samaniego, anterior director de servicios de salud mental en la región fronteriza. “El gobierno de los EE. UU. dice que está cerrada la frontera. Puede haber buenas o malas razones. Es irrelevante. Quien sufra las consecuencias no tiene ningún poder ante esta situación”.

Mi pareja no tenía ninguna posibilidad de cruzar. Y yo no tenía ningún poder para hacer algo al respecto.

Delgado, el psiquiatra, explicó más: “Cuando la frontera estaba cerrada una semana, había esperanza que la siguiente se volvería a abrir.

“Ahora, suben o bajan los casos de COVID-19. El presidente cambia. Sigue cerrada la frontera. Hay más vacunas. Sigue cerrada la frontera. Lo que ocurre entonces es ‘impotencia aprendida’. Es una respuesta psicológica”.

Si algo hemos aprendido este último año, es lo muy importantes que son nuestras relaciones más cercanas a nuestra salud mental y emocional – y cómo una videollamada no es sustituta para un cálido abrazo, ni el estar presentes el uno para el otro de forma tangible.

Mi situación no es única

Yo conozco a personas cuyos matrimonios y relaciones atraviesan la frontera, o cuya vida laboral está de un lado y la familia del otro, cuyos padres ancianos están por el sur y cuyos hijos crecientes están en el norte. Las combinaciones podrán ser diversas, pero para los que tienen una vida que atraviesa la frontera, el duelo y la frustración son casi universales.

Texas, Chihuahua y muchos otros estados de los EE. UU. y de México están abiertos ahora para el comercio. Todos los días, casi 3 millones de personas en los Estados Unidos reciben una inyección en el brazo. Por todo el país, las personas finalmente sienten la esperanza de pronto volver a su vida normal.

Pero a un año del inicio de las restricciones de la frontera, la Casa Blanca no ha ofrecido pautas para guiarnos, aquí en la frontera, sobre cuándo se irán a levantar las restricciones, y cuándo recuperaremos nuestras vidas binacionales.

Mi pareja y yo hemos encontrado nuestro ritmo, incluso con felicidad. He aprendido a manejar en Juárez, y me parece que él se siente orgulloso de mi. Jugamos softball en un equipo mixto y llevamos a nuestros hijos al parque los fines de semana.

Pero ninguno de los dos hemos llegado a la aceptación.

Puede que aceptemos que las cosas están como están por ahora – ni modo – pero no que se queden así. ¿Cómo podríamos?

La aceptación implicaría perder la esperanza.

Entonces, allí se queda el dulce Bubulubu en mi refri, esperándolo.

Comuníquese con Lauren Villagran en lvillagran@elpasotimes.com.

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Esta contenido fue producida como parte de Puente News Collaborative, una asociación binacional de organizaciones de noticias en Ciudad Juárez y El Paso, de la que forma parte La Verdad

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