Opinión

Espacios y memorias




septiembre 10, 2021

La apropiación de los espacios consignados como públicos -que mujeres y niñas no pueden habitar libremente y con seguridad- es una de las grandes lecciones de colectivas feministas. Las mujeres parecieran tener más claro que nunca la correlación entre el espacio y la memoria, y la potencia de quebrantar lo establecido como privado y público

Celia Guerrero / Twitter: @celiawarrior

Un grupo de mujeres integrantes del Colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla se reúnen en un espacio público, el kiosco del Paseo Bravo, un domingo al medio día. Bordan sobre telas blancas nombres, fechas, lugares, como si diseñaran mapas con los cuales se disponen a buscar tesoros. Repasan puntada a puntada, en un ritual colectivo, la ausencia del ser más querido o la de un desconocido. A la par, prestan su escucha atenta a la historia de una de ellas, otra madre a la que no conocen, pero saben que también busca. 

Las mamás del colectivo me recuerdan el ambiente doméstico de mi infancia, cuando por la tardes las mujeres de la familia se reunían para mirar una telenovela y reaccionaban frente al dramatismo que sucedía detrás de la pantalla. Pero aquí las buscadoras están ocupando un espacio abierto, un lugar que no pertenece a lo privado, y reaccionan en un exterior que se funde con un interior. Si les indigna, sorprende o exalta lo que escuchan, hacen un comentario en voz alta de la misma manera en la que mi abuela y mis tías parecían dialogar con los personajes de las telenovelas.

Así reconfiguran lo que consideramos como público, un kiosco, un parque, un lugar de transeúntes, como un espacio propio. De esa manera nos dicen que la ropa sucia se lava aquí, al aire libre, en la casa de todos, porque nos hemos engañado al pensar que su duelo no es también nuestro.

La potencia en una actividad de este tipo radica en que no solo se trata de una protesta, una muestra artística o una reunión organizativa o de convivencia, sino que es una contra-narrativa a los discursos del poder.

La apropiación de los espacios consignados como públicos, pero en los que mujeres y niñas no pueden habitar libremente y con seguridad, es también una de las grandes lecciones de colectivas feministas. Las acciones de protesta que desdibujan el límite entre lo que se considera ‘lo privado’ y ‘lo público’ son cada vez más comunes: los murales dedicados a la memoria de víctimas de violencia feminicida y los tendederos de denuncias de violencias machistas en universidad, son tan solo algunos ejemplos. En ambos casos, espacio, denuncia, protesta y memoria son conceptos que se funden.

No hace mucho tiempo una estudiante de arquitectura de la UNAM realizó un ejercicio estadístico que reveló que el 92 por ciento de las calles y avenidas de la Ciudad de México llevaban nombres de varones. También recientemente hemos visto varias iniciativas ciudadanas de protesta en las que las nomenclaturas de las calles han sido cambiadas por nombres de víctimas de la violencia o de mujeres ilustres.

Por supuesto, resulta distinto que un gobierno plantee cambiar nombres de calles o estatuas con propósitos propagandistas disfrazados de rescate de la memoria histórica y revalidación de la diversidad cultural.

Tanto víctimas como ciudadanía en general han ejercido el uso de los espacios para la memoria colectiva y es fundamental distinguir estas iniciativas de las que nacen de espacios de poder. 

También el movimiento de mujeres en el país se han caracterizado por su creatividad y capacidad de resignificación, como cuando se pintaron los nombres de mujeres víctimas de violencia en el muro que el gobierno federal instaló días antes de la protesta de 8 de marzo. 

Las mujeres parecieran tener más claro que nunca la correlación entre el espacio y la memoria, así como la potencia en la que deriva quebrantar lo establecido como privado y público.

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