Opinión

Es la calle, estúpidos




abril 18, 2022

El bloque opositor y sus aliados llegarán muy mermados, ciertamente, a 2024 –si todos los pronósticos se cumplen–. Pero echarán toda la carne al asador antes de que se agoten las brazas que todavía brillan. Y el lopezobradorismo, a su vez, perderá a su gran activo ese año: el Presidente López Obrador

Alejandro Páez Varela

Uno de los mayores peligros después de un tsunami, dicen las autoridades en la materia, es la desorientación. Al terremoto le siguen olas de masa de agua que van tierra adentro y cambian todo. Y aunque se retiran, contaminan de sal los mantos dulces. Una mezcolanza que daña plantas y especies. Cuando alguien abre los ojos después de la hecatombe, el horizonte no es el mismo y eso trae confusión.

Algo así pasó en México después de las elecciones de 2018, cuando una fuerza emergente emanó de lo más profundo y brincó todas las barreras hasta arañar, y luego cubrir, las crestas. PRI, PAN y PRD bajaron de las palmeras y, remojados, trataron de sobreponerse. En la confusión tomaron de un mismo vaso el agua dulce-salada. Cuando despertaron había cambiado el horizonte y se ayudaron a mantenerse de pie, desorientados.

Quizás un día antes del tsunami simularon que se habían ofendido: todo estaba perdonado. Quizás un día antes hicieron como si se hicieran de palabras: se abrazaron. Y a la sorpresa les vino el espanto: todo, o casi todo se había perdido y no veían la forma de recuperarlo.

El tsunami que los unió se llama Andrés Manuel López Obrador. Es el mismo que borró las líneas de su horizonte y los llevó a tomar agua dulce-salada porque cuando alguien abre los ojos después de la hecatombe está desorientado. Apabullado.

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2022. Lo que México está viviendo no es menor. Atestiguamos un reajuste de fuerzas, pero todavía no sabemos qué tan profundo será. La primera noticia después del tsunami es que se han formado dos grandes bloques que se disputan la Nación; la segunda es que un tsunami no siempre mata: apenas ataranta, y esto último permite advertir que ni el Presidente, ni su partido, ni las fuerzas de oposición y sus grupos de intelectuales o académicos podrían decir qué tan profundo es el cambio.

Hay un reajuste en el orden de las fuerzas políticas y esos dos grandes bloques pelean palmo a palmo los espacios públicos. ¿Quién va ganando? Difícil decirlo. El bloque PRI-PAN lleva muchos años gobernando y ocupa espacios insospechados. Los grandes medios apenas se han movido en los casi cuatro años de lopezobradorismo: mismos rostros, mismas firmas, mismo todo. Los medios públicos siguen con la misma formación que dejaron Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, y eso da una idea de cómo un tsunami no siempre mata y a veces nada más ataranta. En la academia igual, en las universidades lo mismo; poco o nada ha cambiado. El sector empresarial sigue siendo exactamente el que ideó e impulsó Carlos Salinas de Gortari (los 10 súper ricos de México le deben todo a él) y hay dos grupos intelectuales prominentes desde el salinismo, unidos ahora con el bloque opositor, pero no se ha conformado, visiblemente, un tercero.

¿Y eso es normal? Es decir, ¿podría considerarse normal que cuatro años después del tsunami los medios públicos y privados, el sector empresarial, los grupos intelectuales, la academia, las universidades y otros sectores apenas se hayan transformado? Sí, en la teoría es normal. Todo cambio social requiere años para consolidarse. Pero eso no significa que no sea peligroso para el movimiento de izquierda.

Esos que tomaron la mezcla de agua dulce y salada en los primeros días; esos que amanecieron desorientados y no reconocían su propio horizonte; esos que bajaron de las palmeras en cuando cedieron las olas y se abrazaron en la confusión, ahora se han despabilado. Y van a echar toda la carne al asador en los siguientes dos años porque saben que un segundo sexenio de izquierda son muchos años.

Hoy están en condiciones para dar la batalla. Tienen dinero –legal e ilegal– de los grandes empresarios; tienen la justificación ideológica que les extendieron los grupos intelectuales que vienen del salinismo; tienen la academia, las universidades y tienen a casi toda la prensa de su lado, incluyendo los medios públicos. Tienen, pues, un músculo fuerte que no debería ser menospreciado.

Pero la derecha mexicana (PRI-PAN-PRD) no necesariamente conserva la calle. Y como veremos a continuación, la calle, hoy, sí importa.

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En 2018, José Antonio Meade se convirtió en el candidato presidencial que menos votos proporcionales tuvo en toda la historia del PRI. El récord lo tenía Roberto Madrazo, con 22.26 por ciento de la votación general de 2006. Antes de él, en 2000, Francisco Labastida Ochoa entregó el poder a una fuerza distinta con 36.11 por ciento de los sufragios y Enrique Peña Nieto recuperó la Presidencia con 38.21 por ciento. Pero Meade se fue a lo hondo: 16.40 por ciento. El PRI no obtuvo ni la mitad de la anterior contienda.

La fallida campaña de Meade impactó, por supuesto, en la disputa por el Poder Legislativo. De 203 diputados que tenía Peña en su segunda mitad, se fue hasta 47 en 2018. Y en el Senado, lo mismo: de 61 representantes que tenía el partido oficial en 2012 pasó 14 en aquellas presidenciales. Una tragedia completa que, sin embargo, no se detendría allí.

Ya con Alejandro Moreno Cárdenas al frente del partido –asumió en 2019–, el PRI se hundió a niveles nunca vistos desde su fundación. De 12 gubernaturas que tenía, para 2021 conservaba apenas cuatro: Oaxaca, Estado de México, Hidalgo y Coahuila. Perdió Colima, Campeche, Baja California Sur, Zacatecas, Tlaxcala, Sonora, Sinaloa y San Luis Potosí.

Pero la tragedia priista está en curso: todas las encuestas indican que en 2022 perderá Oaxaca e Hidalgo y se quedará sólo con dos bastiones: Edomex y Coahuila, que se juegan en 2023. Si tiene suerte y los panistas ayudan, con esos dos estados en su poder llegará a 2024. Honestamente lo dudo. En al menos en una de esas dos candidaturas tendrá que aceptar a un extraño del PAN. Es sí o sí. El PAN es la madre de la oposición en estos días. Al PRI no le quedará otra que aguantar y darle cuotas de poder aunque se quede en cueros.

Si uno revisa las fotos de Alejandro Moreno en las campañas de 2021 y 2022 podría pensar que se trata del viaje triunfal de un hombre de éxito: va de un lado a otro del país levantándole la mano a sus candidatos. Pero no siempre son sus candidatos. La mayoría de esos a los que le levanta la mano son miembros de otra fuerza política, que sus antepasados denunciaron como perniciosa: el PAN.

Atrás de él, en las selfies, se ven más banderolas de panistas que priistas. Él sonriente. Y es curioso que se le vea tan sonriente. Como si fuera el único mexicano que no entiende que todos esos sombreros con los que hace caravana no le pertenecen y quizás nunca recupere los que sí eran suyos. Porque fueron suyos y los perdió en tiempo récord.

Para el año que entra deberá conocer la letra del himno del PAN o se verá demasiado raro con la boca cerrada mientras todo su entorno, blanquiazul, lo canta.

Y a eso me refiero con no necesariamente conservar la calle. Y el PRI ha perdido algo más que la calle.

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El caso del PAN es menos dramático. El partido de la derecha en México se ha deslizado en un tobogán desde que los empresarios acomodaron a Vicente Fox en la Presidencia, pero ha tenido forma de recuperarse y ahora con más ganas: se sirve de PRI y PRD para avanzar. Pero es, y no quepa la duda, madre de la alianza opositora. El padre es una fracción del sector empresarial que es profundamente anti López Obrador, viene desde Carlos Salinas de Gortari y está representado en la alianza por Claudio X. González. Y el resto de la familia opositora se distribuye entre casas editoriales y medios, la academia y los dos grandes grupos intelectuales.

Los números dicen cosas. En 2000, el PAN obtuvo 60 senadores; para 2006 eran 52 y en 2012, apenas 38. Con el tsunami de 2018 le quedaron 23. Esa es la evolución en el Senado de la República.

En la Cámara de Diputados, cuando Vicente Fox ganó la Presidencia se quedó con una inédita fuerza de 221 espacios; en la intermedia de 2003 bajó a 151 y con el fraude de 2006 subió a 206, aunque en la intermedia de 2009, con Felipe Calderón en Los Pinos, bajó a 143. Luego, en 2012, volvió a bajar hasta 114 y en 2015 se quedó con 109 diputados: el menor número del nuevo milenio.

Seguiría más. Para 2018, con el tsunami, el PAN se regresó hasta 1991, con 81 diputados. En 2021 volvió a subir a 114 gracias a su alianza estratégica con PRI y PRD. Este último dato es importante: es Acción Nacional el que consolida para sí la fuerza opositora porque es el que gana claramente de ella.

Mientras el PRI se hundía en un abismo que nunca antes vio –y el PRD casi desaparecía–, en la intermedia de ese año los panistas retuvieron dos gubernaturas: Chihuahua y Querétaro. Incluso resurgieron en la capital mexicana, donde una combinación de fuerzas reaccionarias (incluyendo dentro de Morena) operaron en contra. Pero el PAN no ha dejaron de perder en estos años, aunque tenga victorias temporales. En 2021 perdió dos gubernaturas: Nayarit y Baja California Sur. Y todas las encuestas dicen que la sangría de votantes (perder la calle) continúe en 2022, cuando se juegan seis gubernaturas.

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¿Qué sigue? Una réplica del sismo que causó el tsunami de 2018. Y es difícil saber cuál será el resultado. Viene el pleito por la calle, que es el verdadero y único sostén de la izquierda mexicana.

PRI y PAN tuvieron sus propios candidatos presidenciales en 2018; ahora irán con uno solo. Varios oligarcas mexicanos se excusaron en las elecciones en las que ganó López Obrador; ahora le entrarán con toda la fuerza. Los grupos intelectuales que vienen del salinismo estaban fragmentados, los círculos académicos también: ahora bailan y se dan la mano sin importarles la facha, como dice el clásico. La mayoría de la prensa sabe que su supervivencia depende de la derrota de la izquierda: se unirá en el objetivo único de golpear al Presidente que es, sin más, golpear a su movimiento.

Su principal herramienta será la comunicación, y es lógico que así sea. Intentarán un 2006: grandes campañas para denostar a López Obrador y a su partido; buscarán pegarle a todo el equipo en el Gobierno federal, en los estados y municipios y pondrán especial atención en los presidenciables. Tienen un brazo en el INE y en el Tribunal Electoral: lo usarán.

Pero la calle es la calle y vienen dos elecciones difíciles para la oposición: 2022 y 2023. Y la derecha mexicana (PRI-PAN-PRD) no necesariamente conserva la calle, según casi todas las encuestas.

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A manera de colofón: ayer vimos dos bloques bien definidos en la Cámara de Diputados y en las calles aledañas. La lección de una democracia es que a veces se gana y a veces se pierde, y eso no define, necesariamente, el destino. Ni para la izquierda ni para la derecha.

El bloque opositor y sus aliados llegarán muy mermados, ciertamente, a 2024 –si todos los pronósticos se cumplen–. Pero echarán toda la carne al asador antes de que se agoten las brazas que todavía brillan. Y el lopezobradorismo, a su vez, perderá a su gran activo ese año: el Presidente López Obrador. Entonces, dice la víspera, la disputa por la Nación será a muerte.

La clave es la calle. Y allí el PRI ha perdido casi todo, el PAN apenas se mantiene y el PRD es un paria. Mientras, la izquierda parece haber logrado su despertar y se apoya en ella.

Porque es la calles, estúpidos. Si la oposición tarda en entenderlo seguirá hundiéndose (Twitter, por cierto, no es la calle). Pero si la izquierda se descuida, porque tiene a todos en contra –gran parte de los medios, los grupos intelectuales y de la academia, los empresarios– pueden arrebatarle porciones, como lo hicieron en la capital en 2021.

Tal cual: atestiguamos un reajuste de fuerzas, pero todavía no sabemos qué tan profundo será. Vivimos días cruciales. Por fortuna millones están más informados y observan, detenidamente observan y calculan porque saben que, como nunca antes, tienen la última palabra.

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Alejandro Páez Varela. Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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