Opinión

A una década de la inauguración de la X, o la Plaza de la Mexicanidad. Primera parte




mayo 25, 2023

¿Qué representa la escultura en forma de X? ¿Es geometría emocional o una simple letra? ¿Arte público, corporativo o decorativo, o simplemente un hecho político? ¿La obra cultural que deseaban los juarenses o un proyecto al gusto y medida de políticos y empresarios?  

Por Leobardo Alvarado

Este 23 de mayo se cumplió una décadad de que se inauguró la X, obra escultórica de Sebastián (Camargo, Chihuahua, 1947) junto con la plaza de la mexicanidad. La historia de su construcción fue un proceso plagado de cuestionamientos y requirió dos periodos de gobierno del también dos veces alcalde Héctor Murguía Lardizabal, alias, El Teto (2004-2007 y 2010-2013, PRI). En esta primera aportación, traigo a colación un ensayo que escribí con el doctor Héctor Antonio Padilla Delgado, precisamente hace diez años. Había entonces dos posturas en la polémica alrededor de la obra. Por un lado quienes la defendían argumentando la necesidad de un elemento identitario para la ciudad bajo la idea de mejorar la imagen de Juárez. De hecho, la promoción la hicieron bajo el lema “De Juárez para el mundo”. Por otro lado, la oposición colectiva quienes la calificaron con diferentes adjetivos, y pero quienes a pesar del enojo social, no fueron capaces de impedir su imposición. Nosotros recogimos una expresión sobre aquella discusión y así nombramos lo que escribimos. 

Lo describimos de la siguiente manera: “Para nosotros, la espantosa X es una manera de nombrar un acto del poder político cristalizado en un hecho espacial. La escultura y la plaza son una obraconstruida para ocultar la hiriente realidad social de nuestra ciudad”. Sin embargo también concluímos que muchos habitantes permanecían enojados con esa obra y la rechazaban. Pero que lo que hicieran unos y otros “decidirá el futuro de esa obra”.

 Precisamos: “Ojalá que juntos la tomen en sus manos; que paseando o no por bajo de la sombra de esa inmensa X, su mirada atraviese su dura y gruesa superficie y concluyan todos que esta ciudad necesita ciudadanos”. Presentamos en aquella ocasión unas preguntas que vale la pena volver a ellas a la vuelta de diez años, y a la que habría que sumar otras tantas, sobre todo a partir de como decíamos entonces: la X es una realidad. Qué sucede con ese espacio público, qué uso le da la gente o cómo se lo apropia. Es claro que no se ha derrumbado y la gente no le ha hecho daño. Muchas cosas han pasado en esta ciudad, y sigue siendo pertinente preguntarse si la X la ha resignificado la población: Porque un hecho es cierto, y acaso está en su origen, la Plaza de la Mexicanidad es un espacio la mayoría de las veces utilizado en función de lo privado y la X, en tanto monumento creado por Sebastiàn, sirve para legitimar tales intereses. 

A continuación el ensayo:

¿Una espantosa X? 

Héctor Padilla y Leobardo Alvarado 

Desde que se diera a conocer el proyecto e iniciara su construcción, muchos juarenses inmediatamente le empezaron a llamar “la espantosa equis” recordando la frase que popularizó décadas atrás el cómico Javier López “Chávelo” para referirse al símbolo gráfico (X, la fea “tacha”) con que muchos profesores marcan las respuestas incorrectas en un examen escrito. 

Otros la llaman “la equis de Juárez”, “la equis de México” o simplemente “la equis”. Estos son algunos de los nombres que ha recibido la monumental escultura con forma de X, estilizada al modo prehispánico y diseñada por el escultor Sebastián, que forma parte del vasto espacio público recién inaugurado en mayo de 2013 por las autoridades municipales con el nombre oficial de “Plaza de la Mexicanidad”.  

Ubicada en el extremo oriental de la zona del Chamizal, casi colindante con la línea fronteriza, es imposible que pase desapercibida por quienes transitan por el Rivereño en el lado mexicano, o la carretera César Chávez, por el lado norteamericano. La única edificación cercana que le compite en altura, y tampoco pasa desapercibida, es el enorme depósito de agua de la planta tratadora de aguas que existe desde hace décadas al lado del centro de espectáculos “El Coliseo” de El Paso. El impacto visual de la X pintada de un vivo color rojo es ineludible. Y quien pasa por allí, no puede dejar de sentir un cambio radical en ese espacio. Sabemos que algo cambió, aunque no podamos determinar si es para bien o para mal, y tampoco sepamos si las arrugas que se le observan en la superficie, son un efecto previsto por el diseño de la escultura o un error provocado por la mala calidad de los materiales con que fue construida. Y si suponemos esto último, legítimamente nos preguntamos qué hay debajo de esa superficie mal lograda, qué deja ver esa superficie celulítica del trasfondo social sobre el que se erige el pretendido nuevo “ícono” de la ciudad.  

Pero la espantosa equis (de Juárez o de México), es algo más que un nombre que la describe, califica o descalifica (tacha, reprueba). Constituye una expresión de la polémica que suele suceder con la mayoría de las obras (de arte) públicas, así como del largo debate local en torno a la actuación de la clase gobernante y empresarial juarense en la definición de los asuntos y contenidos de la agenda pública en nuestra ciudad. De un lado, reanimó los cuestionamientos sobre las prioridades de la política cultural hechos por artistas e intelectuales locales desde principios de los años noventa, a los que se sumaron nuevas voces de estudiantes, profesores y la población en general. Del otro, las autoridades, junto con empresarios y algunos medios de comunicación, la defendieron argumentando que contribuirá al fortalecimiento de la convivencia e identidad de los juarenses.

Para nosotros, la espantosa X es una manera de nombrar un acto del poder político cristalizado en un hecho espacial. La escultura y la plaza son un obraconstruida para ocultar la hiriente realidad social de nuestra ciudad, que paradójicamente la revela con toda crudeza, al exhibir los burdos esfuerzos gubernamentales por legitimar el Estado de Excepción impuesto a los juarenses desde hace años, con el pretexto del combate a la violencia, mediante el montaje de una política de imagen y negación que trata de convencer (nos) que Ciudad Juárez no es lo que exhiben las noticias sobre su diario acontecer, ni lo que se dice sobre el feminicidio o la desaparición de mujeres; o la ciudad donde fueron asesinadas más de 10 mil personas en cuatro años, la mayoría jóvenes. No es ingenuo que el slogan bajo el que se le promueve es “De Juárez para el mundo”. 

La política de la imagen y la negación no es nueva. Durante la década 2000-2010, las autoridades sistemáticamente han sostenido que la imagen de Ciudad Juárez en el contexto internacional no corresponde con la realidad. Han expresado que los asesinatos de mujeres son normales para una ciudad como la nuestra; que la violencia extrema que experimentamos era una “situación atípica”; que hay quienes conspiran contra la ciudad y los males vienen de fuera, pues los auténticos y/o verdaderos juarenses somos personas de bien, “muy echados para adelante”. Con esta finalidad han emprendido campañas y proyectos para remendar la percepción social de la ciudad, como si se tratara de un escaparate al que hay que reponer el vidrio estrellado. Dos ejemplos estas campañas son “Amor por Juárez”, que pasó sin pena ni gloria, y más recientemente “Juárez competitiva”, que terminó con un fracaso rotundo y sumida en acusaciones de fraude, luego de presentar con un gran despliegue propagandístico “estrellas” del arte y la política internacional. 

Ahora con la X y la plaza que la alberga, funcionarios, comunicadores de los medios, empresarios y personas a favor de la obra, han dicho que se hará posible la convivencia de la ciudadanía; se permitirá la presentación de artistas de renombre con la asistencia de hasta 140 mil personas y se atraerá la mirada del mundo sobre Juárez de una manera positiva, como ocurre en otras ciudades cuyos monumentos captan la mirada del turismo sobre el lugar donde se ubican. También, se ha dicho que se pretende la escultura monumental sea todo un referente simbólico de México en esta frontera y que tendrá un impacto muy positivo para la frontera, pues dará a conocer lo que es Juárez, donde los ciudadanos salen a sus calles, las toman y las viven. En suma, que la X ha sido lo mejor que le ha pasado a Juárez en mucho tiempo. Quizás haya que darles el beneficio de la duda, puesto que la escultura ha sido ya retomada por artistas locales como un referente simbólico, al estilo de íconos de otras ciudades. 

 En ese tenor, la política de la imagen y la negación, recurrió a un formato de inauguración de la X con símbolos de una ciudad que no se tiene y aspira tener: se contrató varias “artistas de renombre” de música clásica e instrumental y ofreció un concierto con la invitación presuntuosa “De Juárez para el mundo”; se hizo coincidir la inauguración con la fecha en que se llevó a cabo una Reunión Binacional de Alcaldes Fronterizos; y se montó una campaña propagandística  que inundó a la ciudad para asegurar el montaje de un espectáculo masivo, que incluyó  el uso de los mecanismos de acarreo, tradicionales en los eventos políticos.  Se trató de un evento donde esos elementos, junto con la gran dimensión y el color rojo intenso de la escultura, nos hicieron reflexionar si acaso no estábamos presenciando una expresión o botón muestra de un fenómeno que bien podríamos definir como “fascismo cultural”.  

Lo que si nos fue evidente, es que la X constituye una escultura que sirve a un fin político. Su finalidad más directa ha sido celebrar el acto de poder que la hizo construir, porque en principio demuestra que sus promotores pudieron hacerlo. Es decir, que no tuvieron frente a si una fuerza o voluntad social (la sociedad civil) que se le opusiera. Y esto nos recuerda la expresión de Dubati, quien sostiene que “todo acto poético es político”, en tanto la política es una dimensión de la vida y en ella el arte que expresa un significado y surge de un acto de poder. Consecuentemente, la X en tanto acto político, tuvo un recibimiento social que despertó múltiples comentarios que interpelan a lo que centralmente define al poder: la capacidad de distribuir los valores y los recursos colectivos de una sociedad.  

Es así que entre las críticas, comentarios y rumores que circularon en los medios, el Facebook, correos electrónicos y corrillos de pasillo, se dijo que: los más de cien millones de pesos que costó la X, pudieron haberse destinado a otros problemas, como atenuar las carencias en los centros comunitarios que operan en condiciones raquíticas o mejorar la pésima calidad de la infraestructura e imagen urbana; y que las necesidades culturales de la ciudad son muchas y de gran diversidad y complejidad, por lo que antes que una escultura, deberían darse más recursos al área de difusión cultural, que desde siempre ha operado con un bajo presupuesto, mientras que los espacios culturales tradicionalmente permanecen mal equipados, en deterioro y sin recursos para apoyar a los grupos artísticos de la ciudad. En este caso, además, se instaló una infraestructura que técnica y económicamente será muy costoso mantener en buen estado. 

También se cuestionó el origen elitista y empresarial de la X, ya que ésta se propuso primero para ser construida en la ciudad de Mexicali, por miembros de la familia Cabada, dueña del canal 44 y de otra estación televisiva en esa ciudad. Pero como la propuesta allí no prosperó, se presentó a Ciudad Juárez. Asimismo, una vez concluida, algunos rasgos de la obra suscitaron sospechas sobre el mal manejo de los recursos. Hubo rumores de que la pintura utilizada, además de ser de mala calidad, fue adquirida con un precio inflado a la empresa propiedad del alcalde Héctor “Teto” Murguía. Se cree que las arrugas visibles en la superficie de la escultura, aparecieron porque no se utilizaron láminas de acero del calibre o grosor adecuado y se arquearon con el calor de la soldadura. Se preguntó por qué no se construyó un museo de sitio subterráneo que supuestamente aparecía en el proyecto original, y en lugar de ello, se erigió un teatro al aire libre. Se puso en duda la viabilidad de instalar un restaurante en la parte central de la escultura, ya que ello requeriría un elevador muy costoso y un sistema de clima artificial muy potente, capaz de controlar el calor o frio extremos que puede generarse al interior de una construcción de acero. Finalmente, también se rumoró que el costo de toda la obra, incluyendo la inauguración, próximos a los 180 millones de pesos, mucho más de los 102 millones que informan las autoridades. 

A lo anterior, hacemos notar que el evento de inauguración fue proselitista y clientelar, por haberlo hecho coincidir con el encuentro de alcaldes fronterizos y sobre todo en un momento muy próximo a la realización de las elecciones. De igual manera, ponemos en duda por desproporcionada, la estimación oficial sobre la cantidad de personas acudió a la inauguración, pues calculamos que es muy difícil, sino es que imposible, colocar sentadas en sillas y graderías que se instalaron, a más de 36 mil personas en los 6 mil metros de la plaza, suponiendo que caben seis personas por metro cuadrado. Si esta cantidad la duplicamos sumando al espacio de la plaza el área de las vialidades aledañas, la cifra si acaso alcanza el doble, es decir 72 mil personas, no las 100 o hasta 125 mil que informaron las autoridades. El manejo de tales cifras, como se aprecia a todas luces exageradas, tiene sentido desde la lógica política con que han actuado las autoridades.  

Pero si bien “todo acto poético es político”, no puede afirmarse lo contrario y sostener que “todo acto político es poético” o que “constituye un hecho cultural”.  En este sentido, las opiniones se dividen en torno a si la X puede considerarse o no una auténtica “obra de arte”, ya que unos insisten en que se trata de un ejemplo de “arte corporativo”, mientras otros la definen como un mero artefacto urbanístico decorativo. Se cuestiona también el rol cívico del artista, que no puede desconocer las circunstancias y el contexto en que se coloca su obra. En tal sentido, si la obra es producto del desplante de un poder sordo, que no escucha, y niega una realidad, el artista participa de esa sordera y negación. Ha tomado partido. Otros critican el propósito de la obra expresado por las autoridades, de que contribuirá al fortalecimiento de la convivencia e identidad de los juarenses. Dudan que la X pueda reflejar o fortalecer dicha la identidad, porque se trata de un símbolo pobre, que difícilmente puede tener la densidad de contenido que le adjudica su autor: geometría emocional y letra cargada de historia, con el color rojo de la sangre derramada. La X, en ese sentido, simplemente refleja lo que es (una letra), y no lo que dice su autor.  

Por supuesto, a una obra se le pueden adjudicar muchas interpretaciones, y no podríamos descartar, que en el futuro más que la mexicanidad, el monumento a la X sea el principal referente del trágico periodo histórico que hemos experimentado los juarenses y el país entero. La X podría ser una enorme cruz que exhiba el nombre de todas las víctimas de la violencia criminal y el autoritarismo que le permitió crecer. Por ello, a las objeciones antes expuestas, aquí añadimos que la asignación del nombre de la plaza (de la Mexicanidad) constituye un discurso nacionalista e identitario anacrónico y reaccionario, que al enfatizar lo que nos une (una inaprensible “esencia” mexicana y juarense), esconde y disimula lo que nos separa (la violencia y la desigualdad social palpables) y por consecuencia representa un discurso que legitima y sostiene al status quo.  

Consideramos también que resulta irónico que, pretendiendo el discurso de la mexicanidad, el monumento se construye justamente en un lugar de vasta densidad simbólica como es el Chamizal, único territorio mexicano recuperado a Estados Unidos, que cercenó al país hace más de siglo y medio. Un espacio donde se ubica el que fuera por muchas décadas, junto con el monumento a Benito Juárez, el espacio escultórico icónico de la ciudad: el monumento a El Chamizal, unas torres que representan la modernidad a que aspiraba el país y la ciudad en los años sesenta, en cuyo centro aparece el rostro de Benito Juárez con un mensaje dirigido al vecino norteamericano recordándole: “la ley es mi espada y escudo”. 

El Chamizal, el más vasto espacio público y área verde de la ciudad, está densamente poblado de monumentos y mensajes. Algunos con un claro contenido nacionalista, como el monumento a los Niños Héroes y la Mega Bandera inaugurada en el periodo de gobierno de Ernesto Zedillo. Otros donde se reconoce la vida fronteriza y la tolerancia multinacional, como el monumento a las Ciudades Hermanas y la Plaza de las Américas (a un lado de la oficina de información turística, donde también se exhibe una escultura de la artista juarense Mago Gándara). Y otros más con discursos varios, como la escultura de caballos “Los indomables” puesta por una administración panista, que en su momento algunos interpretaron como una referencia al espíritu de los llamados “barbaros del norte”, los panistas. También, en las instalaciones de la aduana, se colocó el mensaje No more weapons. Elaborada por ingenieros militares con material de armas decomisadas al “crimen organizado”, fue inaugurada por el presidente Felipe Calderón, para pedir tímida e hipócritamente a Estados Unidos controlar el tráfico de armas a México.  

Pero hay otra ironía más. En Ciudad Juárez hay un ímpetu por construir y destruir símbolos. Por ello resulta contradictorio que las autoridades quieran dotarnos una vez más de un gran icono, la X, cuando ya la ciudad tiene muchos y se les ha destruido o está destruyendo. Por donde quiera que se vea hay devastación. En el pasado reciente se derrumbó gran parte de lo que fuera el PRONAF, y de ello sólo quedaron algunos vestigios. El Museo de Arte e Historia, el edificio del FONART y la vieja Sala de Espectáculos del INBA, ésta última convertida en centro comunitario, pero sin que sepa si realmente funciona, y además arquitectónicamente cercada y aplastada por un centro comercial.

Actualmente el Plan de Movilidad impulsado por el gobierno municipal, pone en riesgo, entre otros, por lo menos tres edificios icónicos de la ciudad: la Misión de Guadalupe, la Catedral y el edificio de la vieja Presidencia Municipal, donde opera el Centro Municipal de las Artes. Y qué decir del multicitado y desconocido Plan de Recuperación del Centro Histórico, que junto con la destrucción de las fachadas y estructuras de las viejas edificaciones, lleva a cabo lo que bien pudiéramos denominar urbanicidio o historicidio, que intenta borrar la historia de la ciudad y desalojar del centro a las clases populares, sus tradicionales ocupantes.  

En suma, cabe preguntarse por esta necesidad de crear más símbolos y si acaso alguno de estos podría en efecto cambiar la percepción que se tiene en el contexto internacional acerca de nuestra ciudad.  Será posible que, si alguien llega a esta ciudad, nos recuerde por la X y no por lo con ésta se quiere ocultar; que si un juarense viaja al extranjero dejarán de pedirle hablar sobre la violencia y el feminicidio, los temas que desde hace tiempo nos son incomodos pero que no se resuelven en esta ciudad sin ley, que venera de dientes para afuera al ícono llamado Benito Juárez. También, cabe la posibilidad remota de que alguien pregunte ingenuamente como fue que a los juarenses se nos ocurrió la genial idea de construir una gran cruz, inclinada, de rojo intenso, extraña, como homenaje a todas las víctimas de la violencia; o que, más aún, se pregunte como fue la población permitió a sus gobernantes colocar una gran “tacha”, que reprueba y marca de tajo a toda la ciudad.  

¿Pero entonces qué representa la escultura en forma de X? ¿Es geometría emocional o una simple letra? ¿Arte público, corporativo o decorativo, o simplemente un hecho político? ¿Proyecto culminante de un gobernante genial o proyecto inconcluso y mal llevado a buen fin? ¿La obra cultural que deseaban los juarenses o un proyecto al gusto y medida de políticos y empresarios?  

A nosotros nos queda claro que la obra fue concebida para el sostenimiento de la política de la imagen y la negación, implantada por las autoridades de los diferentes niveles para negar o minimizar la responsabilidad gubernamental antes, durante y después del surgimiento y desarrollo de la extrema violencia de los años 2008-2012. Es una pieza donde se plasma, además, la presunción de que Ciudad Juárez se está reconstruyendo a través de la cultura; una idea tomada, pero de manera desvirtuada y descontextualizada, de los reclamos sociales que hace décadas pugnaban por más espacios y recursos a la política cultural, para revertir el avance de la violencia y la desigualdad social. La X, en tal sentido, no sólo es una “espantosa tacha”. Es un hecho social que sintetiza la concepción autoritaria de gobierno que predomina, lo mismo que la incapacidad actual de la sociedad civil para ponerle freno al despotismo gubernamental y empresarial.  

La X es una realidad. Por ello cabe observar lo que sucederá con ese espacio público o qué uso le dará población, cómo se lo apropiará. Preguntarnos si será posible que las generaciones venideras lo re-signifiquen o destruyan, como ha ocurrido en otras partes donde se echan abajo los símbolos de los poderes autoritarios que caen. Por lo pronto, ahora, en este año 2013, cuando se transita por la avenida Rivereño nos percatamos no sólo que algo en el espacio cambió. En esa plaza aparece una escultura enorme, al igual que algunas familias caminando por sus corredores, a parejas deambulando tomadas de la mano, a niños brincando y corriendo en el pasto. También sabemos que muchos habitantes permanecen enojados con esa obra y la rechazan. Lo que hagan unos y otros decidirá el futuro de esa obra. Ojalá que juntos la tomen en sus manos; que paseando o no por bajo de la sombra de esa inmensa X, su mirada atraviese su dura y gruesa superficie y concluyan todos que esta ciudad necesita ciudadanos.  

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