Opinión

La cintura de Kardashian




agosto 14, 2023

La arrogancia que transmite Salinas Pliego en las fotos que comparte es la misma que la de un “influencer”. Es una niña de 14 años que se revuelca en billetes de 100 dólares porque los ha ganado sin esfuerzo; es el de un rapero que carga dos kilos de diamantes en el cuello o el hijo de un multimillonario que ha decidido gastarse la fortuna heredada en descorches de 100 mil dólares.

Por Alejandro Páez Varela

Cualquier ciudadano promedio que paga impuestos, que garantiza sus obligaciones y que ejerce sus derechos, podría coincidir en que Ricardo Salinas Pliego se ha convertido en una anomalía dentro de nuestra sociedad y un ejemplo –desgraciadamente– de ausencia de Estado.

Y no es por la cantidad de insultos que profiere o por la larga lista de personas (físicas o morales) a las que amenaza una tarde cualquiera; es porque ha decidido enfrentarse al orden, a la Ley y al máximo símbolo de autoridad del país: el Presidente. No sólo somos testigos de un rico malcriado o de un hijo grotesco que demuestra en cada frase el fracaso de su educación: además estamos ante un elemento social disruptivo que pregona que en este país el dinero está por encima de valores y leyes; alguien que ejemplifica con sus acciones –más que con su lenguaje– que el privilegio está por encima de cualquier idea de progreso.

Quite usted las amenazas y el lenguaje soez y ofensivo y, ¿qué queda? Un individuo que no paga los impuestos que derivan de sus ganancias –según ha dicho el mismo Gobierno–; que mide su poder con el poder del Estado y que se pone como ejemplo de que en México se puede vivir fuera de la Ley y en el exceso, y ser admirado por muchos.

Pues bien, este tipo de individuos han existido en distintos momentos de nuestra sociedad, y han hecho daño profundo. Elba Esther Gordillo sirve como ejemplo, quizás uno menor. Pronto ese poder, que se ejerce con total impunidad, lo utilizará para romper las reglas de la convivencia democrática. Es, no lo dude, lo que sigue. Porque si puede atacar sin consecuencias a un Gobierno emanado de la voluntad popular, ¿qué le impide meterse en procesos electorales? ¿Qué le impide enviar mensajes a las poblaciones menos politizadas e influir en las preferencias electorales? Nada. Y de hecho, Televisión Azteca ha jugado ese papel y lo conoce y lo entiende tan bien como el mismo Televisa o televisoras locales que hacen lo mismo a otra escala.

TV Azteca ha tenido su propia bancada en el Congreso y ha influido en las políticas públicas. En momentos de debilidad institucional, con presidentes deslavados, ha puesto legisladores, ha dominado partidos e incluso ha tenido uno propio (el Verde Ecologista de México) que le permitió dar una posición como Diputada a la hija de su dueño: Ninfa Clara Salinas Sada. El magnate tiene una cantidad grotesca de periodistas e intelectuales en su nómina; se ha servido de la puerta giratoria (Luis Cárdenas Palomino, Esteban Moctezuma Barragán) y tiene a su disposición tantos votos como un sindicato: Grupo Salinas, cita Expansión, tenía en 2023 cerca de 170 mil empleados.

El mayor poder de Grupo Salinas, sin embargo, es su brazo mediático; sus canales nacionales y los cientos de repetidoras locales; sus afiliadas en el extranjero y su presencia en Internet. Sus periodistas no sirven a la verdad –como lo hemos visto en la reciente campaña contra los Libros de Texto Gratuitos–: sirven para difundir lo que piensa el dueño. Si Salinas Pliego piensa que Hugo López-Gatell es un asesino, entonces sus empleados también. “Todo régimen opresor y toda dictadura tienen a un doctor loco encargado del exterminio del pueblo”, escribió recientemente. Y, claro, los lectores de noticias llevan cinco años atacando al Subsecretario de Salud con los mismos argumentos, sin contención.

Salinas Pliego ha encontrado que la falta de respuesta contundente del Presidente es una palanca invisible de apoyo para él. En medio de la emergencia por la pandemia, Javier Alatorre llamó a decenas de miles que componen su audiencia en los siguientes términos: “Ya no le hagan caso a Hugo López-Gatell”. López Obrador respondió tímidamente al conductor, aunque quien hablaba, en realidad, era el multimillonario.

Lo mismo pasa con los Libros de Texto: el Presidente se ha referido con palabras suaves para el conductor (“es mi amigo”, dice) y evade referirse al verdadero autor de la campaña en contra de su Gobierno. Y más aún, en lo más fuerte de los ataques a las medidas de contención contra la COVID, un Hugo López-Gatell claramente contrariado dio una entrevista a Alatorre y el conductor se atrevió a decir, en sus narices: “En este espacio y en todos los noticieros de TV Azteca hemos sido respetuosos de todas las leyes, en especial de todas aquellas que procuran la salud e integridad de los mexicanos”. La escena fue, por decir lo menos, humillante.

Eso, claro, da más alas a Salinas Pliego. Recientemente, por ejemplo, el empresario refrió a López Obrador incluso para ofender a una mujer, secretaria general de Morena: “Como dijera el Presidente, quiero que me expliquen dónde está la violencia, en decir marrana, gorda, corrupta, ignorante, cobra doble sueldo, no hace nada, no se puede mover, ya que por piedad… porque yo no veo violencia, tengo que decir la verdad”. Pero también dijo: “Ahhh y el Presidente, en definitiva, NO es enemigo mío (por si no se han dado cuenta), es más, sin dudarlo, estoy seguro que hay aprecio y respeto mutuo, simplemente pensamos diferente y él está rodeado de rateros, payasos que no le hacen ningún bien al país (hay sus excepciones)”.

Es obvio para todos que Salinas Pliego odia absolutamente todo lo que López Obrador representa. Es obvio que está en guerra contra él. La gran pregunta que todos nos hacemos es si AMLO ha decidido no pagar el costo de enfrentarlo o si de plano le debe algo. Yo creo lo primero: que AMLO mide sus batallas, pero esta batalla en particular, también creo yo, mientras más la esquiva más la pierde.

***

Durante la segunda mitad del siglo XX, pensadores realmente influyentes dedicaron su trabajo a la comprensión del esfuerzo personal y al éxito, y sus hallazgos influyeron para bien y para mal. Dos casos relevantes son el de David McClelland y el de Peter Drucker, cada uno en sus áreas de búsqueda. Una parte de su obra fue traducida en “reglas del management” por la clase empresarial global y se aplicaron en trabajadores de cuello blanco; pero estas reglas dejaron fuera a los trabajadores de cuello azul, es decir, a los obreros de la manufactura, de fábricas y talleres.

Ambos pensadores, sin embargo, intentaron desvincular sus trabajos de la “teoría del éxito” que ayudaron de rebote a construir. Tuvieron vida para observar lo que habían provocado sin proponérselo: toda esa literatura chatarra de los “diez pasos para el éxito” que abrazan individuos como Vicente Fox, sin inteligencia y sin deseos de leer la letra chiquita.

McClelland pediría a sus muchos seguidores entender lo que realmente queremos “para evitar perseguir arcoíris que no son para todos”, mientras que Drucker, más claro, diría arrepentido –en una entrevista para la icónica revista Wired– que fue malinterpretado, y que le daba pena ver los anaqueles repletos de libros que ofrecían guías para el éxito personal basado en el dinero. Su teoría del éxito no era esa pirámide vendida en libros, donde el éxito se reduce a unos cuantos que suben al pico en lo alto; el verdadero éxito, diría Drucker, es que la base de la pirámide tenga éxito. En pocas palabras, que el beneficio se reparta entre muchos y eso pueda convertirse en nuestra idea de éxito.

Drucker aceptaba que el objetivo de la empresa es el lucro pero a la vez advertía que el éxito de un empresario no es simplemente “hacer las cosas bien”, sino “hacer las cosas correctas”. Apelaba a la ética empresarial, al compromiso con todos los niveles de una organización. McClelland decía (todo lo estoy simplificando, disculpen) que un líder no debería ponerse como ejemplo en el deleite de su posición, ésto traducido en vanidad; el líder, pensaba, es el que se comparte como ejemplo del trabajo arduo, que invita a otros a hacer lo mismo.

En ese sentido, pues, las fotos donde Ricardo Salinas Pliego se presume fumando puros y bebiendo vinos caros en su yate son el mejor ejemplo del enorme malentendido que, al final de sus vidas, denunciaban David McClelland y Peter Drucker, para quienes un empresario no debería recurrir a la petulancia sino provocar que una colectividad desarrolle crecimiento intelectual y moral más allá de sus capacidades originales.

La arrogancia que transmite Salinas Pliego en las fotos que comparte es la misma que la de un “influencer”. Es una niña de 14 años que se revuelca en billetes de 100 dólares porque los ha ganado sin esfuerzo; es el de un rapero que carga dos kilos de diamantes en el cuello o el hijo de un multimillonario que ha decidido gastarse la fortuna heredada en descorches de 100 mil dólares. Eso no importa. Eso no debería provocar el enojo de nadie, como no nos enoja la cintura de una Kardashian obtenida con cirugías plásticas o las mansiones de mármol y peluche rosa de cualquiera otro. Podemos asombrarnos, sí; enojarnos nunca. Se vale que sea lo que él quiera.

Tampoco importa la manera en que conduce sus empresas, el tipo de líder que es para sus empleados o la imagen que quiere construir de sí mismo para los biógrafos independientes que –estoy seguro– le causarán disgustos cuando todavía pueda leer con base a lo que él mismo transparenta.

Salinas Pliego viene del viejo régimen político establecido en tiempos de Carlos Salinas de Gortari y es muestra de que sigue muy vigente, hasta nuestros días. Es el viejo pega, negocia y obtén lo que buscas. Pero en todo caso él no tiene la culpa de mantenerse en lo que le ha funcionado y, es más, muchos haríamos lo mismo: no moverle a lo que nos sigue dando resultados.

Si puede retar al Presidente y obtiene cientos de millones de pesos en publicidad oficial, ¿por qué habría de cambiar? Si puede lanzar una campaña contra un Gobierno y aunque dependa de las concesiones que le da el mismo Gobierno, ¿por qué modificar su actitud? Si violenta una mujer o a varias (Sabina Berman, Citlalli Hernández) y no hay una sola autoridad que le ponga un alto, ¿qué nos hace pensar que responderle un tuit o dirigirle las mismas ofensas lo hará reflexionar sobre su actitud? Se sabe impune porque es impune, y no es menor que en sus últimos mensajes bravucones haga suya una de las frases que usa Michael Corleone para atemorizar a su esposa, Kay Adams, cuando pelean por los niños: “Usaré todo mi poder para evitar que te los lleves…”

El tercer hombre más rico de México enfrentará a cada Gobierno mientras ése Gobierno no tenga capacidad para regresarlo al papel que le corresponde. ¿Cuál es ese papel? El de un ciudadano cualquiera que paga impuestos; que garantiza sus obligaciones y que ejerce sus derechos y no es una anomalía dentro de una sociedad; no es ejemplo de ausencia de Estado.

Y hace mal quien pida “mano dura” contra él porque eso no genera una sociedad más igualitaria; eso genera distorsiones y puede considerarse abuso de poder. A Salinas Pliego se le debe enfrentar con el derecho y la razón porque, más que un rico malcriado o de un hijo grotesco (que lo es), más que un rapero con dientes de oro o una Kardashian (porque lo es), representa a un sector de la sociedad que sí debe ser contenido: el que cree que dinero es impunidad, y que se puede vivir fuera de la Ley y ser admirado por muchos.

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Alejandro Páez Varela. Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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