Opinión

La querella de los lebarones




septiembre 17, 2023
Integrantes del consejo de la comunidad Lebarón en el Congreso de Autodeterminación donde iniciaron la gestión de autogobierno en diciembre de 2020. Fotografía: La Verdad Archivo

Los lebarones como colonos, o huéspedes del país, no pueden solicitar un privilegio, teniendo como argumento primordial la violencia endémica que ciertamente les ha afectado a ellos, pero no en menos proporción al resto de la población

Por Jaime García Chávez

Los mormones llegaron a México en los primeros años del porfiriato, en 1885. Procedentes de los Estados Unidos y de una confesión religiosa con orígenes en ese país, llegaron al amparo de una política de colonización, a mi juicio malograda, para poblar México, y supuestamente asimilar otras culturas productivas en el campo.

Aunque hoy se han extendido a varias regiones del país, históricamente se asentaron en lo que se conoció como el distrito Galeana, especialmente en Casas Grandes, Nuevo Casas Grandes y, por supuesto, Galeana.

Por diferencias de índole religiosa se separaron los que ahora se conocen como “lebarones”, por el apellido del patriarca fundador, Alma Dayer Lebarón, que profesan la poligamia a la que le encontraron un fundamento muy propio de sus convicciones, y de alguna manera transgresor de la cultura dominante.

A más de un siglo de instalados, sobre todo en Galeana, se puede decir que han llevado una vida tranquila, productiva y ciertamente separada del resto de las comunidades de origen nacional.

A últimas fechas, han estado envueltos en escándalos de violencia de la cual han resultado ser la parte agredida, con pérdidas de vidas muy lamentables, como es del dominio público. En lo particular, me he solidarizado con esa comunidad cuando el acoso que han padecido es más que evidente y la justicia le asiste de manera inequívoca.

Empero hoy se procesa un expediente ante los órganos electorales, que busca un estatuto jurídico especial para los lebarones de Galeana, y obviamente que obra como antecedente esa violencia a la que aludo, que alcanzó su clímax en Bavispe, Sonora, donde actualmente hay un memorial que recuerda el hecho y que fue instalado con la presencia del presidente López Obrador.

El asunto, como ya lo he dicho en otras ocasiones, tiene aristas complicadas que mueven a la duda razonable en torno a las pretensiones de la comunidad Lebarón, que en breve el Tribunal Estatal Electoral del Estado de Chihuahua resolverá, según informó su presidenta, Roxana García Moreno.

El propósito que desea alcanzar esa comunidad, en boca de Adrián Lebarón, no ofrece más interpretación que la gramatical. Declaró, de manera apasionada, que lo que buscan es “la autonomía para terminar con un sistema político que no ha funcionado, más en aquella zona del estado, donde los criminales se hacen alcaldes, designan a malandros de titulares de las corporaciones y ellos a su vez ingresan a decenas de pistoleros como agentes que están al servicio de un cártel; para eso sirve el actual sistema político, pero si nosotros queremos organizarnos, tenemos que cumplir miles de requisitos y a ellos nadie se los impide” (El Heraldo de Chihuahua, 13 de septiembre de 2023).

No conozco a fondo el expediente que se sustancia ante las autoridades, pero sé de cierto que está orientado por la visión contenida en esa declaración. Sé también que se acogen al Covenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, en busca del reconocimiento de una identidad propia, que los pueda hacer equiparables a las etnias originarias del país. Al respecto habrá una especie de dictamen ofrecido ante el tribunal por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que cuando se haga público será sin duda un texto de referencia muy importante.

Quiero subrayar que los lebarones como colonos, o huéspedes del país, no pueden solicitar un privilegio, teniendo como argumento primordial la violencia endémica que ciertamente les ha afectado a ellos, pero no en menos proporción al resto de la población.

Por otra parte, si la naturaleza de esa lucha es terminar con el sistema político imperante, defectuoso y precario sin duda, cambia exponencialmente de intención por la totalidad a la que se refiere y que no sería privativa del grupo lebarón, y mucho menos para transgredir la garantía de igualdad, concediéndoles un estatuto aparte, cuando toda la sociedad mexicana, de la que ellos son integrantes, padece los efectos de la delincuencia organizada y la violencia que esta genera.

Cabe preguntar a fuer de qué se les puede conceder a los lebarones el acceso a las armas para defenderse, que de facto están armados, sin hacerse cargo de que eso sería otro privilegio inadmisible que en sí mismo nos llevaría a la disolución de la república. No está de más decir que hoy un lebarón es presidente municipal de Galeana, y han encabezado el ayuntamiento al menos otros dos.

Es respetable que los lebarones volteen a ver el ejemplo económico de Norteamérica, que gocen de doble nacionalidad, que busquen el amparo, además de los Estados Unidos, pero también deben tener en cuenta que son mexicanos en condiciones de igualdad y con las mismas garantías y derechos humanos que consagra la Constitución.

Que han sufrido, y mucho, no lo pongo en duda. Pero igual sucede en la sierra, en las comunidades rurales y en la ciudades.

Cuando los mormones parten y además se ufanan del “nosotros”, se olvidan de los “otros” donde estamos precisamente todos, corriendo la misma suerte, asedios, riesgos y peligros.

En octubre sabremos qué resuelven las instituciones nacionales.

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Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.

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