Opinión

Adiós a la carta de no antecedentes penales




octubre 13, 2023

Considero que es muy valioso que se les dé segundas oportunidades a las personas… pues los antecedentes penales cerraban puertas a cualquiera

Por Hernán Ochoa Tovar

Esta semana, ante la vorágine de acontecimientos que han pululado en los titulares de los medios de comunicación (del ambiente preelectoral pasando por el resurgido e inacabado conflicto de Israel y Medio Oriente), una relevante nota pasó casi desapercibida: el Senado de la República aprobó la desaparición de la Carta de No Antecedentes Penales; consabido documento emitido por las fiscalías y procuradurías estatales, la cual daba fe de que los suscritos no contaban en su haber con remisiones a las penitenciarías o a las comandancias municipales o se encontraban sentenciados por delito alguno, misma que era de entrega obligada en trámites y vacantes diversas a lo largo y ancho de la República Mexicana.

Siendo una especie de rara avis en el polarizado mundo contemporáneo, la medida fue aprobada por unanimidad en la cámara alta congresual. Y aunque ha tenido algunos críticos, considero que es una medida pertinente, aunque también habría otros aspectos dignos de analizar con lupa.

Con base en lo anterior, viajando hacia atrás en el tiempo, podremos visualizar que las prisiones surgieron como un instrumento de control en las sociedades modernas, de manera semejante a los manicomios (hoy instituciones de salud) y, según Foucault, a las escuelas. A contrapelo de la era medieval, la era moderna intentó separar a los ciudadanos; a las personas de bien a aquellas que no lo eran. Fue cuando se acuñó la categoría de normalidad. Y todos aquellos que no encajaran en ese molde, irían a parar a instituciones encargadas de normalizarlos, tales como las casas de salud y las penitenciarías. De tal suerte que los manicomios tendrían el cometido de normalizar a aquellas personas consideradas locas; mientras las prisiones buscarían reformar a los individuos que cayeran en las fauces del delito; mientras las escuelas prepararían a los jóvenes para ser personas de bien en el ámbito social y comunitario (lo cual, según Foucault, era otra forma de control, lo cual sería discutible en el ámbito contemporáneo). Aunque sería discutible saber si efectivamente las prisiones reformaban a los presos –lo cual ha sido deliberado por siglos–, el sólo hecho de caer en ellas generaba un estigma; pues una estancia en la cárcel, hacía pensar a las personas que el sujeto en mención había cometido conductas erráticas, por lo que su reputación y su haber se veían empañados en ocasiones.

Probablemente siguiendo esta tradición, la Carta de No Antecedentes Penales fue una creatura del México posrevolucionario. Aunque el Sistema de Justicia sigue teniendo falencias y hay inocentes compurgando penas (de acuerdo a diversas especialistas), la CNAP se convertía en un requisito fundamental a la hora de conseguir trabajo. Y quien hubiese tenido la mala de suerte de ser refundido en la prisión –así fuese por error o, eventualmente, como preso político–, no podría borrar aquella mácula de su expediente, la cual lo perseguiría cual letra escarlata a lo largo de toda su existencia. Y los patrones se reservarían el derecho de admisión, al ver que determinado personaje había tenido una estancia en la prisión estatal o federal. Todo un caso digno de análisis. Tal vez por eso, y viendo que las puertas se les cerraban hasta en los empleos de más bajo rango, era que diversos ex convictos volvían a delinquir; la desesperación y la compleja realidad se convertían en caldo de cultivo para estos señalados personajes.

Quizás viendo esta compleja situación, y viendo que la situación de los penales ha distado de mejorar en mucho tiempo (de hecho, ha sido de las asignaturas pendientes de la 4T) fue que los congresistas apelaron a la realidad y optaron por abolir uno de los resabios del viejo régimen: la CNAP. En un estado que se jacta de ser garantista y de proteger los derechos humanos, la carta en mención se estaba tornando en una especie de patente de corso para garantizarle el trabajo digno a tirios y troyanos.

A este respecto, aunque me parece que persigue un fin muy noble –dejar de estigmatizar a cierto sector– creo que hay que ver todo el bosque y no sólo el árbol. Bajo esta tesitura, considero que es muy valioso que se les dé segundas oportunidades a las personas. Espero que la sepan aprovechar y se cumpla el propósito que, hace años, no han podido cumplimentar los centros penitenciarios, que es el de reformar a los internos; y que este segundo chance que estará dando la autoridad –y eventualmente los patrones– lo sepan aprovechar y eventualmente se vaya desmontando la cadena delictiva (pues los antecedentes penales cerraban puertas a cualquiera). Sería lamentable que esta iniciativa resultase contraproducente, pues les darían armas a los sectores más conservadores de la sociedad y se daría pie a que se implementara la mano dura en lugar de la empatía y la comprensión. En particular, considero que debemos darle el beneficio de la duda a esta interesante iniciativa. Ojalá tengamos la madurez social para sopesarla y valorarla de manera correcta. Es, tan solo, mi humilde considerando.

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