Migración

Lo dieron por muerto en incendio de estación del INM en Ciudad Juárez, ahora Diego retoma su vida en Guatemala  



viernes, diciembre 22, 2023
Diego Suy Guarchaj es uno de los 28 hombres que sobrevivieron a un horroroso incendio en un centro mexicano de detención de migrantes, el 27 de marzo del año 2023 en Juárez. Fotografía: Omar Ornelas / El Paso Times

Esta es la historia de ‘resurrección’ de Diego Suy Guarchaj, un sobreviviente del incendio más mortífero de una estación migratoria en México, y de por qué los migrantes emprenden un viaje peligroso y mortal en busca de asilo en Estados Unidos

Por Aline Simerman / El Paso Times

La noticia de la muerte de Diego Suy Guarchaj llegó repentina, como esas lluvias de otoño en el pequeño poblado de donde él es originario, Tzucubal, enclavado en tierra maya al sureste de Guatemala.

María Guarchaj Tzoc, madre del joven de 20 años, fue alertada por Antonio Chox Sohom, un periodista indígena de La Ceiba —una aldea vecina a Tzucubal- sobre su muerte cuando éste acudió al poblado de Diego y realizó un Facebook Live sobre los hechos.

La noche del 27 de marzo Diego perdió la vida en un siniestro cuando estaba detenido en una estancia migratoria del Gobierno mexicano, a solo unos metros del Puente Lerdo-Stanton, en la frontera con El Paso, Texas.

El incendio sin precedentes se dio en esa estancia del Instituto Nacional de Migración (INM) en Ciudad Juárez, a unos 3 mil 200 kilómetros de Tzucubal.

María Guarchaj se encuentra afuera de su casa con su hijo menor Juan Carlos. Guarchaj viajó sola a la ciudad de Guatemala para recibir el cuerpo repatriado de su hijo. Mientras esperaba por sus restos se enteró de que Diego Suy Guarchaj de hecho estaba vivo. Fotografía: Omar Ornelas / El Paso Times

Fallecieron encerrados 40 hombres migrantes, todos perecieron por el fuego que se salió de control en solo 180 segundos. Las autoridades mexicanas difundieron los nombres de los fallecidos: Diego era el número 12.

“Estamos haciendo esta transmisión porque, lamentablemente, como a la una de la tarde (del 29 de marzo) llamamos a un familiar de Tzucubal, porque ellos no sabían nada de la tragedia que sucedió el pasado lunes en la noche, en Ciudad Juárez, en México, por eso nos encontramos aquí en vivo”, dijo Chox durante su transmisión en Facebook.

Chox interrumpió la transmisión porque Francisco Suy, el padre de Diego, aún con su mochila de trabajo en la espalda como ayudante de albañil, comenzó a llorar desesperadamente.

“¡Atek, Atek! (¡Diego, Diego!) ¿Por qué me dejaste así, Diego? Yo te crié, mi varón, Diego”, gritaba en k’iché Francisco, mientras golpeaba las paredes de lámina de su propia casa.

María relata que ella tuvo que ir sola y con sus propios recursos a la capital de Guatemala para tramitar la recuperación del cuerpo de Diego. 

Francisco debía trabajar.

Al no saber mucho de español, a María se le complicaba entender los trámites para repatriar los restos de su hijo, el mayor de cinco.

Esa agonía de la muerte de Diego duró siete días —el tiempo en que las autoridades de Guatemala le confirmaron a María que sus homólogos en México se habían equivocado—. En realidad, el fallecido en el incendio se llamaba igual, Diego, pero el apellido era diferente.

Para María fue una especie de “resurrección” de su hijo, quien estaba vivo, aunque hospitalizado en México por quemaduras en manos y brazos.

“Fue un momento muy lamentable (al principio, con la supuesta muerte), me impactó”, platicó. “Viajé al Consulado de Quetzaltenango, confirmaron que esa era la información y, después de una semana, me dijeron que no, que estaba vivo”.

Diego regresaría a Tzucubal, aunque bastante cambiado tras sobrevivir el siniestro. 

‘Teníamos sueños… ahora ¿qué puedo hacer?’

Es una tarde que amenaza con un casi diluvio. En Tzucubal las personas están tan acostumbradas a que llueva en cualquier momento de esta época otoñal que traen consigo un paraguas todo el tiempo.

La casa de Diego se encuentra en un laberinto de algo parecido a una vecindad. Para llegar a ella hay que caminar desde la aldea de La Ceiba durante unos 25 minutos en pendiente pronunciada, o comprar un pasaje de camionetas pick ups  —importadas de EEUU y habilitadas como transporte- donde los usuarios van parados en la caja, aferrados con las manos a tubos colocados para soportar los enormes saltos en las calles empedradas y con enormes hoyos hechos por las lluvias.

El nombre de Diego Suy Guarchaj figuraba en el número 12 de la lista de migrantes que habían muerto en un incendio, en un centro de detención de migrantes en Ciudad Juárez en marzo de 2023. Sin embargo, él estaba vivo pero su familia no lo supo durante una semana. Fotoggrafía: Omar Ornelas / El Paso Times

Dos perros chaparros, cafés, con las costillas visibles por la mala alimentación, muestran sus dientes y ladran con furia en la puerta de una casa de lámina y de un solo cuarto que habitan la pareja Francisco Suy y María Guarchaj Tzoc, junto a sus cinco hijos.

Sin concluir su terapia física, Diego llegó a su casa 10 días después, aunque sin documentos que le indicaran que recibirá alguna compensación económica por las fallas en la política migratoria del Gobierno mexicano que casi le cuestan la vida.

Diego no había hablado con nadie del incendio, no tuvo una intervención psicológica en México, tampoco un seguimiento a su rehabilitación en Guatemala. No habló hasta este día de octubre, con sus padres a solo pasos de él.

Su estatura baja y cuerpo delgado lo hacen parecer vulnerable, algunas personas se sorprenderían de que Diego es uno de los 28 sobrevivientes del incendio más mortal de migrantes en la historia de México.

Aunque su lengua materna es el k’iché, prefiere contestar en español, sentado en una sillita en el patio, prestada por una vecina.

“Recuerdo poco de lo que pasó”, asegura. “Me fui solo y sin guía, a pesar de que llegué rápido, conocí a mis amigos en el camino a Juárez”.

El joven viste una camiseta negra con una cruz grande en el pecho con letras blancas que dicen: “Dios es el camino”. Resaltan en sus manos dos guantes que cubren hasta la mitad de sus brazos, cada cierto tiempo el joven repasa los guantes con las yemas de sus dedos descubiertos.

Diego recuerda haber preguntado por sus amigos, los que compartieron travesía de Guatemala a la frontera de México con EEUU, cuando despertó en el hospital tras el incendio.

“Les pregunté, ¿dónde están mis amigos? Éramos muchos y no sabían”, recordó. “Fue entonces que entendí que habían muerto”.

En su mirada hacia el piso se refleja su pensamiento de incertidumbre, es el más grande de los hermanos, y a sus padres ya no les alcanza para alimentarlos a todos.

Durante la plática con periodistas del medio estadounidense El Paso Times, se nota nervioso, incómodo. Pareciera que evita a toda costa recordar lo que vivió.

: Manuela, hermana menor de Diego Suy Guarchaj, alimenta a un pollo afuera de su casa de lámina galvanizada, de una sola habitación, en su aldea maya en octubre de 2023. Fotografía: Omar Ornelas / El Paso Times

En k’iché, su mamá asegura que el joven no está acostumbrado a expresar cómo se siente ni siquiera con ellos.

“Quise ir (a Estados Unidos) porque aquí hay necesidad”, declara Diego con seguridad en un español con sonido casi imperceptible y con rostro muy serio, cuidando cada palabra.

Su papá sigue de cerca sus movimientos con cierto orgullo. Es su hijo mayor y lo observa como quien admirara a un temerario guerrero del que no desea quitar la vista.

“Siento feo a veces, eran mis amigos, teníamos sueños, metas, futuro, y ahora ¿qué puedo hacer? Ya no puedo hacer nada por ellos, están en el cementerio, yo estoy vivo”, expresa Diego en una conversación en la que ésta pudiera ser su frase más extensa.

Los tronidos del cielo casi impiden la conversación, hay una fuerte lluvia que hace eco en el techo de lámina de la casa de Diego y el pueblo ha oscurecido casi por completo, los perros han corrido a resguardarse del aguacero.

La incertidumbre que persiste

Un estudio de la Universidad de San Carlos Guatemala, indica que el apellido materno de Diego, “Guarchaj”, significa en maya “el que mantiene la luz encendida por la familia”.

Es una antorcha que carga el sinnúmero de personas que arriesgan sus vidas al realizar el arduo viaje de 2 mil millas de Guatemala a Estados Unidos.

En la franja fronteriza de El Paso, el área que Diego esperaba cruzar, este ha sido el año más mortífero en su historia, en parte debido al incendio en Ciudad Juárez.

Del lado estadounidense, más de 149 personas han perdido la vida a lo largo de las 268 millas de frontera internacional en el Sector El Paso, el cual es controlado por la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. En el lado mexicano, otros 70 migrantes han muerto mientras esperaban en Juárez, incluidos los 40 hombres que murieron en el siniestro en la estancia migratoria.

Muchos de los muertos procedían de pueblos como el de la familia Guarchaj, ricos en amor y familia, pero donde la esperanza económica vive muy al norte.

El poblado de Diego es tan pequeño que ni siquiera alcanza la denominación de “aldea”: En Guatemala le llaman “caserío” a Tzucubal.

Pareciera que la tierra está eternamente húmeda, hay vegetación en cualquier lugar donde se clave la vista, árboles de lima, naranjos, plantas de hojas grandes y redondas, flores, plantíos de café y plátano.

En la pequeña comunidad donde vive Diego, el piso de tierra alberga basura porque no hay servicio de recolección en esta zona del cerro, las gallinas y sus polluelos corren como si fueran mascotas entre los plásticos de desecho. Los propietarios se preocupan por brindarles moronas de pan y tortilla todos los días, porque esas gallinas ayudan a superar las semanas de carestía.

Diego, el mayor de la familia Guarchaj, no estudió. Prefirió trabajar en la construcción, pero en Tzucubal solo podía ganar 50 quetzales al día, es decir, 6.5 dólares por día, y comenzó a desesperarse.

La familia Suy Guarchaj no tiene parientes en EEUU, pero el joven insistió en irse.

María recuerda una plática con Diego.

“Un día él nos dijo: ‘algún día me voy a casar, voy a formar una familia, y tengo que luchar por mi familia más adelante’”, platicó en k’iché la mamá, con el apoyo de un intérprete al idioma español.

El joven fue testigo de la vida de su padre, Francisco, quien ha laborado toda su vida de ayudante de albañil, no sabe leer ni escribir, y no recuerda qué edad tiene él mismo o su esposa: En la pobreza extrema, tener un certificado de nacimiento es un privilegio.

Con los ladridos de los perros, sale de la casa de lámina un hermanito de Diego, de unos cinco años, usa una gorra roja con la leyenda “Tommy Hilfiger”, con un forro con el diseño de la bandera de Estados Unidos.

Tras el pequeño, le siguen los papás de Diego, Francisco y María, ambos de unos 40 años.

El 11 de julio de 2023, el gobierno mexicano prometió indemnizar no solo a los familiares de los fallecidos, sino también a quienes resultaron ilesos en el siniestro. Esa compensación no ha llegado a los poblados aledaños de La Ceiba.

Al regresar a Tzucubal, María pensó que Diego tenía consigo documentos que establecieran que es un sobreviviente del fuego en la estación migratoria.

En realidad, posee una receta para sus manos quemadas, y una cita médica para rehabilitación física que ya no atendió el joven porque regresó a casa. Ella afirma que no ha tenido más conversaciones con las autoridades en México, mucho menos una confirmación de que su hijo será indemnizado por ese país.

Rodeado de amplias extensiones con prominentes árboles, vegetación alta y plantíos frutales, en Tzucubal es común que los varones jóvenes intenten cruzar a Estados Unidos, la mayoría sin documentación.

Diego contó con una gran fortuna al sobrevivir al dramático incendio de este inmueble, el mismo que aún muestra evidencia de humo. Fotografía: Omar Ornelas/ El Paso Times

Algunas casas del poblado fueron construidas con las remesas de los salarios de los migrantes, y pocos logran iniciar pequeños negocios. Pero no todas las historias son de éxito. En el peor de los casos, también los migrantes indígenas desaparecen o pierden la vida en su camino a EEUU.

Mientras tanto, la hambruna, incertidumbre, y la necesidad de más manos que ayuden en la casa de los guatemaltecos no desaparecen.

Mucho menos el deseo de Diego de algún día llegar a Estados Unidos.

“Sí. Quiero regresar allá (a Estados Unidos), aún no sé cómo ni cuándo”, suelta Diego mientras observa fijamente al piso terregoso en el que vive.

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Este contenido fue producida por El Paso TimesLa Verdad lo publica como parte de Puente News Collaborative, una asociación binacional de organizaciones de noticias en Ciudad Juárez y El Paso.

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