Opinión

Abrazar la mentira




febrero 26, 2024

La DEA de nuestros tiempos es la CIA o el FBI en otros momentos. Y The New York Times y ProPublica aceptan ser el engrudo que une a todas las fuerzas que atentan contra un poder democráticamente electo

Por Alejandro Páez Varela

No les importa la verdad. Lo que les importa es proporcionar contenido suficientemente ambiguo para que permita a otros crear versiones que parezcan verdad. Aunque de facto son mentiras. Dos textos sin rigor periodístico y sin fuentes son perfectos para el propósito: especular. Los reportajes están en su etapa embrionaria pero a los editores y a los reporteros no les importa; los publican como están, porque el objetivo no es divulgar la verdad: el objetivo es que se puedan interpretar libremente como negro, aunque la conclusión sea blanco.

En condiciones normales, la orden de trabajo en una Redacción sería encontrar algo a partir de un tip, un documento, una declaración. Investigar para comprobar. Pero no hay condiciones normales. La DEA, Claudio X. González, los periodistas y otras fuerzas aliadas no tienen tiempo qué esperar porque hay elecciones en puerta y no les gusta el eventual resultado. Entonces, violando los reglas naturales de las redacciones y los códigos éticos y morales de las sociedades, se publican los dos textos.

Las investigaciones periodísticas –si es que las hubo– debían demostrar que las suposiciones de la DEA sobre un líder de izquierda que no se acomoda a sus intereses son verdad o son mentira. Aquí no cabía el gris: era descubrir blanco o negro. Lo que se podía demostrar era que la DEA no pudo probar que Andrés Manuel López Obrador recibió dinero del narcotráfico. Pero prefirieron no decirlo. Tenían el color blanco en la mano y se fueron por el tono gris. Y lo prefirieron así porque si dicen que está limpio, que no encontraron algo, no sirve a sus propósitos. Prefirieron publicar sus textos “en crudo”, es decir, no llegar a conclusiones. Concluir algo exculpa a AMLO, y allí están los textos para confirmarlo. Publicaron el reportaje en un deliberado estado embrionario. Porque no importa la verdad sino las versiones que permitan especular (un “gris-tirando-a-negro”) para destruir a su objetivo.

El dato duro que les dio la DEA era que investigó a AMLO. Eso hace la DEA: investiga gente, empresas, cárteles y líderes que se les oponen. Lo que ProPublica y The New York Times iban a comprobar era si la DEA encontró algo. Y no, no lo encontró. Entonces ya no se ocuparon en decir que la DEA no le encontró algo a López Obrador. Dejaron los textos en “la DEA investigó a AMLO porque podría haber algo” o de plano con signos de interrogación para inyectar la duda. Eso permitiría especular. Eso activa las redes pagadas con dinero que nadie sabe de donde sale (y que la DEA no investigará jamás) para difamar al investigado: un líder político que resume los odios de todos: de las élites políticas, empresariales, mediáticas, intelectuales, académicas y judiciales que quisieran destruirlo porque de esa manera destruyen a su candidata: Claudia Sheinbaum.

No pudieron destruirlos en seis años y doce les parece mucho tiempo, sobre todo porque, mientras tanto, ante su propio horror, la oposición en México pierde territorios y control en cada elección, por su proceso de corrupción continua, y pronto ya no habrá siquiera una estructura política suficiente para retomar el poder.

La DEA de nuestros tiempos es la CIA o el FBI en otros momentos. Y The New York Times y ProPublica aceptan ser el engrudo que une a todas las fuerzas que atentan contra un poder democráticamente electo. The New York Times y ProPublica asumen gustosos el papel vergonzoso que antes asumieron Henry Kissinger, John Dimitri Negroponte y otros. Y lo asumen porque defienden lo mismo (la preponderancia del imperio) y porque –al menos en recortes de la Historia como este– son lo mismo.

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El contenido de los reportajes –que terminan siendo uno solo– no da para golpear al objetivo común. Entonces la divulgación del número de teléfono de la reportera, por parte de AMLO, se convierte en el ariete. Según se ha venido revelando, ese número no era el secreto mejor guardado sino una herramienta de trabajo que, como sucede con las herramientas, están expuestas a las labores del trabajo: la pala del albañil se dobla, el cuchillo del carnicero pierde filo, la pluma acaba su tinta. Hay alarma en el error del Presidente (o de su equipo de comunicación social) por no cubrir el teléfono de la reportera, pero no hay alarma en que el reportaje no tenía una sola fuente y que, pudiendo concluir en que no hay evidencia contra AMLO, se le dejó abierto para dañarlo.

Cualquier periodista medianamente riguroso sabe que las fuentes anónimas son la excepción, pero la regla no se aplica a The New York Times: las fuentes anónimas son la única base de lo que publica la reportera. Fuentes anónimas y un documento, si existe, que es una obviedad: que la DEA investiga gente, empresas, cárteles y, de siempre, gobiernos y líderes que no se hincan ante la agencia o que se le oponen.

Y no importa que vaya sin fuentes porque la verdad no importa. Lo que importa es proporcionar contenido para que se articulen todos los poderes contra su objetivo. Nadie habla del reportaje ya; nadie hablaba de él un día después. Lo importante, para lo que sirvió publicarlo en color gris, era atacar al Presidente de México.

¿La revelación de un número de teléfono es suficiente material para atacarlo? Con eso. Adelante. El reportaje no daba. Entonces toman el episodio de la revelación del número de celular de Natalie Kitroeff, que yo creo que fue involuntaria, para no fijar los ojos en el reportaje publicado deliberadamente gris cuando pudo ser blanco porque negro, según lo que leí, no daba.

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A muchos les da vergüenza decir que simpatizan con Xóchitl Gálvez. Muchos más entienden que asociarse con PAN, PRI y PRD es de pena ajena. Pero han encontrado una manera de resolverlo frente a los demás: irse contra AMLO. Así no renuncian a ser “los progres que siempre han sido”; así resuelven, frente a los demás, la vergüenza de votar PRIAN y simpatizar con su candidata.

Les gustaba el PRI, les gustaba el PAN y les gusta este PRD vencido y sobre todo esto último: disfrutan a esos supuestos izquierdistas corruptos y sin dignidad. Pero de un tiempo a la fecha se movieron al centro para simular su neutralidad, para simularse demócratas, para no mostrar lo que realmente piensan y sienten: que les gusta y van a votar por Xóchitl; que les acomoda mejor. Así es como encuentran una rendija para justificarse en la derecha: el odio a López Obrador. No pueden decir, porque les da vergüenza, que Xóchitl es su candidata pero en cambio dicen que odian a AMLO, y así se justifican para no quedarse al margen de la campaña.

Un amigo me cuenta que se encontró a unos colegas que le preguntaron cómo le iba con la dictadura. ¿La dictadura?, les respondió. Sí, dijeron unánimes y alarmados, lanzando los cubiertos en la mesa: ¿cómo es posible que no viera la dictadura? En esa mesa de simpatizantes “secretos” del PRIAN, el que estaba mal era él, repentinamente. Si mi amigo no veía una dictadura el que estaba mal era mi amigo. ¿El voto por Xóchitl? Sí, sí, por ella o por el que sea, dijeron, casuales: el tema es AMLO. Pero no, el tema no es AMLO. El tema es que siempre han sido PRIAN y votarán por Xóchitl, pero encontraron una manera de hacer campaña: comprarse la posverdad, abrazar la mentira con naturalidad y tener una razón más, aunque sea simulada, para odiar a ese “indio patas rajadas y comunista” (señora de la “marcha rosa” dixit) y votar por quien realmente quieren votar: Xóchitl.

La hipocresía es un caldo sucio que ahora se sirve en la mesa sin que provoque repugnancia. Se condimenta con mierda granulada y no importa: lo que está mal, lo que se ve terrible en esas sociedades de progres-de-derecha, es subir los codos a la mesa.

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En pleno embarazo, López Obrador debe pensar por dos. A él le gusta –es un ejemplo– fumarse un cigarro en la noche y beberse una copa de vino. Ahora no puede. Desde adentro de su movimiento se gesta una versión del lopezobradorismo que no es él, pero que depende, al menos por ahora, de él. En las siguientes semanas le servirán pollito que se comerá, como siempre, de un bocado. Y le servirán chuletas envenenadas pero no con ganas de envenenarlo a él sino para matar, prematuramente, lo que se gesta.

Transparentar el cuestionario sí, pero el celular de la reportera, no. Alguien debió ayudarle bloqueando esos dos centímetros donde venía el número y explicarle: ¿qué necesidad? Preguntarse en silencio “¿pero qué necesidad?” puede ser una buena práctica. Lo dice Juan Gabriel y yo le creo. Leer el cuestionario remataba un texto que nació muerto. Se le prolongó la vida, innecesariamente. Habrá quien crea otra cosa y solo el tiempo dirá si valía la pena poner atención a ese pequeño detalle, como pequeño parece el detalle de beberse una copa de vino y fumarse un cigarro durante la gestación. No soy nadie para dar consejos porque, además, nunca he estado embarazado. Sólo digo lo que pienso. Y ya. Como dice el clásico: para cazar la trucha hay que perder una mosca.

Por otro lado, la DEA. Cuidado porque, claramente, está descargando el arsenal, lo que tenga. Y más arriba: el Departamento de Estado (sí, ya sé que la DEA depende del Departamento de Justicia; no se distraigan). Cuidado. Y acá, Claudio X. González y los que lo rodean, que son capaces de envenenar el lago del que bebemos todos para gritar que alguien nos está matando. Alguien que no se mete en política me manda un video desde Estados Unidos, y me dice: “¿No es el mismo discurso de Claudio X.”. Luego agrega: “Que afán de destruir a México”. El video es de 2022 pero está circulando como nuevo. El Senador de Tennessee Bill Hagerty dice que las reformas de AMLO van “contra la propiedad privada”. Como en la “marcha rosa”, donde se gritaba que los comunistas nos van a quitar la casa, a todos, modificando un artículo de la Constitución que, por cierto, no existe.

La marcha, los reportajes, el hashtag #NarcopresidenteAMLO. Las redes de mentiras y medias verdades. Todo tiene olor a Claudio y su entorno. Y todo huele, al final, a Xóchitl Gálvez.

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Alejandro Páez Varela. Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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