Opinión

Vista y oído: las otras víctimas de las contaminaciones en las ciudades



jueves, julio 25, 2024

Hace falta limpiar el agua que bebemos y con la que sembramos, igual que los suelos que nos alimentan y las calles por las que caminamos. En esa tarea no debemos olvidar que también hay que rescatar y defender nuestro derecho al silencio y a la oscuridad, es decir, a ver el mundo en toda su belleza y a escucharlo en toda su diversidad y su maravilla

Por Eugenio Fernández Vázquez
X: @eugeniofv

Es tan terrible la contaminación de los cuerpos de agua en el país y se ha vuelto tan irrespirable el aire de nuestras ciudades que cuesta poner atención a otros factores igualmente dañinos, aunque menos notorios, de degradación ambiental, como la contaminación lumínica y la contaminación auditiva. Lo que vemos y oímos es determinante de cómo nos desarrollamos, además de tener un impacto muy importante en la vida de las demás especies con las que compartimos el planeta. Ahora que inicia un nuevo ciclo político y que se han prometido inversiones importantes que podrían tener repercusiones ambientales de gran calado es un buen momento para poner de relevancia estos otros aspectos que suelen quedar soslayados. 

El impacto de la contaminación lumínica en la vida de los seres humanos parecería evidente. Si nunca oscurece porque hay farolas demasiado luminosas a nuestro alrededor nuestros cuerpos no saben que es hora de dormir. Lo mismo pasa con otras criaturas que habitan en la ciudad. Aves, insectos y murciélagos, por ejemplo, necesitan el abrigo de la oscuridad para alimentarse, para esconderse de sus depredadores, para poder encontrarse con otros de su especie. Si hay luz a todas horas esos momentos sin luz que tanto necesitan no llegan nunca. 

Está, además, un aspecto que suele pasarse de largo, pero que no es menos importante: el exceso de luz nos ha dejado sin estrellas. La situación es tan grave que se han registrado descensos en las poblaciones de ciertos insectos que dependen de la Vía Láctea para orientarse, como algunos escarabajos egipcios, porque sin poder ver ese camino de estrellas se pierden en el desierto. 

Con el ruido ocurren cosas similares. El ruido permanente —y tanto más grave la aparición aleatoria de ruidos estruendosos, como los claxonazos o acelerones de autos— daña la capacidad de los niños para aprender, perjudica nuestra memoria y nos impide concentrarnos. Sonidos tan fuertes como los que se registran en las ciudades impiden también que nos relacionemos los unos con los otros, porque simplemente no nos escuchamos a cabalidad, además de que dañan nuestra salud mental porque impiden, también, que nos escuchemos a nosotras mismas y nos concentremos. 

Las fuentes directas de ambos tipos de contaminación son distintas, pero vienen de la misma lógica: la urbanización centrada en la tecnología y sus avenidas, y no en las personas y el ecosistema. Así, los peores enemigos del silencio hay que buscarlos en la industria del transporte, muy especialmente en el transporte de carga automotor, y en los aviones. Por otra parte, la contaminación lumínica viene en gran medida del alumbrado público —construido de tal forma que eche luz a todas partes, y no solamente a donde se la necesita— y a edificios y anuncios que permanecen día y noche iluminados. 

Se ha anunciado que se tomarán medidas importantes para sacar de circulación a muchos de los vehículos de carga y de pasajeros que tienen más de quince años. Esto podría tener un impacto muy positivo en materia de contaminación auditiva. Se ha dicho también que se apostará cada vez más por los trenes y menos por los aviones, y eso también puede ser muy positivo. Ambas medidas, sin embargo, no bastarán. Hace falta tomar medidas específicas para frenar el ruido en las ciudades.

También está pendiente desde hace ya un par de años la aprobación de una norma sobre contaminación lumínica. Sin ella —y sin un combate serio a la impunidad— no lograremos recuperar las estrellas que tan importantes son en nuestras vidas y en las de otras criaturas. 

Hace falta limpiar el agua que bebemos y con la que sembramos, igual que los suelos que nos alimentan y las calles por las que caminamos. En esa tarea no debemos olvidar que también hay que rescatar y defender nuestro derecho al silencio y a la oscuridad, es decir, a ver el mundo en toda su belleza y a escucharlo en toda su diversidad y su maravilla. 

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Eugenio Fernández Vázquez. Consultor ambiental en el Centro de Especialistas y Gestión Ambiental.

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