La nominación de Ronald Johnson como emisario de Norteamérica no parecía ser un buen augurio, y, sin embargo, su arribo a tierra azteca no estuvo lejos de los protocolos tradicionales. Por tal motivo, cabe preguntarnos ¿tendremos una reedición de la tristemente célebre diplomacia del Dólar bajo el manto trumpiano?
Por Hernán Ochoa Tovar
En la década de 1980, el periodista Alan Riding esgrimió que México y Estados Unidos eran vecinos distantes. Esto porque, aparte de la brecha económica, existe la cultural, y ambas naciones tenemos diferencias tan grandes que pareciera que a lo largo del Río Grande existe un océano infranqueable y no un paisaje común que unifica territorios más allá de valladares.
Bajo esta tesitura, a lo largo de casi tres siglos, y con una relación desde el arribo de Joel Pointsett, la relación entre México y los Estados Unidos ha sido complejísima. Los mexicanos pueden sentir por los vecinos una mezcla de admiración y desprecio; mientras los norteamericanos miran hacia el sur con una indiferencia semejante al mundo subdesarrollado y a la otredad, con una salvedad: la larguísima frontera hace que el trato deba ser con pinzas, y cuidando las formas, y no con la misma tozudez que en ocasiones es empleada con otras naciones de la misma índole, o bien, con gobierno o equilibrios semejantes. Mientras, con diversos países de América, se empleaba la Doctrina Monroe a través del lobby o de las armas, en el caso de México, las estratagemas debían ser más cuidadosas para proteger los equilibrios supranacionales.
Esto no estribaba en una admiración y un decoro. Durante el siglo XIX y parte del XX, se dieron invasiones y la relación entre ambas naciones estuvo al borde del colapso y la ruptura. La invasión norteamericana (novelada a la perfección por Ignacio Solares) llevó a que se engendraran en las y los mexicanos sentimientos de aversión y desazón; mientras que la expedición punitiva condujo a que se generaran heroísmos a partir de la defensa de la Patria con el advenimiento de un extraño enemigo. De hecho, el propio nacionalismo revolucionario alimentó, de inicio, este relato: la nación autárquica que destaca en el concierto de las naciones por su prestigio y su devenir, pero defiende hasta la saciedad su soberanía y se niega a interactuar -más allá de lo estrictamente necesario- con los personeros de su veleidoso vecino.
Curiosamente, los neoliberales dieron un giro de 180 grados a esta narrativa; primero por necesidad, luego por potencial. Si Miguel de la Madrid aceptó las recomendaciones de los organismos internacionales para sacar a la economía nacional de su estado catatónico; Carlos Salinas de Gortari lo hizo gustoso. De un plumazo propuso pasar de la teoría de la dependencia a la de la cooperación y la sinergia, contemplando construir un solo bloque comercial -con los estados de Norteaméricana- para contender con una Unión Europea que se encontraba en gestación, y poderle dar dinamismo a esta promisoria región.
Arquitecto del México contemporáneo y del TLCAN, Salinas consiguió que las reglas del juego impuestas por él siguieran practicándose por varios sexenios consecutivos. Y no sólo eso: se logró que, a pesar de la transición por la izquierda en 2018, la praxis política siguiera vigente, no obstante el giro discursivo dispuesto por Andrés Manuel López Obrador. De igual manera, por parte de sus homólogos norteamericanos, hubo un buen entendimiento desde Bush padre hasta Obama; sin embargo Donald Trump -desde su primer gestión- con su Make America Great Again propugnó destrozar el edificio conceptual existente para construir uno nuevo, desde las cenizas, para así -presumiblemente- resucitar viejas glorias y volver a la belle époque de la Unión Americana.
A pesar del cambio en el discurso, López Obrador pudo tener una relación diplomática estable con Trump. En el mismo tenor, tuvo ciertas discrepancias con la administración Biden, pero pudo encontrar en Ken Salazar un valioso canal de comunicación.
Empero, la conjunción Trump-Sheinbaum parece no haber encontrado puntos comunes. Esto porque mientras la mandataria mexicana se ha esforzado en tener canales de comunicación y llegar a acuerdos, Mr. Trump se ha concentrado en poner dinamita sobre los durmientes. En términos newtonianos, a cada acción ha llegado una reacción inverosímil y hasta grotesca. Los últimos meses, la relación con el vecino país del norte ha versado entre la complejidad y el libreto de una ópera bufa ¡inaudito¡
¿Hacia dónde discurrirá la relación México-Estados Unidos? Imposible saberlo. La nominación de Ronald Johnson como emisario de Norteamérica no parecía ser un buen augurio, y, sin embargo, su arribo a tierra azteca no estuvo lejos de los protocolos tradicionales. Por tal motivo, cabe preguntarnos ¿tendremos una reedición de la tristemente célebre diplomacia del Dólar bajo el manto trumpiano? Sólo la historia dirá si se repite como farsa en términos hegelianos. Al tiempo.





