Opinión

Farmacias del Bienestar: ¿aspirina o quimera?




diciembre 5, 2025

“Los gobiernos de la 4T no han podido resolver cabalmente el problema de desabasto de medicamentos en las instituciones de salud pública ¿ahora pretenden crear otra institución para finalmente solucionarlo?

Por Hernán Ochoa Tovar

Algo que, sin duda alguna, es marca registrada del presente régimen de la 4T –tanto del gobierno del expresidente López Obrador, como el de la doctora Claudia Sheinbaum– es la utilización del adjetivo bienestar. Si el salinismo institucionalizó la  “solidaridad” en bardas, losetas y eslóganes televisivos; y el zedillismo creó el desarrollo social –secretaría de estado que se mantuvo con el mismo nombre por espacio de cuatro sexenios consecutivos–; ahora, parece que se ha patentado el bienestar como política de estado.

Ello no tendría nada de malo si se hiciera con las bases técnicas que se utilizaron hasta el pasado reciente: desde la cobertura objetiva de los padrones de beneficiarios, que solían tener el INEGI y el extinto CONEVAL, hasta la medición de los programas para garantizar su eficiencia y su efectividad. El problema es que dichos instrumentos desaparecieron desde el advenimiento del obradorismo. Y si antes se tenía la técnica para poder justificar que había descendido o aumentado la pobreza –según la veleidad del sexenio–, los soportes de las mismas son endebles en la actualidad. Mientras la extinta Secretaría de Desarrollo Social (hoy Secretaría del Bienestar) contaba con un padrón de beneficiarios, el expresidente López Obrador pareció esgrimir una cartesiana duda sistemática y puso en duda su legitimidad, dejando entrever que el conteo anterior estaba viciado, bajo la coartada de haber sido conformado por los gobiernos neoliberales que antecedieron al suyo.

Sin embargo, el remedio no fue mejor que la supuesta, pues al enviar a servidores de la nación –empleados de la secretaría en mención– a que hicieran el censo casa por casa, como si fuese un ejercicio de antaño, las variables y las mediciones no quedaron nunca claras, sino que se difuminaron fuertemente. Hago este preámbulo porque, cada vez que ha habido problemas, el adjetivo y la categoría del bienestar emergen de la narrativa estatal como supermanes rescatistas. Como botones de muestra pongo los siguientes. Cuando empezó el problema con la red de distribución de gas en la Ciudad de México, el expresidente López Obrador creó el gas del bienestar; también, en un momento dado, se llegó a hablar del agua del bienestar aunque de existencia más efímera; mientras, al calor de la pandemia de COVID-19, el gobierno federal, por conducto de la Secretaría de Economía, llegó a realizar ¡tandas del bienestar¡ como si la función del estado fuese realizar rifas, y soslayando que ya hay un ente encargado de realizarlas, así esté bastante venido a menos (la Lotería Nacional). Similarmente, y como cereza en el pastel, la presente administración creó Alimentación para el Bienestar en la cual se utilizó el manido recurso de cambiar el nombre para tratar de soslayar el pasado trágico de una institución, en este caso Segalmex. Igual, y de manera surrealista, también esta administración comenzó a producir los chocolates del bienestar. Y por si no bastara lo anterior, ahora la federación ha salido con el sambenito de que también creará las Farmacias del Bienestar ¿aspirinas para aliviar una problemática aciaga, o caso digno de Ripley?

A diferencia de lo anterior, que considero que fueron decisiones tomadas con base en la popularidad mas no en el sustento (económico y mercantil, sobre todo), lo de las eventuales Farmacias del Bienestar me genera una reacción ambivalente. Por un lado, creo que es bueno que el estado apoye con medicamento y consultas accesibles a las clases más necesitadas. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, por otra parte lo vislumbro paradójico: los gobiernos de la 4T no han podido resolver cabalmente el problema de desabasto de medicamentos en las instituciones de salud pública ¿ahora pretenden crear otra institución para finalmente solucionarlo? Suena una solución surrealista para un problema que ellos mismos generaron, pues si había corrupción en la distribución y licitación de los medicamentos hasta antes de 2018 –como efectivamente se esgrime– hubiera sido suficiente hacer reformas y filtros para evitar que se repitiera en el futuro, así como consignar ante la justicia a los probables responsables. Pero lo que se hizo fue borrar al mensajero, y, ahora, el problema sigue ahí, como el muy célebre dinosaurio de Monterroso. Querer borrarlo con la implementación de farmacias de bajo costo suena loable, pero suena, como señala el argot popular, querer abrir un hoyo para tapar otro. Quizás lo que se debería hacer es incrementar la eficiencia en las instituciones de salubridad, en lugar de querer poner parches para solucionar un problema transexenal. De hecho, a finales de la administración pasada, el expresidente López Obrador ya lo intentó. Arguyendo que era un problema de distribución, compró un viejo almacén de Liverpool en Huehuetoca y lo transformó en la consabida megafarmacia (sic). El hecho es que el problema no se resolvió, y la dichosa botica gigante se convirtió en un elefante blanco, pues nunca cumplió las funciones para las cuales fue pensada, y ahora yace en un abandono prematuro. Sin necesidad de tornarme en ave de mal agüero, quisiera decir que, antes de anunciar con bombo y platillo la creación de las Farmacias del Bienestar el gobierno debe pensar bien la viabilidad de las mismas antes de llevarlas a cabo. Tomar decisiones populares es barato. Sus consecuencias, salen caras a largo plazo.

Como colofón a lo anterior, me gustaría plantear lo siguiente: creo que la federación comete un error al buscar retornar al esquema del estado centralista y omnipresente. Dicho paradigma, en efecto, funcionó durante parte del siglo XX y luego se agotó. Y aunque una parte de las izquierdas se han opuesto a los gobiernos pequeños, sí pienso que el estado debe constreñirse a las actividades sustanciales; mientras, aquellas que no lo sean, debe dejárselas a la iniciativa privada, o subsidiarlas con el debido sustento. Empero, ver al estado como el maná que reparte panes es una alegoría equivocada. Concordaría más con la acepción del economista norteamericano Thomas Sowell, quien vislumbraba a la estructura estatal como un pastel finito. O, desde la izquierda, con lo planteado por Anthony Giddens en la tercera vía: ni un estado omnipresente, pero tampoco una mano invisible sin regular. Suscribo el planteamiento del sociólogo inglés, pues el estado moderno debe ser un equilibrio entre el estado –francamente el gobierno no lo puede hacer todo– y el capital –el mismo debe tener una regulación, pero firme y sustentada–. Con base en lo anterior, creo que la doctora Sheinbaum y su equipo deberían tomar nota de ello. Es más fácil que un estado grandísimo a la postre devenga en el elefante reumático que tanto criticó la izquierda siendo oposición. Y, para ser francos, el horno no está para bollos. Para la reflexión. Al tiempo.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.




Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

lo más leído

To Top
Translate »