El establecimiento de la cédula biométrica deja más preguntas que respuestas. Desde mi perspectiva le doy el beneficio de la duda. Sin embargo, este asunto entraña una paradoja: el oficialismo está defendiendo algo que condenó como oposición y viceversa
Por Hernán Ochoa Tovar
En el curso de esta semana, el Congreso de la Unión aprobó el establecimiento de la Clave Única de Registro de Población (CURP, por sus siglas) biométrica; esto es, que más allá del consabido código alfanumérico que se otorga al nacer, se deberán brindar información como huellas dactilares, rostros y características iridológicas al estado mexicano. Ello ha suscitado un acalorado debate entre políticos oficialistas y opositores, así como de analistas de diversa índole, quienes han intercambiado opiniones acerca de si viene la censura en México -alguna que ya existió alguna vez, huelga aclarar- o si tan sólo implica el robustecimiento de las leyes vigentes para atacar a la delincuencia con inteligencia y ahínco, y no sólo a través de la disuasión policiaca. Parece no haber una conclusión definitiva, pues, se vislumbran un cúmulo de posturas encontradas en el seno de la supercarretera de la información y en los medios digitales. Con base en lo anterior, me atreveré a brindar una postura.
En 2009, a la mitad del sexenio de Felipe Calderón, el expresidente propuso la creación de una cédula poblacional que sustituyera a la credencial de elector, misma que, desde la gestación del IFE (hoy INE) en 1990, funge como identificación oficial para la realización de los más diversos trámites. La intentona reformista del ex mandatario no funcionó, pues la coalición de izquierdas, particularmente el PRD, se expresaron en contra, arguyendo que el gobierno federal quería espiar a los ciudadanos y a la oposición.
Tras ser enviada a la congeladora, la misma iniciativa fue rescatada durante la administración de Enrique Peña Nieto. Empero, ante el desacuerdo de las izquierdas, la misma fue llevada a dormir el sueño de los justos y ya no se volvió a retomar (a pesar de que, a inicios del sexenio en cuestión, hubo un pequeño intento de dotar de la cédula mencionada a los niños y niñas mexicanas, en aras de poder identificarlos mejor).
Como si fuera una obra en varios actos, y a pesar de su talante opositor, la misma iniciativa intentó ser retomada por Andrés Manuel López Obrador. No obstante haber sido una idea planteada por gobiernos anteriores, de ideologías y signos distintos, el exmandatario la puso en la palestra pública, y, paradójicamente, buscó que fuera retomada por la Secretaría de Gobernación (como en los tiempos mozos del Peñismo). Para tal efecto, intentó que determinados datos biométricos fueran trasladados del INE a la SEGOB. Empero, el INE de Lorenzo Córdova se opuso, y la Operación Cédula biométrica quedó frustrada por enésima ocasión, pues los condicionantes para llevarla a cabo no pudieron cumplirse cabalmente.
Ahora, con un escenario distinto, la cédula biométrica, que fue el sueño de gestiones anteriores (incluida la de Andrés Manuel López Obrador) parece cristalizarse. Sin embargo, ahora las circunstancias han cambiado: el oficialismo posee los números para aprobarla sin discusiones intempestivas, que fue lo que sucedió. Aunque la oposición (especialmente el PAN) dio argumentos razonados para enmendar el dictamen, éste pasó sin mayores complicaciones. De hecho, en sendos debates televisivos, tanto Juan Zavala como Alejandra Barrales (representantes de MC en ambas cámaras) dejaron entrever que ellos dieron su aval al proyecto debido a que atendieron algunas inquietudes planteadas a priori por el instituto naranja, desestimado así el manido argumento del estado espía, que es el que más a resonado en los titulares de los medios de comunicación.
En el mismo tenor, el oficialismo posee la coyuntura para echar a andar una enmienda tan compleja. A contrapelo del obradorismo, que tuvo un valladar en el INE de Lorenzo Córdova -y eventualmente en el desparecido INAI-, el gobierno claudista ya no tendrá dichos contrapesos. Con un INAI transformado en Transparencia del Pueblo (sic) y un INE un tanto cercano a la coalición oficialista, la narrativa de tensión parece haberse difuminado. Ahora, el proyecto de la cédula biométrica, que fue la grandiosa utopía de los pasados tres sexenios, parece que se cristalizará, por lo menos a mediano plazo.
Acerca de si el gobierno federal emulará a la narrativa orwelliana, debo decir que no creo que suceda un escenario tan distópico, o, por lo menos, tan horrible. Esto porque, desde que la tramitología cibernética comenzó a estar en boga, tanto bancos, telefónicas, como aplicaciones, hasta el propio Servicio de Administración Tributaria (SAT) solicitan que el usuario proporcione los datos biométricos para poder brindar un servicio y así poder tener certeza del ejercicio de su identidad. De tal suerte que, lo que haría el estado sería continuar una tendencia que ya existe al alza en el ámbito público y privado; no se está descubriendo el hilo negro.
Respecto al espionaje, no creo que lleguemos a ese nivel, pues, según se puede ver en los medios de comunicación, existe libertad de expresión y manifestación como en pocas ocasiones se había visto. Mientras en otros gobiernos los moneros eran censurados, en el presente, una de las mayores televisoras del país critica abiertamente a la mandataria en turno (cosa que no se vio, por lo menos, hasta el sexenio de Enrique Peña Nieto). Y aunque quizás pudiera haber mortificación oficial porque no todos los periodistas son solícitos, esto no conlleva que haya una censura o una prohibición tras bambalinas.
A pesar de eso no estamos eventos surrealistas. Un poder mal utilizado podría desembocar en escenarios catastróficos. No obstante, la criminalidad ha aprovechado esas falencias y lagunas legales para hacer lo que le venga en gana, motivo por el cual es necesario tener controles para actuar. A favor de la coalición gobernante está que Omar García Harfuch y José Merino están haciendo una buena labor. Empero, el poder desorbitado en manos equivocadas podría desembocar en una catástrofe (García Luna, dixit).
En fin, como podemos ver, el establecimiento de la cédula biométrica deja más preguntas que respuestas. Desde mi perspectiva le doy el beneficio de la duda. Sin embargo, este asunto entraña una paradoja: el oficialismo está defendiendo algo que condenó como oposición y viceversa. Para la reflexión. Gracias por su lectura.





