Opinión

Déficit cero ¿mantra o necesidad?




octubre 31, 2025

Sería relevante retomar la idea del Déficit Cero e implementar una verdadera reforma fiscal, en lugar de subir impuestos de manera encubierta… es mejor corregir el rumbo, en los ámbitos necesarios,  antes de que sea demasiado tarde

Por Hernán Ochoa Tovar

Hasta la década de 1970, un problema que tenían las naciones del mundo -no sólo México, sino América Latina en su conjunto- era el de su excesivo endeudamiento. Para ello, con el advenimiento del neoliberalismo, se ideó el déficit cero. Esto es, explicado en términos sencillos, que ningún país gaste más de lo que llega a sus arcas, manteniendo en equilibrio la balanza de pagos.

Sin embargo, lograr eso implicó vencer muchas inercias y paradigmas. Para empezar, hasta la década de 1980, el gobierno mexicano tenía la costumbre de recargar su ostensible gasto a partir de un grandísimo endeudamiento. Si los años del Milagro Mexicano fueron una especie de palanca de desarrollo, para la década de 1960, y no se diga la de 1970, el mismo estaba encontrando visos de agotamiento. Pero los gobiernos de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y José López Portillo, tuvieron la suerte de contar con aspirinas para amainar la crisis. Esto porque, equivocadamente, Echeverría creyó que disparando el gasto social se dinamizaría la economía. No obstante, este enunciando fue una verdad a medias, porque, si bien, hubo cierto despegue, dicho sexenio terminó con una devaluación y una crisis sin precedentes, misma que no se veía desde los albores de la gestión de don Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958). Por su parte, José López Portillo tuvo la suerte de vivir el boom petrolero durante su administración. Aun así, en lugar de encontrar equilibrios que hicieran viable al país a futuro y convirtieran a México en una especie de Dubai -nada descabellado, pues, en ese tiempo, se llegó a describir a Venezuela con el apelativo de Saudita, por la magnitud de hidrocarburos en su subsuelo- se dedicó a malbaratar el presupuesto en proyectos inviables. El asunto es que volvió a haber otra devaluación, y, al concluir el sexenio, la economía estaba al borde de la quiebra y el default. Si Miguel de la Madrid pudo sacar al país adelante, fue porque aplicó duras medidas neoliberales para estabilizar el barco, mas no porque los paliativos pudieran resultar para una economía que se encontraba destrozada por la mala planificación y las deudas impagables.

Si bien las décadas de 1980 y 1990 fueron complejas en términos económicos, a partir del gobierno del doctor Ernesto Zedillo, la situación comenzó a nivelarse. Desde esta administración, y hasta la de Felipe Calderón, se siguió el mantra del déficit cero y las arcas del país crecieron -aunque no en su justa dimensión-. Si José María Yves Limantour, quien fuera Secretario de Hacienda durante gran parte del Porfiriato, era el primer ministro en jactarse de tener superávit en el país, así como de dejar dinero en las arcas nacionales; sus sucesores, de un siglo después, pudieron presumir algo semejante. Las décadas de 2000 y una parte de la de 2010, fueron de relativa disciplina fiscal.

Sin embargo, a partir de 2012 se comenzó a romper el precepto. El doctor Luis Videgaray, quien fuera el Secretario de Hacienda y posterior canciller durante el gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) convenció al expresidente de recurrir al déficit para dinamizar la economía, utilizando más una coartada de los keynesianos -e implementada fallidamente por el gobierno de Luis Echeverría- que de la Escuela de Chicago. Como era de esperarse, la técnica funcionó a medias, pues aunque la economía no se dinamizó, sí aumentó la deuda, pero a niveles manejables. A este respecto, algunos intelectuales orgánicos han vendido la idea de que el expresidente López Obrador recibió un país quebrado. Eso es falso, pues, los números de la época indicaban una deuda del 45%, la cual era aún perfectamente maniobrable.

Empero, si el gobierno de Enrique Peña Nieto, neoliberal aún, rompió el dogma del déficit cero, el primer gobierno de la 4T no corrigió el rumbo, sino todo lo contrario. Aunque los primeros cinco años del mismo fue muy cuidadoso del gasto público y del endeudamiento, 2024 implicó una especie de viraje. Esto porque, de cara a los comicios presidenciales, se visualizó un aumento del déficit no se había visto en los años anteriores. Algunos comentaristas señalaron que era por la pertinencia de aumentar el gasto en programas sociales, de cara a la coyuntura electoral. Pero lo cierto es que el estado de las cosas se complejizó: si Enrique Peña Nieto le dejó a López Obrador un país con crecimiento raquítico, pero con una deuda escasa; AMLO legó a la doctora Sheinbaum una nación levemente más endeudada, con un crecimiento menor aún, pero carente de fideicomisos para hacer frente a las tempestades que eventualmente pudiesen presentarse.

Quizá por ello, la doctora Sheinbaum se propuso reducir el desbalance durante su primer año de gestión. Tal vez aquí puede verse un cambio en el estilo financiero, pues, si bien, el doctor Rogelio Ramírez de la O (titular de Hacienda en el gobierno anterior y en la primera parte del presente) hizo milagros con el ábaco para que el gasto rindiera y cuadrara la ecuación; Edgar Amador, el secretario actual, parece volcado en una tesitura semejante, pero menos rígida. Prueba de ello es que en el presente año hubo modificaciones que no se vislumbraron antaño, como el incremento de impuestos encubiertos, buscando -tal vez de manera subrepticia- contar con una mayor recaudación a nivel nacional.

Y es aquí donde se visualizan las paradojas. El gobierno del expresidente López Obrador creció poco, pero recaudó mucho más que los de sus antecesores. Los buenos oficios de Raquel Buenrostro, quien fuera titular del SAT durante una parte del gobierno de AMLO, llevaron a que diversos contribuyentes de alto nivel dejaran de entablar juicios contra el estado y aceptaran pagar sus millonarios adeudos. Prueba de ello es que, tanto José Antonio Fernández, cabeza de FEMSA; como el mismísimo Carlos Slim, aceptaron finiquitar sus adeudos tratando de llevar la fiesta en paz con el gobierno mexicano. Sólo Ricardo Salinas Pliego asumió una actitud combativa, y, a día de hoy, sigue en espera de un mal arreglo, tras enzarzarse largamente en un pleito mediático y eterno.

Empero, quizás también la administración del expresidente, creyó que, vía el gasto público iba a propulsar la economía. Y eso, no sucedió en el pasado y no ha sucedido al día de hoy. Al contrario. Algunos expertos hablan de una ralentización. Y aunque el mismísimo INEGI habla de una inflación reducida respecto a otras naciones, lo cierto es que el costo de vida sigue aumentando en este país. Lo podemos ver con el crecimiento del precio que la canasta básica ha tenido, a partir de los últimos sexenios.

Por ello, considero que sería relevante retomar la idea del Déficit Cero e implementar una verdadera reforma fiscal, en lugar de subir impuestos de manera encubierta (algunos plausibles, como el de los refrescos y los videojuegos). De seguir esta tendencia así, ignoro si la tendencia hacia 2030 sería manejable, o si las arcas federales estarían en una situación crítica. Por ende, creo que es mejor corregir el rumbo, en los ámbitos necesarios,  antes de que sea demasiado tarde. Desgraciadamente el expresidente Peña Nieto escuchó el canto de las sirenas y su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, no cambió la dirección del timón en este sentido. Si algo estaba funcionando bien ¿para qué corregirlo? Creo que es hora de recuperar la sensatez y volver al gasto, pero con racionalidad. Al tiempo.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.

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