Opinión

Virginia Woolf: A Room of One’s Own (Parte II)




junio 11, 2024

Virginia Woolf se cuestiona si, así como hay dos sexos en el cuerpo, hay también dos sexos en la mente. En otras palabras, concibe la androginia del alma, de la mente y del cuerpo, como la completud humana

Por Évolet Aceves
X: @EvoletAceves

Virginia Woolf: A Room of One’s Own (Parte I)

Constantemente en su escritura ensayística Woolf pasa de una crítica feminista contada desde la historia de la literatura hasta reflexiones en torno a la escritura misma y sobre los distintos géneros literarios. Woolf escribió novela, cuento, ensayo, crítica, teatro, diario, y tal vez el capítulo de mayor resonancia en torno a la escritura y el género en tanto sexualidad humana es el último, en donde están contenidas sus cavilaciones en torno a la androginia y a la sensibilidad que a ésta acompaña, en lo que ahondaré más adelante.

Continuando con la premisa de que se necesita de un espacio propio para poder llegar a contar con un sitio de creatividad propicio para la escritura, en A Room of One’s Own (Una habitación propia, en español) Woolf apunta que Jane Austen solía escribir en la sala común de su casa, de acuerdo con el libro Memoir of Jane Austen, escrito por su sobrino, James Edward Austen-Leigh, quien afirma que “la mayoría de su trabajo tuvo que haber sido escrito en la sala común, sujeta a todo tipo de interrupciones casuales. Se cuidaba de que su ocupación no resultara sospechosa ni para sirvientes, visitantes, ni ninguna otra persona más allá de su familia nuclear”, aunado a que Austen cubría o escondía sus manuscritos debajo de papel secante, resguardando su escritura ante la presencia de ojos extraños.

Sobre el género de la novela, Woolf afirma: “En su mayoría, las novelas fracasan en alguna parte. La imaginación flaquea bajo la enorme tensión. La percepción es confusa; ya no puede distinguir entre lo verdadero y lo falso […] Y como la novela tiene esta correspondencia con la vida real, sus valores son, en cierta medida, los mismos que los de la vida real. Pero es obvio que los valores de la mujer difieren muy frecuentemente de los valores que han sido creados por el otro sexo”, y pone como ejemplos los siguientes: “El fútbol y el deporte son ‘importantes’; el culto a la moda, la compra de ropa, ‘trivial’. Y estos valores son inevitablemente transferidos de la vida a la ficción. Éste es un libro importante, la crítica asume, porque tiene que ver con guerra. Éste es un libro insignificante porque tiene que ver con los sentimientos de mujeres en un salón. Una escena en un campo de batalla es más importante que una escena en una tienda”.

Los valores morales descritos y ejemplificados por Woolf continúan, en cierta medida, siendo vigentes. Pareciera que sólo determinados temas merecen ser leídos, mientras otros son descalificados por su aparente trivialidad. Hoy estamos en una situación ligeramente distinta y que mucho tiene que ver con el sexo de quien escribe, incluso con una mayor preponderancia, que el contenido mismo del libro. Aquí valdría la pena preguntarse, ¿qué buscan nuestros ojos al momento de elegir leer un libro, el sexo de quien escribe o su contenido literario?

Virginia Woolf encuentra en la literatura y en este inicial discurso vuelto ensayo —A Room of One’s Own— una justificación de su atracción hacia las mujeres, pues, como se sabe, mantuvo desde 1922 una relación amorosa, si bien no pública, sí declarada por epístolas, con la poetisa Vita Sackville-West. Woolf escribe sobre el amor entre mujeres lo siguiente: “Las palabras que leí fueron éstas: ‘A Chloe le gustaba Olivia…’ No empieces. No te ruborices. Admitámoslo, en la privacidad de nuestra propia sociedad estas cosas a veces pasan. A veces a las mujeres les gustan otras mujeres”, lo cual pareciera irrelevante hoy, pero cuando lo publicó era 1929.

En este ensayo se cuestiona si, así como hay dos sexos en el cuerpo, hay también dos sexos en la mente. Si bien, no está considerando la posibilidad de la intersexualidad, sí reflexiona en torno a la androginia, y su novela Orlando (1928) es muestra de ello. Woolf bosqueja un esquema del alma “en la que en cada uno de nosotros presiden dos poderes, uno masculino y otro femenino; y si en el cerebro masculino el hombre predomina sobre la mujer, y si en el cerebro femenino la mujer predomina sobre del hombre. El estado normal y confortable del ser es aquel cuando ambos [el lado masculino y el femenino] viven en armonía juntos, cooperando espiritualmente. Si uno es hombre, de cualquier modo la parte femenina del cerebro debe tener efecto; y una mujer también debe tener relación con la parte masculina que hay en ella”.

En otras palabras, concibe la androginia del alma, de la mente y del cuerpo, como la completud humana. Y luego continúa interpretando las palabras del poeta, crítico literario y filósofo inglés, Samuel Taylor Coleridge en torno a la androginia:

“Coleridge tal vez se refería a esto cuando dijo que una gran mente es andrógina. Cuando esta fusión toma lugar, la mente está completamente fertilizada y usa todas sus facultades […] Quizá [Coleridge] se refirió a que la mente andrógina es resonante y porosa; que transmite emoción sin impedimento; que es naturalmente creativa, incandescente e indivisa”.

Quizá su reflexión en torno a la androginia sea lo más revelador de este libro y a lo que la crítica poco ha atendido o entendido. Virginia Woolf da toda una declaración tanto estética como ontológica, literaria e intelectual, en torno a la imagen de la androginia, incluso el papel de la androginia en un macrocosmos en el que la fusión de los géneros sexuados en un mismo individuo —la persona andrógina— pudiera significar un terreno fértil en estado óptimo para la convivencia armónica entre los seres humanos.

En cuanto al escritor y su quehacer posterior a la creación, Woolf escribe, naturalmente, sin dejar su aura victoriana arraigada en sus palabras: “El escritor, pensé, una vez que su experiencia está terminada, debe recostarse y dejar a su mente celebrar sus nupcias en la oscuridad. No debe mirar ni cuestionarse lo que se está haciendo. En cambio, debe arrancar los pétalos de una rosa o mirar a los cisnes flotar calmadamente río abajo”.

Finalmente, retoma la idea del dinero como medio para la existencia de la creación literaria: “Es necesario tener 500 [libras] por año y una habitación con candado en la puerta si piensas escribir ficción o poesía”, el cual deviene en libertad intelectual: “La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de libertad intelectual”.

everaceves5@gmail.com

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Évolet Aceves escribe poesía, cuento, novela, ensayo, crónica y textos híbridos. Psicóloga, fotógrafa y periodista cultural. Estudió en México y Polonia. Ha colaborado en revistas y suplementos culturales, como: Pie de Página, Nexos, Replicante, La Lengua de Sor Juana, Praxis, La Libreta de Irma, El Cultural (La Razón), Revista Este País, entre otros. Fue galardonada en el Certamen de ensayo Jesús Reyes Heroles (Universidad Veracruzana y Revista Praxis, 2021). Ha realizado dos exposiciones fotográficas individuales: México Seductor (2015) y Anacronismo de la Cotidianeidad (2017). Ha trabajado en Capgemini, Amazon y actualmente en Microsoft. Esteta y transfeminista.

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